Los alemanes del Este se rebelan contra el desempleo y los salarios bajos


La flecha verde para girar a la derecha cuando los semáforos están en rojo es lo único que la Alemania unificada ha aprovechado de la engullida República Democrática Alemana (RDA). A punto de cumplirse 16 años de la desaparición del muro, los cerca de 17 millones de habitantes de la parte oriental del país se "sienten marginados y sin perspectivas", según sostiene la socióloga Tatjana Boehm. Los datos les dan motivos para ello: la cifra del paro occidental se dobla en el Este, 18,2%, la más alta de los países de la Unión Europea. Los paisajes en flor prometidos por el excanciller Helmut Kohl son aún páramos, más llamativos todavía al convivir con el estado de la abundancia de la zona occidental.
"Necesitamos mejores infraestructuras, escuelas, apoyo a las pequeñas empresas, ayuda de los bancos a la iniciativa privada". Quien reclama todo esto es Thomas Kralinski, diputado del SPD en el Parlamento regional de Brandemburgo, aunque la cita bien podía ser un eslógan compartido por partidos y electores de los nuevos estados, aún en proceso de fuga. Entre dos y cuatro millones de personas han abandonado el Este desde la unificación, muchos jóvenes y profesionales cualificados.

Cambio de población
La población envejece y "no hay futuro para ella", indica Kralinski, en su despacho de Potsdam, en el Parlamento del land de Brandemburgo. El cielo de la ciudad, en la que el presidente Truman recibió, en julio de 1945, la confirmación del lanzamiento de la primera bomba atómica sobre Japón, está hoy cargado. Como lo están los ossis, la forma peyorativa con que los alemanes occidentales llaman a los orientales desde ya hace 16 años. Marcel Bähler es uno de los que se levantó en 1989 contra el régimen comunista —"era un crítico dentro del entonces único partido comunista" (SED), según se define ahora– y el año pasado volvió a hacerlo contra el Gobierno de Gerhard Schröder en las famosas manifestaciones del lunes contra las reformas económicas.
Jubilado en una pequeña casa de campo en Seeluw, cerca de la frontera con Polonia, este ingeniero hidráulico recuerda como, en 1989, "todo cayó como un castillo de naipes". Habla también de "colonización" occidental, comparando lo sucedido tras la caída del muro con la colonización francesa de Argelia, donde trabajó como ingeniero.

Castigo político
Y utiliza este tono de amargura para explicar cómo fue apartado del mundo laboral y sustituido por un occidental, a pesar de ser un ingeniero muy cualificado, porque fue "miembro del SED, aunque no tenía ningún cargo". Sabe que su paga de 1.000 euros subiría a los 2.000 o 3.000 euros si no fuera un ossi. Igual pasa con los salarios.
Y no se trata de Ostalgia, ya que nadie quiere volver a una dictadura, aunque de ésta conservan sin problema alguno los nombres de las calles, como es el caso de la Karl Marx en Potsdam, donde vive lo más granado de la ciudad. Sí que tiene mucho que ver en el posicionamiento político de los ciudadanos del Este la formación recibida de "hacer algo por los otros, y la solidaridad entre generaciones", como explica Helmut Scholz, jefe del departamento de Internacional del PDS, los excomunistas, que concurren aliados en el Oeste con la formación del disidente socialdemócrata Oskar Lafontaine.

Ciudadanos de segunda

"El régimen comunista no los escuchaba, y ahora son ciudadanos de segunda", asegura la escritora Rita Kuczynski. De ahí la revuelta en curso. Una revuelta de importancia, ya que en esta parte del país vive una quinta parte del electorado. Creyeron en Kohl hasta 1996, depositaron luego su confianza en el cambio prometido por Schröder, quien logró aquí un mejor resultado que en el Oeste, y ahora muchos se aferran al PDS.
En unos länder en los que el 40% de los ingresos netos procede de las ayudas públicas, el grito de guerra de los excomunistas, —"No a los recortes sociales"— cala profundo. "El fracaso del PDS en las elecciones del 2002 tuvo como consecuencia que el Gobierno pudo poner en marcha una política de destrucción social hasta ahora inimaginable sin ser cuestionada en el Parlamento. Por eso, es tan importante en el Este el regreso del PDS al Parlamento", considera Gudrun Prengel, de la Universidad de Humboldt de Berlín.
Pero la visión de esta formación política como altavoz de los males en el Este no llega a traducirse en un claro mandato para gobernar, ni en la capital ni en los llamados nuevos estados, donde los socialdemócratas de Schröder aún se mantienen como la primera fuerza. La unificación ha costado, de momento, 1,2 billones de euros. ¿Quién pagará la siguiente factura y cómo lo hará? Del Este, una tema sensible que divide a la población, los partidos hablan bajito ahora.


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