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10 de Abril 2006
Una carta desde París: la
precariedad laboral en Francia y en Argentina
por Mario
Rapoport
Francia no se asemeja hoy al país de Mayo del ‘68.
En vez de la utopía de un mundo mejor, lo que está
en juego es el rechazo de un porvenir peor que
parece venirse encima inexorablemente, y contra el
cual los jóvenes se sublevan.
El contrato “primer empleo” (CPE), que intenta
resolver el pro-blema de las revueltas de
desocupados de los suburbios, ha despertado también
la conciencia de los estu-diantes de clase media,
que ven sus estudios como un sendero que no conduce
a ninguna parte, y sus diplomas como papeles en
blanco, destinados a ser exhibidos sólo para
conseguir precarios y modestos trabajos. No es nada
que pueda asustarnos a los argentinos donde la
flexibilidad laboral, la economía informal y los
contratos basura son moneda corriente. Pero, para un
país acostumbrado a las bondades del Estado de
bienestar, los empleos de por vida, las buenas
jubilaciones, los préstamos hipotecarios a 30 años
(que el CPE impide tomar porque no se puede adquirir
un departamento sin la garantía de un trabajo
estable), esta iniciativa del gobierno, en vez de
calmar las aguas, las agita aun más.
Ahora, los hijos de los inmigrantes se dan cuenta de
que sus padres huyeron en vano de la miseria de
países peores; y los “enfants” de la clase media ven
cómo se evaporan sus sueños de ascenso social o se
advierten las primeras señales del descenso. Como me
dice en una dramática carta un querido amigo y
prestigioso profesor emérito de una universidad
parisina: “No podemos negar que nos hallamos en un
profundo declive. No solamente económico, con la
casi desaparición de nuestras industrias y el
hundimiento de una agricultura (¡incluida la
vitivinícola!) que no sobrevive sino gracias a las
subvenciones europeas”, sino también político y
social. Lo más grave
-agrega mi amigo- es que la derecha francesa es muy
limitada y puede compararse con los emigrados que
regresaron al país con la restauración monárquica en
1818 (luego de la revolución y el imperio na
poleónico): “Ellos no han aprendido nada ni olvidado
nada”. Así se sucedieron luego las revoluciones de
1830, que derribó nuevamente a la monarquía, y las
de 1848 y 1871, instalando ésta última la Comuna de
París, modelo que utilizó Marx para su futura
sociedad comunista.
Contra la visión de una Francia igualitaria y
receptiva, se alza ahora la de un país donde la
desocupación, la discriminación y la precariedad del
trabajo nublan el horizonte de los jóvenes, así como
la lucha por mantener un sistema de buenas
jubilaciones estatales, conquistado en la época del
auge económico de la posguerra, constituyó -hace
pocos años- la bandera de generaciones anteriores
frente al peligro de su privatización. Hoy, el
problema principal pasa por la desocupación de los
jóvenes, que llega al 25% entre los de 18 a 25 años,
pero tiene un pico del 50% en algunas regiones y,
sobre todo, en los suburbios populares de París,
donde se concentran los hijos de inmigrantes; esos
franceses de segunda del norte de África, negros,
etc.
Las desigualdades comienzan a notarse recorriendo
París, igual que en la mismísima Buenos Aires. Como
dice nuestro amigo francés, en Saint Denis, un
suburbio en el norte de la ciudad que fue la for-taleza
“roja” del partido comunista, coexisten hoy, junto a
un conjunto de viviendas de burgueses bohemios -que
compran locales o casas con el fin de hacer lofts
para instalar “estudios de arte” u “oficinas de
estudios de moda”- una gran cantidad de HLM
(edificios populares de departamentos). Estos
“alojan -continúa el profesor francés- masas de
familias desocupadas con millares de jóvenes sin
empleo, sin actividad, y que sobreviven traficando
todo tipo de cosas”.
La solución esgrimida por el gobierno, el CPE, ha
sido duramente criticada por destacados juristas
como Tiennot Grumbach, porque durante los dos
primeros años deroga las reglas de ruptura, que
exigen especialmente una carta de despido, la
enunciación de los motivos y una entrevista previa.
Parece que se estuviera en la Argentina, donde
algunos contratos, sobre todo en el Estado, se hacen
mensualmente y los despidos se realizan con un aviso
previo de 48 horas.
Sin embargo, como también le cuesta aprender a
nuestro país, que recién comienza a salir de una
crisis brutal llevada por las mismas re-cetas
neoliberales que se pretende implementar en Francia,
la derecha local pareciera querer que se reproduzca
un nuevo diciembre de 2001 y habla de la “farsa
distri-butiva de Kirchner”. Como lo hace en un
artículo reciente el inefable José Luis Espert, que
no menciona el ejemplo de lo que se intenta aplicar
en Francia porque prefiere, más modesto, tomar los
de la India y China, que producen todo a precios
regalados con los que hay que competir (se guarda de
decir que debido a sus bajísimos costos laborales y
precarias condiciones sociales). El Estado debe
tener -para Espert- funciones indelegables pero
limitadas; seguridad, diplomacia, justicia e incluso
una intervención mínima en la educación (sólo la
básica, hay que dejar vivir a las escuelas medias y
universidades privadas) y en la salud (asistiendo
esencialmente a los pobres, porque para los
asalariados comunes y las clases medias están las
prepagas). La injerencia del Estado en la economía
debe limitarse así a garantizar la competencia y el
libre funcionamiento de los mercados y, sobre todo,
a no salir en defensa de “aquellos perjudicados por
la libre competencia” que deben arreglárselas solos
(entre ellos, los desocupados).
El pensamiento de Hobbes, de la lucha de todos
contra todos (bien ejemplificado en el filme El
Método), se expresa hoy en la precariedad del empleo
y el predominio de un capital omnipresente,
monopólico u oligopólico, no en la utópica visión de
una multitud de empresas competidoras. Ese
pensamiento, que rechaza la mayoría de los
franceses, quiere volverse a instalar en la
Argentina, donde los intentos del gobierno por
mejorar los niveles salariales, regular los mercados
(como el de la carne) o redistribuir ingresos, son
abiertamente criticados por Espert (aunque tiene
razón en el hecho de que la distribución no mejora
demasiado todavía). En síntesis, esa derecha de la
que nos habla nuestro amigo francés, no tiene
remedio aquí, en Francia o en cualquier parte del
mundo. Su bandera de lucha sería la de que “seamos
todos inmigrantes bolivianos”. Así, los costos
laborales se equipararían finalmente a los de los
chinos e indios. Además, podríamos proponer a los
franceses una solución parecida a la que venimos de
descubrir entre nosotros: una “esclavización de los
trabajadores” informal y precaria, para que
eliminen, de una vez por todas, sus problemas de
empleo y falta de competitividad.
Las políticas de los años ‘90 y la crisis de 2001 no
bastaron para convencer a nuestros “ultras” de
derecha, como tampoco les bastó a los emigrados
monárquicos franceses de que el mundo en el que
vivían había cambiado. Todavía falta para mejorar
las condiciones de vida y de trabajo en nuestra
sociedad, pero no podemos retroceder a un pasado que
casi nos conduce al desastre y que, en Europa, cobra
cuerpo en un país que tanto nos inspiró con sus
ideas de igualdad, libertad y fraternidad, y que
ahora parece que ha perdido también su rumbo.
Diario Hoy (La Plata)
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