Guatemala: sin belleza no hay empleo


La edad y el físico pesan cuando se es mujer, más aún si de buscar un empleo se trata. En Guatemala, los contratistas que anuncian plazas vacantes en los clasificados exigen de ella que sea delgada, menor de 30 años y soltera, y todo eso para ocupar puestos como el de secretaria, recepcionista o vendedora.
Con los hombres, sin embargo, ocurre diferente. A ellos les reservan los puestos de alta jerarquía como gerente, administrador o coordinador. Su edad no importa, no constituye un requisito, mucho menos su estado civil y su físico. Así de excluyentes y discriminatorios resultan ser los empleadores de este país centroamericano.
El más reciente Informe de Desarrollo Humano para Guatemala señala que la población femenina aún sufre de subordinación y marginación en todas las esferas de la vida, lo que se refleja en los índices de participación y desarrollo, en la actividad económica remunerada y en la política.
El Programa
de Naciones Unidas para el Desarrollo indica que esta nación ocupa el lugar 90, entre 136 países, en cuestiones de desarrollo de género, cuyos parámetros miden la desigualdad en salud, vida digna y desarrollo de la mujer en relación con el hombre.
Aunque la participación femenina en el mercado laboral guatemalteco ha aumentado en los últimos cinco años, los empleos a los que ellas acceden son poco remunerados y sin prestaciones, señala la Secretaría Presidencial de la Mujer (SEPREM). En la gran mayoría de estos empleos a los que se refiere esta entidad los salarios no rebasan los 100 dólares al mes.
Además, los informes sobre situación laboral en Guatemala indican que la disparidad entre hombres y mujeres que trabajan se hace más pronunciada a medida que aumenta el nivel de educación. Los datos disponibles reflejan un salario promedio de 250 dólares para el hombre y de 100 dólares para la mujer.
La Red
de mujeres atribuye estas diferencias no sólo a la falta de oportunidad de la población femenina para acceder a los estudios, sino también a que este sector es víctima de la discriminación.
A esa situación hay que agregar la pobreza económica en la que ellas viven, lo que las obliga a buscar alternativas de sobrevivencia, aunque estas muchas veces no respondan a sus necesidades y aspiraciones. En este país, alrededor de seis millones 400.000 personas son pobres y un millón 800.000 subsiste en condiciones de pobreza extrema, según la Encuesta Nacional de Comercio y Vivienda.
Uno de los empleos por los que optan las mujeres son las ventas por catálogo. Actualmente, solteras, casadas, viudas, divorciadas e incluso estudiantes, se inclinan por obtener dinero a través de ese negocio que, de cinco años a la fecha, es un boom en Guatemala.
Para ejercerlo, no se requiere de edad, estudios universitarios y, mucho menos, belleza física: ropa íntima importada de Colombia, perfumes franceses, zapatos mexicanos y bisutería brasileña son algunos de los artículos que figuran en los catálogos de ventas, los cuales les generan a ellas un ingreso con el que pueden sostener a sus tres o cuatro hijos.
Aunque no hay mediciones reales de cuántas mujeres podrían estar involucradas en este negocio, empresas de recursos humanos estiman que, por lo menos, unas 80.000 guatemaltecas se dedican a este tipo de comercio que para unas resulta ser la única fuente de recursos, mientras que para otras es un complemento a otro trabajo.
AVON, por ejemplo, es una empresa de cosméticos, ropa y perfumes, pionera en el país en este tipo de negocios. Aunque se mantiene en reserva el número de consejeras que tiene, esta entidad dirige grupos de hasta 400 mujeres por zonas. A, la fecha suman más de 100 grupos.
Luis Linares, de la Asociación de Investigación y Estudios Sociales, ve en este tipo de trabajo la desventaja de que no brinda prestaciones laborales de ningún tipo, por cual, cuando las mujeres enferman, tienen que asumir todos los gastos en medicina y médico.
De igual forma operan las transnacionales Ebel, que distribuye cosméticos, y Caprices, con ropa íntima. Las que dedican su fuerza laboral a este tipo de empleo obtienen muchas veces el 40 por ciento de comisión sobre sus ventas, señalan empleadores de estas empresas que compiten fuertemente por tener el mayor número de consejeras.
De acuerdo con los cálculos efectuados por esas entidades, las mujeres podrían recibir, por lo menos, 250 dólares mensualmente de ganancia, lo que equivale al salario de una secretaria de un banco o al de un perito contador en una empresa.
De esta forma, las mujeres pasan a formar parte del millón de personas incluidas en el comercio, ventas o similares, según la Encuesta Nacional de Empleo e Ingresos de 2003, del Instituto Nacional de Estadística. De ese millón, 60 por ciento son mujeres, es decir 546.320 dedicadas a este tipo de labores.
De acuerdo con datos del Ministerio de Trabajo, siete de cada 10 guatemaltecos ha encontrado un empleo en el sector informal, lo que permite que este país sea la nación de Centroamérica con la tasa más baja de desempleo. El Salvador tiene el 7,3 por ciento, Costa Rica, el 6,9 por ciento y Nicaragua el siete por ciento.
La situación laboral de las mujeres se complica más ante los cambios en términos de globalización y los procesos ligados al Tratado de Libre Comercio, el Plan Puebla Panamá y el Área de Libre Comercio de las Américas, procesos éstos que las dejan al margen de la participación laboral, debido a los bajos niveles educativos prevalecientes.
Guatemala es el país que tiene la segunda tasa más alta de analfabetismo femenino en América Latina (34,6 por ciento). La SEPREM señala que aproximadamente medio millón de niñas entre siete y 14 años no están inscritas en la escuela primaria en comparación con 300.000 niños que tampoco lo están.
En el Congreso de la República se presentó un proyecto promovido por las organizaciones gubernamentales y no gubernamentales, y coordinado por la Oficina Nacional de la Mujer, para que exista igualdad salarial, igualdad en el trabajo, que se regulen las relaciones laborales entre hombres y mujeres sin discriminación, y que en todo centro de trabajo exista una política de igual contratación para ambos géneros.


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