por Peter Drucker (Harvard
Business Review)
Los grandes ejecutivos
pueden ser carismáticos
o sin brillo, generosos
o tacaños, visionarios u
orientados a los
números. Pero todo
ejecutivo eficaz sigue
ocho reglas sencilla.
Un ejecutivo eficaz no
necesita ser un líder en
el sentido que
actualmente se le da a
este término. Harry
Truman, por ejemplo, no
tenía ni una pizca de
carisma, pero fue uno de
los jefes de Estado más
eficaces en a historia
de Estados Unidos.
Durante mis 65 años de
carrera como consultor,
algunos de los mejores
CEO corporativos y de
entidades sin fines de
lucro con los que he
trabajado no eran
líderes estereotípicos.
Eran muy diversos en
términos de
personalidad, actitudes,
valores, fortalezas y
debilidades. Variaban de
extrovertidos a
solitarios, de relajados
a controladores, de
generosos a
parsimoniosos.
Lo que los volvía
eficaces a todos es que
seguían las mismas ocho
prácticas:
• Preguntaban ¿Qué hay
que hacer?
• Preguntaban ¿Qué le
conviene a la empresa?
• Desarrollaban planes
de acción.
• Asumían la
responsabilidad de sus
decisiones.
• Asumían la
responsabilidad de
comunicar.
• Se centraban en
oportunidades en vez de
problemas.
• Conducían reuniones
productivas.
• Pensaban y decían
“nosotros” en vez de
“yo”.
Las dos primeras
prácticas les permitían
obtener el conocimiento
que necesitaban. Las
cuatro siguientes les
ayudaban a convertir ese
conocimiento en acción
eficaz. Las dos últimas
aseguraban que toda la
organización se sintiera
responsable.
Obtenga el conocimiento
que necesita
La primera práctica es
preguntar qué hay que
hacer. Nótese que la
pregunta no es “¿Qué
quiero hacer?”.
Preguntar qué hay que
hacer y tomarse el
asunto en serio es
fundamental para el
éxito gerencial. Si no
se hace esta pregunta,
hasta el más capaz de
los ejecutivos se vuelve
inútil.
Cuando Truman asumió la
presidencia en 1945,
sabía exactamente lo que
quería hacer: completar
las reformas sociales y
económicas del New Deal
de Roosevelt, las que
habían sido postergadas
por la Segunda Guerra
Mundial.
Sin embargo, nada más
hacerse la pregunta
sobre qué había que
hacer, Truman comprendió
que las relaciones
internacionales tenían
prioridad absoluta.
Organizó su jornada de
trabajo de modo que
comenzara con informes
sobre política
internacional que le
daban los secretarios de
estado y de defensa.
Así, se convirtió en el
presidente más
competente en asuntos
internacionales que haya
tenido Estados Unidos.
Contuvo el comunismo
tanto en Europa como en
Asia y, con el Plan
Marshall, dio origen a
50 años de crecimiento
económico mundial.
De modo similar, cuando
Jack Welch asumió como
director ejecutivo de
General Electric
comprendió que la
expansión
intercontinental que
pretendía lanzar no era
lo que había que hacer.
Debía deshacerse de las
empresas de GE que,
independientemente de su
rentabilidad, no podían
ser la primera o la
segunda en sus sectores.
La respuesta a la
pregunta “¿Qué hay que
hacer?” casi siempre
incluye más de una tarea
urgente. Pero los
ejecutivos eficaces no
se fragmentan. Si es
posible, se concentran
en una sola tarea. Si
son de esas personas que
trabajan mejor con un
cambio de ritmo en su
jornada laboral –una
importante minoría–,
emprenden dos tareas.
Pero nunca he conocido a
un ejecutivo que aborde
más de dos tareas a la
vez y siga siendo
efectivo. Por lo tanto,
después de preguntarse
qué hay que hacer, el
ejecutivo eficaz
establece prioridades y
se apega a éstas. Para
un CEO, la tarea
prioritaria puede ser
redefinir la misión de
la empresa. Para un
director de unidad puede
ser redefinir la
relación de su división
con la casa matriz. Las
otras tareas,
independientemente de su
importancia y atractivo,
son postergadas. Pero
después de completar esa
primera tarea
prioritaria, el
ejecutivo vuelve a
definir las prioridades
en vez de pasar a la
número dos de la lista
original. Hace la
pregunta “¿Qué debe
hacerse ahora?”. Ello
generalmente conduce a
prioridades nuevas y
diferentes.
Mencionaremos nuevamente
al CEO más conocido de
Estados Unidos. Según su
autobiografía, cada
cinco años
Jack Welch se preguntaba
a sí mismo “¿Qué hay que
hacer ahora?”. Y cada
vez daba con una
prioridad nueva y
diferente.
Pero antes de decidir en
qué concentraría sus
esfuerzos en los
siguientes cinco años,
Welch también
reflexionaba sobre otro
tema. Se preguntaba para
cuál de las primeras dos
o tres tareas de la
lista estaba más
preparado. Luego se
centraba en esa tarea y
delegaba las demás. Los
ejecutivos eficaces
intentan enfocarse en
trabajos que hacen
especialmente bien.
Saben que las empresas
tienen un buen desempeño
si la alta gerencia se
desempeña bien, y lo
mismo al revés.
La segunda práctica de
los ejecutivos eficaces,
que es tan importante
como la primera,
consiste en preguntar:
“¿Es esto lo correcto
para la empresa?”. No
preguntan si es correcto
para los dueños, para el
precio de las acciones,
para los empleados o los
ejecutivos. Desde luego,
saben que los
accionistas, empleados y
ejecutivos son actores
importantes que deben
apoyar una decisión, o
por lo menos aceptarla,
si optan por ser
eficaces. Ellos saben
que el precio de la
acción no sólo es
relevante para los
accionistas, sino
también para la empresa,
ya que la relación
precio-utilidad
determina el costo del
capital. Pero también
saben que una decisión
que no es correcta para
la empresa, en última
instancia tampoco lo
será para ninguna de las
partes interesadas.
Esta segunda práctica es
especialmente importante
para los ejecutivos de
empresas familiares o
manejadas por una
familia –que son
la mayoría de las
empresas en todos los
países–, sobre todo
cuando toman decisiones
sobre personas. En una
empresa familiar
exitosa, sólo se
asciende a un familiar
si, en términos medibles,
es mejor a todos los
empleados del mismo
nivel. En DuPont, por
ejemplo, cuando la
empresa aún era manejada
como un negocio
familiar, todos los
altos ejecutivos
(excepto el contralor y
el abogado) eran parte
de la familia
propietaria.
Todo hombre descendiente
de los fundadores tenía
derecho a un trabajo de
nivel de entrada en la
empresa. Después de eso
a un miembro de la
familia sólo se lo
ascendía si un jurado
compuesto principalmente
por ejecutivos ajenos a
la familia juzgaba que
esa persona era mejor,
en habilidad y
desempeño, que los demás
empleados del mismo
nivel. La misma regla se
aplicó durante un siglo
en la empresa familiar
británica J. Lyons &
Company, que ahora es
parte de un importante
conglomerado, cuando
dominaba el sector de
los servicios
alimentarios y hoteleros
de Gran Bretaña.
Preguntarse “¿Qué es lo
correcto para la
empresa?” no garantiza
que se tomará la
decisión correcta. Hasta
el más brillante de los
ejecutivos es humano,
por lo tanto, propenso a
errores y prejuicios.
Pero no hacerse la
pregunta virtualmente
garantiza una decisión
equivocada.
Escriba un plan de
acción
Los ejecutivos hacen
cosas, ejecutan. Para
ellos, el conocimiento
es inútil hasta que no
haya sido traducido en
hechos. Pero antes de
pasar a la acción, el
ejecutivo debe trazar su
plan. Debe pensar en los
resultados deseados, las
posibles restricciones,
las futuras revisiones,
los puntos a considerar
y las consecuencias de
la forma en que
utilizará su tiempo.
Primero, el ejecutivo
define los resultados
deseados al preguntar:
“¿Qué contribuciones
debe la empresa esperar
de mí en los próximos 18
a 24 meses? ¿A qué
resultados me puede
comprometer? ¿Con qué
plazos?”. Después
considera los límites a
su accionar: “¿Es ética
esta línea de acción?
¿Es aceptable al
interior de la
organización? ¿Es legal?
¿Es compatible con la
misión, los valores y
las políticas de la
organización?”.
Respuestas positivas a
estas preguntas no
garantizan una acción
eficaz. Pero violar
estos límites
ciertamente conducirá a
una acción tan
equivocada como
ineficaz.
El plan de acción es una
declaración de
intenciones antes que un
compromiso. No debe
convertirse en una
camisa de fuerza.
Debe revisarse muchas
veces, porque todo
éxito, y todo fracaso,
crean nuevas
oportunidades. Lo mismo
sucede con cambios en el
entorno de la empresa,
el mercado y
especialmente en las
personas dentro de la
empresa. Todos esos
cambios exigen que el
plan sea revisado. Un
plan escrito debería
anticipar la necesidad
de flexibilidad.
Además, el plan de
acción necesita crear un
sistema para controlar
los resultados en
función de las
expectativas.
Los ejecutivos eficaces
suelen incluir dos
controles de ese tipo en
sus planes de acción. El
primer control se hace a
medio camino del plan,
por ejemplo, a los nueve
meses. El segundo tiene
lugar al final, antes de
trazar el siguiente plan
de acción.
Por último, el plan de
acción debe servir de
base para la
administración del
tiempo del ejecutivo. El
tiempo es el recurso más
escaso y más valioso de
un ejecutivo. Y las
organizaciones –sean
organismos estatales,
empresas o entidades sin
fines de lucro– son
inherentemente
derrochadoras de tiempo.
El plan de acción será
inútil si no permite
determinar la manera en
que el ejecutivo
utilizará su tiempo.
Napoleón supuestamente
decía que ninguna
batalla exitosa jamás
siguió el plan original.
Sin embargo, Napoleón
planificaba
meticulosamente cada una
de sus batallas,
bastante más que
cualquier general antes
de él. Sin un plan de
acción, un ejecutivo se
vuelve prisionero de los
acontecimientos. Y sin
elementos de control
para reexaminar el plan
a medida que los
acontecimientos se
desarrollan, el
ejecutivo no tiene
manera de saber qué
sucesos son realmente
importantes y cuáles
sólo son una cortina de
humo.
Actúe
Al traducir sus planes
en acción, los
ejecutivos deben prestar
especial atención a la
toma de decisiones, la
comunicación, las
oportunidades (en vez de
los problemas) y las
reuniones. Consideraré
estos aspectos uno a
uno.
Asuma responsabilidad
por las decisiones
Una decisión no se toma
mientras las personas no
sepan:
• el nombre de la
persona encargada de
realizarla;
• el plazo;
• el nombre de las
personas que se verán
afectadas por la
decisión, y que, por lo
tanto, deben estar al
tanto de ésta,
entenderla y aceptarla
–o al menos no oponerse
demasiado a ella– y
• el nombre de las
personas que deben ser
informadas de la
decisión, aunque no se
vean directamente
afectadas.
Un enorme número de
decisiones
organizacionales se
convierten en problemas
porque no consideran
estos principios. Tuve
un cliente hace 30 años
que perdió su posición
de liderazgo en el
mercado japonés, que
estaba creciendo a un
ritmo acelerado.
Después de decidir hacer
un joint venture con un
nuevo socio japonés, la
empresa nunca dejó en
claro quién informaría a
los agentes de
adquisiciones que el
socio había hecho su
especificación en metros
y kilos, en vez de pies
y libras, y nunca nadie
transmitió esa
información.
Revisar periódicamente
las decisiones –en un
momento preestablecido–
es tan importante como
tomarlas con cuidado al
inicio. Así, una mala
decisión puede
corregirse antes que
produzca un daño real.
Estas revisiones pueden
considerar de todo,
desde los resultados
hasta los supuestos que
apoyan la decisión.
Una revisión de ese tipo
es especialmente
importante para las
decisiones más
relevantes y difíciles,
aquellas relacionadas
con contrataciones o
ascensos. Los estudios
sobre decisiones acerca
de gente muestran que
sólo un tercio de estas
decisiones resultan
verdaderamente exitosas.
Es probable que un
tercio no sean ni un
éxito ni un fracaso
total. Y un tercio son
simplemente fracasos.
Los ejecutivos eficaces
saben esto y revisan
(seis a nueve meses
después) los resultados
de las decisiones que
tomaron acerca de
personas. Si encuentran
que una decisión no ha
tenido los resultados
esperados, no concluyen
que esa persona haya
sido improductiva. En
vez de ello concluyen
que ellos mismos
cometieron un error. En
una empresa bien
manejada, se entiende
que si a una persona le
va mal en un trabajo
nuevo, especialmente
después de un ascenso,
no es necesariamente la
responsable de ello.
Los ejecutivos también
les deben a la
organización y a sus
empleados el no permitir
que haya personas
improductivas en puestos
importantes. Puede que
el empleado no sea
responsable por su
desempeño deficiente,
pero, aún así, debe ser
removido. Si a una
persona le ha ido mal en
un nuevo cargo debería
tener la opción de
volver a un trabajo y un
salario similar al que
tuvo antes. Pero esta
opción rara vez se lleva
a cabo. Estas personas
suelen irse de manera
voluntaria, al menos si
sus empleadores son
empresas
estadounidenses. Pero la
sola existencia de esta
posibilidad puede tener
un poderoso efecto, al
alentar a las personas a
dejar un trabajo seguro
y cómodo para asumir
tareas nuevas y
riesgosas. El desempeño
de la organización
depende de la
disposición de los
empleados a aprovechar
posibilidades como esas.
Una revisión sistemática
de las decisiones
también puede ser una
gran herramienta para el
desarrollo personal.
Revisar los resultados
de una decisión en
función
de las expectativas
muestra a los ejecutivos
cuáles son sus
fortalezas, dónde deben
mejorar y en qué les
falta conocimiento o
información. Les muestra
sus sesgos. Muchas veces
les muestra que sus
decisiones no dieron
resultados porque no
escogieron a las
personas adecuadas para
el trabajo. Asignar las
mejores personas a los
puestos adecuados es una
tarea crucial pero
difícil, que muchos
ejecutivos descuidan, en
parte, porque las
mejores personas están
siempre ocupadas. La
revisión sistemática de
las decisiones también
les muestra a los
ejecutivos sus propias
debilidades,
especialmente las áreas
en las cuales
simplemente son
incompetentes. Los
ejecutivos inteligentes
no toman decisiones ni
actúan en esas áreas. Lo
que hacen es delegar.
Todos tenemos esas
áreas.
El ejecutivo que sea un
genio en todo no existe
Muchos de los debates en
torno a la toma de
decisiones suponen que
sólo los altos
ejecutivos toman
decisiones, o que sólo
importan las decisiones
de los altos ejecutivos.
Esto es un error
peligroso. En todos los
niveles de la
organización se toman
decisiones, empezando
por profesionales
externos que contribuyen
a la empresa y los
supervisores de primera
línea. Esas decisiones,
aparentemente de bajo
nivel, son sumamente
importantes en una
organización basada en
el conocimiento. Se
supone que los
trabajadores del
conocimiento saben más
acerca de su
especialidad –por
ejemplo, de contabilidad
tributaria– y, por lo
tanto, es probable que
sus decisiones afecten a
toda la organización.
Tomar buenas decisiones
es una habilidad clave
en todos los niveles. En
organizaciones basadas
en el conocimiento esto
debe enseñarse
explícitamente a todo al
mundo.
Asuma la responsabilidad
de comunicar
Los ejecutivos eficaces
se aseguran que tanto
sus planes de acción
como sus necesidades de
información sean
comprendidos.
En concreto, esto
significa que comparten
sus planes con todos sus
colegas –superiores,
subordinados y pares–, y
les piden comentarios al
respecto. Al mismo
tiempo, le señalan a
cada persona qué
información necesitarán
para realizar el
trabajo. El flujo de
información del
subordinado al jefe es
lo que generalmente
atrae mayor atención.
Pero los ejecutivos
necesitan prestar la
misma atención a las
necesidades de
información de sus pares
y superiores.
Todos sabemos, gracias
al clásico de Chester
Barnard
Las funciones del
ejecutivo,
de 1938, que las
organizaciones se
mantienen unidas por la
información más que por
la propiedad o el mando.
Aun así, demasiados
ejecutivos actúan como
si la información y su
flujo estuvieran a cargo
de un especialista de la
información, por
ejemplo, el contador.
En consecuencia, reciben
una enorme cantidad
de datos que no
necesitan o no pueden
usar, pero poco de la
información que sí
necesitan. La mejor
manera de enfrentar este
problema es que cada
ejecutivo determine la
información que
necesita, la pida y siga
insistiendo hasta
conseguirla.
Céntrese en las
oportunidades
Los buenos ejecutivos se
centran en las
oportunidades en vez de
los problemas. Por
supuesto que hay que
enfrentar los problemas,
no deben ser ignorados.
Pero la resolución de
problemas, aunque
necesaria, no produce
resultados, sino que
previene daños.
Aprovechar las
oportunidades sí produce
resultados.
Ante todo, los
ejecutivos eficaces
toman el cambio como una
oportunidad en vez de
una amenaza. Observan
sistemáticamente los
cambios, dentro y fuera
de la empresa, y se
preguntan: “¿Cómo
podemos aprovechar este
cambio para que sea una
oportunidad para nuestra
empresa?”. En concreto,
los ejecutivos examinan
estas siete situaciones
en busca de
oportunidades:
• un éxito o fracaso
inesperado en la
empresa, en un
competidor o en el
sector;
• una brecha entre lo
que se hace y lo que
podría hacerse en un
proceso, producto,
servicio o mercado (por
ejemplo, en el siglo 19
la industria del papel
utilizaba 10% de cada
árbol que podía
transformarse en pulpa
de papel, e ignoraba
totalmente las
posibilidades del 90%
restante, que se
desechaba);
• una innovación en un
proceso, producto o
servicio, ya sea dentro
o fuera de la empresa o
del sector;
• cambios en la
estructura del sector y
del mercado;
• datos demográficos;
• cambios de disposición
mental, valores,
percepción, estados de
ánimo o significado, y
• nuevos conocimientos o
una nueva tecnología.
Los ejecutivos eficaces
también se aseguran de
que los problemas no
ahoguen las
oportunidades. En la
mayoría de las empresas,
la primera página del
informe mensual de la
dirección contiene la
lista de los problemas
clave. Es mucho más
sensato mostrar la lista
de oportunidades en la
primera página y dejar
los problemas para la
segunda.
A menos que haya una
verdadera catástrofe, en
las reuniones de
dirección no se abordan
los problemas hasta que
no se hayan analizado y
tratado debidamente las
oportunidades.
La asignación del
personal es otro aspecto
importante del ejecutivo
que enfoca las
oportunidades. Los
ejecutivos eficaces
asignan a sus mejores
personas a las
oportunidades y no a los
problemas. Una manera de
asignar personal según
las oportunidades es
pedirles a los miembros
del grupo directivo que
cada semestre preparen
dos listas: una de
oportunidades para toda
la empresa y otra con
las personas de mayor
desempeño en la empresa.
Las listas se analizan y
luego se fusionan en dos
listas principales, de
modo de hacer coincidir
a las mejores personas
con las mejores
oportunidades.
En Japón, por cierto,
esta tarea es
considerada una de las
principales funciones
del área de recursos
humanos en las grandes
corporaciones o agencias
gubernamentales.
Esta práctica es una de
las fortalezas clave de
las empresas japonesas.
Haga que las reuniones
sean productivas
El ejecutivo no
gubernamental de mayor
visibilidad, poder y
eficacia en los Estados
Unidos de la Segunda
Guerra Mundial y los
años posteriores no fue
un hombre de negocios.
Fue
el cardenal Francis
Spellman, el jefe de la
Arquidiócesis católica
de Nueva York y
consejero de varios
presidentes de EE.UU.
Cuando Spellman asumió
su cargo, la diócesis
estaba en quiebra y
totalmente
desmoralizada. Su
sucesor, en cambio,
heredó la posición de
liderazgo en la Iglesia
Católica de Estados
Unidos. Spellman solía
decir que durante el día
únicamente estaba solo
dos veces: los 25
minutos que rezaba al
levantarse cada mañana,
y los 25 minutos que
oraba antes de
acostarse. El resto del
tiempo
pasaba rodeado de gente
en reuniones, comenzando
con un desayuno con una
organización católica y
terminando con una cena
con otra organización.
Los altos ejecutivos no
están tan atrapados como
el arzobispo de una
importante diócesis
católica. Pero todos los
estudios de la jornada
laboral de los
ejecutivos muestran que
incluso los ejecutivos
en cargos más bajos y
los profesionales pasan
más de la mitad de la
jornada con otras
personas, esto es, en
algún tipo de reunión.
Las únicas excepciones
son unos pocos
investigadores de alto
nivel. Hasta una
conversación con una
sola persona ya es una
reunión. Por lo tanto,
si quieren ser eficaces,
los ejecutivos deben
conducir reuniones
productivas. Deben
asegurarse de que las
reuniones sean sesiones
de trabajo y no juntas
de cotorreo.
La clave para conducir
una reunión eficaz es
definir previamente qué
tipo de reunión se hará.
Diferentes tipos de
reunión requieren
diferentes formas de
preparación y diferentes
resultados:
Una reunión para
preparar una
declaración,
un anuncio o un
comunicado de prensa.
Para que esta reunión
sea productiva,
previamente un
participante debe haber
preparado un borrador.
Al final de la reunión,
un participante
designado con
anticipación debe asumir
la responsabilidad
de divulgar el texto
final.
Una reunión para
anunciar algo,
por ejemplo, un cambio
organizacional. Esta
reunión debe limitarse
al anuncio y a un debate
en torno a éste.
Una reunión en la cual
un participante presenta
un informe.
No se debe tratar nada
más excepto el informe
mismo.
Una reunión en la que
varios o todos los
miembros presentan un
informe.
O bien no hay ninguna
discusión, o el
debate debe limitarse a
preguntas aclaratorias.
Una alternativa
es que para cada informe
se realice un pequeño
debate en el cual todos
los participantes puedan
hacer
preguntas. De ser así,
los informes deben
distribuirse a
todos los participantes
con bastante
anticipación. En este
tipo de reunión, cada
informe debe limitarse a
un tiempo
determinado, por
ejemplo, 15 minutos.
Una reunión para
informar al ejecutivo
que convoca.
El ejecutivo debe
escuchar y hacer
preguntas. Luego debe
resumir la sesión, pero
no hacer una
presentación.
Una reunión cuya única
función es colocar a los
participantes en la
presencia del ejecutivo.
Las reuniones de
desayuno
o cena del cardenal
Spellman eran de este
tipo.
No hay manera de lograr
que estas reuniones sean
productivas.
Son los gajes del
oficio. Los altos
ejecutivos son eficaces
a medida que logran
evitar que estas
reuniones interfieran
con su jornada de
trabajo. Spellman, por
ejemplo, era eficaz
porque limitaba estas
reuniones al desayuno o
la cena, y así se
liberaba el resto de la
jornada.
Para realizar una
reunión productiva se
precisa mucha
autodisciplina. Se
requiere que los
ejecutivos determinen
qué tipo de reunión es
la apropiada y luego se
mantengan fieles a ese
formato. También es
necesario terminar la
reunión apenas se haya
cumplido su propósito
específico.
Los buenos ejecutivos no
levantan otro tema a
debatir. Resumen y
cancelan la sesión.
Hacer un buen
seguimiento es tan
importante como la
reunión misma. El gran
maestro del seguimiento
era Alfred Sloan, el
ejecutivo más eficaz que
jamás he conocido. Sloan,
que dirigió General
Motors desde los años 20
hasta los 50, ocupaba la
mayor parte de su semana
de seis días hábiles en
reuniones: tres días en
reuniones de comité
formales con un grupo
establecido de
participantes, los otros
tres días en reuniones
ad hoc para tratar temas
específicos con
ejecutivos
individuales de GM o un
grupo pequeño de
ejecutivos.
Al comienzo de una
reunión formal, Sloan
anunciaba el objetivo de
la reunión. Luego
escuchaba. Nunca tomaba
notas y rara vez
hablaba, excepto para
aclarar algún aspecto
confuso. Al final
resumía, daba las
gracias a los
participantes y se iba.
Enseguida escribía un
breve memo dirigido a
uno de los
participantes. Allí
resumía la sesión y sus
conclusiones y explicaba
claramente cualquier
tarea que se había
decidido en la reunión
(incluyendo una decisión
de realizar otra reunión
sobre el tema o de
examinar algún asunto).
Especificaba quién sería
el ejecutivo responsable
por ese trabajo y el
plazo para realizarlo.
Enviaba una copia del
memo a todos los que
habían asistido a la
reunión. Con esos memos,
que eran pequeñas obras
maestras, Sloan se
convirtió en un
ejecutivo sumamente
eficaz.
Los ejecutivos eficaces
saben que una reunión o
es productiva o es una
pérdida total de tiempo.
Piense y diga “nosotros”
La última práctica es
ésta: No piense ni diga
“yo”; piense y diga
“nosotros”. Los
ejecutivos eficaces
saben que tienen la
responsabilidad final, y
que ésta no puede ni
compartirse ni
delegarse. Pero sólo
tienen autoridad porque
cuentan con la confianza
de la organización. Esto
significa que piensan en
las necesidades y
oportunidades de la
organización antes de
pensar en sus propias
necesidades y
oportunidades.
Esto tal vez suene
simple, pero no lo es y
debe ser seguido
estrictamente.