|
Mi minuto esencial
(1ra. parte)
por Spencer Johnson.
Ed. Grijalbo.
Reproducido con
autorización
LA BÚSQUEDA
Érase una vez un hombre
que buscaba el
equilibrio en su vida.
Deseaba ser feliz, en su
trabajo y con la
familia. Y deseaba que
los demás también fuesen
felices y productivos.
Lo cual era una
frustración para él,
pues había tratado por
todos los medios de
hacerse feliz a sí mismo
y felices a los demás.
Pero, por mucho que lo
intentaba, nada parecía
suficiente.
Cuando estaba a solas,
no experimentaba la
tranquilidad mental que
buscaba.
Algo importante fallaba
también en sus
relaciones de negocios y
en las privadas.
En el mejor de los
casos, no quedaba a la
altura de lo que él
mismo y los demás
esperaban; en el peor,
hacía daño a la gente,
aunque por lo general
sin darse cuenta de
ello.
Se estaba convirtiendo
en un escéptico.
Empezaba a preguntarse
si alguna vez
descubriría el secreto
del equilibrio.
No obstante, sabía lo
bastante acerca de la
felicidad para darse
cuenta de que, si alguna
vez la encontraba,
tendría que ser dentro de sí mismo.
Pero se preguntaba como
afectaría eso a los
demás.
Mientras tanto, aquel
hombre buscaba a alguien
que hubiese encontrado
ya la solución y que
quisiera compartir su
secreto con él.
Después de tratar a
muchas personas, se daba
cuenta de que casi todo
el mundo sentía lo mismo
que él. Conoció a unas
pocas personas que le
parecieron felices. Pero
éstos no querían o no
podían compartir su
secreto con él.
No obstante, el hombre
sabía que por su propio
bien y por el de la
buena gente que
trabajaba y convivía con
él, necesitaba encontrar
pronto la solución.
Se decía que ojalá
conociese a alguien que
tuviera dicha solución,
que viviera con arreglo
a ella y que pudiera
explicársela de una
manera sencilla.
“A lo mejor es un
secreto demasiado
personal como para
compartirlo con un
desconocido –pensaba-.
Si supiera de alguien…”
De pronto, recordó a una
persona a la que conocía
muy bien y que había
logrado tener más éxito
en su trabajo y mayor
felicidad en su vida.
A “Tío”, como le
llamaban todos los de la
familia, no le faltaba
nada, pues tenía desde
una buena salud hasta
una cuantiosa fortuna,
aunque, como le constaba
perfectamente al hombre,
no siempre había sido
así. Pero ahora
disfrutaba de una vida
privada, familiar y
social muy feliz.
El Tío siempre parecía
contengo, al igual que
todas las personas que
le rodeaban. El mismo
recordaba bien que
cuando estaba con su Tío
se encontraba más a sus
anchas que nunca.
El Tío parecía estar en
posesión del secreto de
cómo hacerse feliz a sí
mismo y hacer felices a
los demás.
Se preguntó por qué no
había tenido nunca una
charla más seria con su
Tío, aparte las
banalidades
intercambiadas durante
las celebraciones
familiares.
Le telefoneó para
decirle que quería
hablar con él, y
quedaron en verse al día
siguiente.
UN MINUTO PARA SI MISMO
La sonrisa del Tío le
acogió al entrar. Tan
pronto como se sintió a
sus anchas, preguntó:
_ ¿Eres feliz Tío?
Este respondió:
_Muy feliz. Pero debo
admitir que sólo desde
hace algunos años.
Recuerdo que antes había
llegado a sentirme muy
desequilibrado.
_Si no es algo demasiado
personal, Tío, me
gustaría preguntarte
cómo llegaste a ser
feliz.
_Es fácil –replicó el
Tío-. En realidad,
cuando las cosas se
complican y me siento
confuso –agregó-, me las
arreglo recordando lo
siguiente: Si es
complicado, seguramente
forma parte del
problema. Si es
sencillo, podría ser una
solución.
“La mayor parte de mis
problemas me parecían
complicados entonces
–siguió confesando el
Tío-. Pero las
soluciones una vez
encontradas, resultaban
bastante sencillas. En
realidad, a veces me
avergüenza un poco
descubrir lo fácil que
era la solución
práctica, cuando al fin
doy con ella.
“La pura verdad es que
soy más feliz desde que
empecé a hacer caso de
mí mismo al mismo tiempo
que de los demás
–concluyó el Tío.
Aquello no se lo había
esperado el hombre, por
lo que preguntó:
_ ¿Qué te hace más
feliz, hacer caso de ti
mismo o de los demás?
_Lo uno va con lo otro,
y en realidad no es
posible la separación
–replicó el mayor de los
dos hombres.
“La mayor felicidad la
consigo cuando consigo
equilibrar dos verdades
importantes –continuó el
Tío-. Unas veces
conviene mirar primero
por los demás, y otras
veces es referible
cuidar primero de mí
mismo.
“Lo bueno del asunto es
que la manera de cuidar
de mí mismo suele servir
también para otros.
“Y hacer caso de los
demás es una manera de
hacerme caso a mí mismo.
Eso hace que me sienta
equilibrado y lleno de
paz.
“Antes mi vida no
funcionaba porque me
empeñaba demasiado en
complacer a los demás y
me olvidaba de
complacerme a mí mismo.
Ahora concedo igual
tiempo a ambos aspectos.
Tras una pausa, el tío
continuó:
_Lo curioso es que,
desde que empecé a
hacerme caso a mí mismo,
la gente me dice que se
siente más a gusto
conmigo, y con ellos
mismos.
El hombre escéptico
replicó:
_Me parece demasiado
sencillo, y demasiado
bueno para ser cierto.
Es posible que yo
todavía esté absorto en
mis propios problemas,
pero me parece que mi
vida es bastante más
complicada que eso.
El Tío contestó:
_No te censuro por
ponerlo en duda. Pero la
realidad es que el
secreto es tan sencillo,
tan práctico y tan
poderoso, que cuando lo
haces ¡todo el mundo
sale ganando!
Y para que no cupiese
ninguna duda, el hombre
de más edad escribió
tranquilamente algo en
un papel, que luego
tendió a su sobrino. Era
lo siguiente:
Antes de poder atender a
algo o a alguien, debo
aprender a atenderme a
mí mismo.
El Tío dijo:
_Mi “yo” es el que yo
soy. Tu “yo” –agregó con
un además ambiguo- es el
que eres tú. Nuestras
personalidades son tan
diferentes como nuestras
huellas digitales. Cada
uno es único y especial,
lo mismo que cualquier
otro ser humano en el
mundo. Ese es el “yo” al
que debemos atender.
_¿Por qué es eso tan
importante? –preguntó el
sobrino.
_Porque, cuando tenemos
buen cuidado de nuestro
“yo” de nuestra
personalidad, nos
sentimos más saludables
y felices. Sólo entonces
podemos atender a otras
personas.
“Hace algunos años
–continuó el tío- empecé
a ver más clara la
cuestión de la
felicidad, fijándome en
su contrario. ¿Qué les
pasa a las personas tan
infelices, tan
desgraciadas, que sufren
una fuerte depresión?
_No hacen caso de
nadie…, ni de sí mismas,
ni de las demás, ni de
nada de cuanto les rodea
–respondió el hombre.
_Justamente, eso es lo
que les pasa –asintió el
tío-. No hacen caso de
nada. ¿Y qué les ocurre
a las personas que están
al lado de alguien que
no hace caso de nada?
El hombre sonrió y
contestó:
_Es deprimente.
Y el tío le hizo
observar:
_Por tanto, las personas
que cuidan mal de sí
mismas también son
perniciosas para los
demás. Si cuidaran mejor
de sí mismas, ¿no sería
esto una ventaja para
los demás?
Mientras su interlocutor
meditaba la respuesta,
el tío prosiguió:
_¿Cuál es el primer
síntoma de recuperación
en un paciente
deprimido?
_Que empieza a cuidar de
sí mismo. Recobra la
costumbre de peinarse el
cabello, por ejemplo.
El tío asintió:
_En efecto. Las personas
sanas cuidan de sí
mismas; las enfermas,
no.
Luego preguntó:
_¿Qué dirías que hice
entonces?
Y contestó él mismo a su
propia pregunta:
_Empecé a considerarme
un cuidador.
Tú también puedes
hacerlo, si quieres.
“Imaginemos, si te
parece –continuó el
tío-, que eres el
honrado cuidador de un
bello jardín en una
magnífica finca. Gente
de todo el mundo viene a
ver tu jardín, y admiran
tu trabajo, y también a
ti.
“Considera, mentalmente,
las hermosuras de tu
labor. Respira las
fragancias.
El tío hizo una pausa
para propiciar que su
interlocutor imaginara
la escena.
_¿Qué tal resulta eso de
ser un cuidador de esa
especie?
El hombre asintió:
_Magnífico. Me siento
magnífico.
El tío continuó:
_Para experimentar el
equilibrio, me bastaba
contemplar las tres
zonas principales de mi
jardín: “yo”, “tú” y
“nosotros”.
El sobrino preguntó:
_¿Quieres decir que te
ves cuidando de mí
mismo, cuidando de ti y
cuidando de nosotros,
verdad?
_Sí. Con el “yo” me
refiero a mí mismo
–corroboró el tío-. El
“tú” es el “yo” que hay
dentro de ti, y que
tiene mis mismas
necesidades
fundamentales. De
manera que cuando pienso
en “ti” puedo comprender
las necesidades de tu
“yo”.
Poniendo la mano sobre
una esfera terrestre que
tenía en un rincón de su
despacho, el tío
concluyó:
_Y el “nosotros” es la
relación que existe
entre tú y yo…y ese “tú”
puede ser un miembro de
mi familia, un socio, o
un desconocido de otro
continente…
La persona del tío
aparecía rodeada de un
halo de paz y de gran
fuerza.
El hombre sintió
necesidad de saber más
cosas.
_¿Querrías explicarme la
primera parte de esa
filosofía tuya, o
cómo cuidar de mí mismo?
_Salgamos al jardín,
a tomar un poco el sol
–sugirió el tío.
El hombre contempló el
jardín del tío. Oyó el
rumor del agua y
contempló las bellas
flores. Percibió la paz
y la tranquilidad
reinantes. Empezaba a
ver cómo aquello de ser
cuidador podía servir
para cuidar bien de sí
mismo.
El tío pensó en voz
alta:
_Cuando contemplo este
jardín, me cuesta
recordar los tiempos en
que era tan infeliz.
_¿Qué era lo que no iba
bien? –preguntó el
hombre.
_Sencillamente que no
cuidaba de mí mismo. Al
principio, ni siquiera
sabía qué era lo que no
funcionaba, sólo que no
estaba contento con mi
éxito, ni con mi
familia, ni con mis
amigos.
“Cuando me detuve a
mirar de cerca, vi que
hacía más caso de mis
negocios que de mi
familia, y más de mi
familia que de mí mismo.
“Había permitido que mi
vida se desequilibrase.
_¿Y qué hiciste
entonces? –preguntó el
hombre.
_Por fácil que parezca,
hacer alto varias veces
al día para dedicarme
un minuto a mí mismo.
_Un minuto no es
mucho tiempo –objetó el
hombre.
Lo suficiente para
llegar a ser más feliz
–respondió el hombre de
más edad.
Mira el reloj y luego
quédate quieto y
callado. No mires otra
vez el reloj hasta que
te parezca que ha
transcurrido un minuto,
ni un segundo más, ni
uno menos.
El tío esperó
tranquilamente mientras
su sobrino intentaba el
experimento. Sabía lo
que iba a pasar.
Transcurrido lo que
creyó ser un minuto, el
sobrino miró su reloj.
Fue una sorpresa.
_¡Pero si sólo han
pasado treinta y ocho
segundos! –exclamó-. Un
minuto es más largo de
lo que me figuraba.
El tío sonrió
complacido. Siempre
pasaba lo mismo.
_Cuando estamos
callados, un minuto es
mucho tiempo.
_¿Y por qué ha de ser un
minuto?
El tío explicó:
_Porque, en un minuto de
silencio a solas conmigo
mismo, primero
adquiero conciencia,
de lo que estoy
haciendo, y luego puedo
elegir si voy a
buscar un camino mejor.
“Además de las otras
cosas que hago para
cuidar del “yo”, el “tú”
y el “nosotros”,
invierto en mí mismo y
en los demás ese minuto
extra ¡Y esa es toda la
diferencia!
_¿Cómo haces eso?
–preguntó el hombre.
El tío dijo:
_Sencillamente, echo el
freno y pregunto al yo:
¿Existe, ahora mismo,
una manera mejor de
cuidar bien de mí mismo?
Por extraña que parezca,
funciona.
“Cuado me detengo a
considerarlo en silencio
durante un minuto, a
menudo encuentro esa
manera. Y entonces lo
pongo en práctica tan
pronto como sea posible.
_¿Y cómo consigues hacer
caso del “tú” –inquirió
el hombre- en un minuto?
_Animando a ese tú (que
es el yo que vive dentro
de ti) para que vea que
tú y yo somos parecidos.
Tú también necesitas
hacer buen caso de ti
mismo. Yo te invito a
tomarte un minuto para
detenerte y hacerte a ti
mismo la misma pregunta
en silencio: ¿Existe,
ahora mismo, una manera
mejor de cuidar bien de
mí mismo?
“Porque tú, que
también llevas dentro tu
propia respuesta
–concluyó el tío-,
también mereces un buen
cuidado.
Y el hombre preguntó:
_¿Y cómo cuidas de
“nosotros”?
_Invitando a cada uno de
nosotros a tomarse el
tiempo necesario para
preguntarnos
calladamente:
¿Estoy pidiéndole a la
otra parte de nuestra
relación que haga lo que
es imposible (cuidar
bien de mí), en vez de
procurar que cada cual
haga buen caso de sí
mismo, lo cual
permitiría que todos
juntos tuviéramos una
relación mejor?
El tío percibió la duda
de su interlocutor:
_Una cosa tan sencilla
¿cómo puede tener tanta
fuerza?
_Porque ese simple y
breve minuto durante el
cual considero y
reflexiono sobre mi
conducta o mis ideas, me
conduce a algo muy
poderoso. Me lleva hacia
dentro de mí mismo, a
escuchar mi propia
sabiduría –replicó el
tío.
“Tomarme un minuto
varias veces al día para
detenerme y contemplar
lo que estoy haciendo es
como conducir por la
ciudad y detenerse
delante de los semáforos
en rojo. Esos semáforos
me ayudan a llegar con
seguridad a mi destino.
El hombre había
comprendido:
_Así que, al frenar y
mirar, evitas chocar con
algo y hacerte daño.
_Sí –dijo el tío-. Me
detengo, miro y veo que
tengo una opción: seguir
adelante, o cambiar de
dirección o cualquier
otra cosa que juzgue
mejor para mí.
“Y además, así es menos
probable que choque y
haga daño a otros que
puedan haber llegado al
mismo cruce donde yo
estoy –continuó el tío-.
Eso me ayuda a cuidar de
mí mismo y también de
los demás.
“Tomarme un minuto
para mí mismo,
cuando me acuerdo de
hacerlo, ha sido de un
valor incalculable para
mí –concluyó el tío-.
Encuentro la solución
dentro de mí, casi
siempre. En realidad,
todos sabemos lo que es
mejor para nosotros;
basta que nos detengamos
el tiempo necesario para
verlo.
Al hombre empezó a
parecerle que el tío
sabía algunas cosas
dignas de recordar. Sacó
un bolígrafo y papel, y
preguntó:
_¿Te molestaría si tomo
algunas notas?
Y apuntó lo mejor de lo
que acababa de escuchar.
El tío empezó a
explicarse en detalle.
_Empecemos por el
principio, que es
cómo cuidar de mí mismo.
Luego nos
“licenciaremos”, como yo
digo, para entrar en el
curso siguiente, el de
cómo cuidar de ti, y por
último, cómo cuidar de
nosotros. Ya verás como
lo uno se superpone a lo
otro hasta que se
alcanza el equilibrio.
El hombre preguntó:
_¿Y qué haces entonces?
_El qué hacer es
la parte más fácil
–contestó el tío-. Una
vez adoptado el
compromiso de hacer algo
todos los días para
cuidar de mí mismo,
encuentro numerosas
maneras de ponerlo en
práctica. Basta con que
recuerde hacer caso de
mí mismo tan bien y tan
a menudo como hago con
otras personas.
“De cualquier manera,
cuando hago algo para mí
mismo me siento atendido
y eso me hace feliz.
“Lo que hagas tú para
cuidar de ti mismo
posiblemente será
distinto de lo que yo
hago. En realidad,
querido sobrino, parte
de la satisfacción que
proporciona el hacer
caso de ti mismo
consiste en descubrir
qué cosas son las que te
agradan en exclusiva.
“Lo que yo hago para
cuidar de mí mismo puede
ser diferente de una
semana a otra. Pero, por
lo general, siempre
empieza de la misma
manera.
“Primero me tomo ese
minuto extra, en medio
de la jornada, para
detenerme y preguntarme
“Existe para mí, en este
instante, una manera
mejor de cuidar bien de
mí mismo”?
“Lo que haga a
continuación dependerá
de lo que estuviese
haciendo o pensando
cuando me formulé la
pregunta. Por lo común,
conduce a un cambio en
mi comportamiento o en
mis ideas.
El hombre preguntó
entonces:
_Tío ¿no podrías darme
algún ejemplo concreto
de cómo cuidar de ti
mismo?
_Verás –dijo el tío-.
Recuerdo que me di
cuenta de que no tenía
bastante tiempo para mí
mismo en todo el día.
“Mientras daba vueltas a
mi resentimiento por
ello, hice alto durante
un minuto. Lo pensé en
silencio durante ese
rato, y entonces decidí
que, en vez de estar
resentido, podía
levantarme una hora más
temprano todos los días,
y entonces esa sería
mi hora, para
disponer como quisiera
en cualquier momento del
día.
El tío sonrió y, tras
una pausa, continuó:
-Pero recuerdo que, la
primera mañana que lo
intenté, estaba fatigado
y no tenía ganas de
levantarme. Entonces me
pregunté, medio
adormilado: “No existirá
alguna manera mejor?”
“Decidí levantarme sólo
un cuarto de hora antes,
pero adelantando otro
cuarto de hora cada
semana durante cuatro
semanas. Al cabo del
mes, tuve aquella hora
extra diaria para mí
mismo.
_¿Qué hacías durante esa
hora? –preguntó el
hombre.
_No has entendido la
cuestión –dijo el tío-.
No importaba, mientras
estuviera consciente de
que estaba haciendo algo
para cuidar de mí mismo.
Eso era lo importante.
Para dar más énfasis a
lo dicho, el tío
insistió:
_No importa lo que haga.
En las cosas pequeñas
está la gran
diferencia…, cosas que
una persona ajena quizá
ni siquiera observaría.
Se detuvo y, tras
reflexionar, prosiguió:
_Una cosa que hago
cuando me siento
agobiado, cuando todo
corre prisa y pierdo la
perspectiva, es
formularme otra pregunta
sencilla: “De aquí a
diez años, ¿qué
importancia tendrá todo
esto?”
El hombre asintió:
_Estoy seguro de que
ahora omites muchas de
las cosas que no tienen
importancia y vives
mucho más tranquilo.
_Es verdad –corroboró el
tío. Luego añadió-: otra
cosa que hago a favor de
mí mismo es reír mucho.
Cuanto más a menudo me
río más saludable y
contento estoy. Recuerdo
que una vez
retransmitían por la
radio una comedia
estupenda. Me hizo reír
tanto y me sentí tan
bien, que luego compré
varias grabaciones de
comedias para el casette
del coche. Ahora me
verás pasar muchas veces
por la calla, riendo
mientras conduzco.
El hombre dijo:
_Recuerdo que antes eras
un hombre demasiado
serio. Ahora se te ve
más risueño. ¿Qué ha
ocurrido?
El tío respondió:
_Afortunadamente, tuve
un amigo dotado de un
gran sentido del humor.
Yo le observé y vi cómo
el humor mejoraba su
vida. Estaba muy
atareado, igual que yo,
pero por lo visto se lo
tomaba de otra manera.
Así que empecé a adoptar
su filosofía jovial.
“Una vez andaba yo muy
decaído y mi amigo me
preguntó qué me pasaba.
Le dije que tenía ganas
de esconderme bajo
tierra.
“A lo que él contestó:
“Pues hazlo”. Luego me
preguntó si tenía un
armario grande en casa,
y yo contesté: “claro
que sí, ¿por qué?
“Y él dijo: Para
esconderte dentro de él.
Ve a tu armario, mete
dentro una silla,
siéntate y cierra la
puerta”.
El tío soltó una
carcajada y continuó:
-Entonces comprendí lo
ridículo que era mi
pequeño problema, por lo
que dejé de darle
vueltas.
_Así que reírse de uno
mismo es una buena
manera de hacerse caso
–observó el hombre.
_Sí –contestó el tío-.
Mejor aún, me río
conmigo mismo. Disfruto
mis locuras, mis
imperfecciones, mis
debilidades humanas…para
eso, utilizo un pequeño
truco.
_¿Cuál? –preguntó el
hombre.
_Cuando me veo que estoy
tomándome a mí mismo
demasiado en serio
–continuó el tío-,
imagino a Dios, en medio
de las nubes, mirando
mis actos y muy
divertido, porque los
humanos le divierten y
porque realmente le
caigo bien.
“De pronto Dios
prorrumpe en una gran
carcajada y llama a uno
de sus chicos buenos:
“¡Ven y verás lo que
está haciendo ahora el
tío!
¡es la monda!
El hombre rió :
_Esto no lo olvidaré.
El tío prosiguió:
_Reírme de mí mismo y
hacer alguna cosilla de
vez en cuando a favor de
mí mismo, eso es lo que
hace que me sienta bien.
“¿No me pedías algunos
ejemplos de lo que hago?
A veces me salto el
almuerzo y cambio la
rutina. Salgo a dar un
paseo. O me compro un
pequeño regalo para mí…,
algo que me haga sentir
que estoy cuidando de mí
mismo.
“O salgo en coche, en
busca de un paisaje
hermoso, o saco una
entrada para un
concierto.
“A veces negocio una
cita conmigo mismo a
media mañana, un
compromiso estrictamente
personal. Una vez salí a
las once de la mañana
para visitar una galería
de arte. Luego regresé y
seguí trabajando como de
costumbre hasta la hora
del almuerzo.
“Hago excursiones
locales. Visito lugares
donde no había estado
nunca, sólo para ver
cómo me sienta el estar
allí. Puede ser un
barrio de la ciudad que
no haya frecuentado
antes, o una tienda en
la que nunca había
entrado. Con esas
novedades me siento más
libre y vivo.
“Son pequeñeces. Pero
hay algo más importante.
El hombre de más edad le
pasó a su sobrino una
placa que tenía sobre la
mesa de su despacho.
Decía:
Me trato a mí mismo como
me gustaría que me
tratasen los demás.
_¿Qué quieres decir con
eso?
_Cuando me parece que la
gente no me trata bien,
considero cómo me trato
a mí mismo –dijo el tío.
“Ahora me van bien las
cosas porque he cuidado
de mí mismo en esos
aspectos importantes.
Sin embargo, a veces
todavía me parece que no
me ha tocado una parte
justa en el reparto. Por
lo general, se trata de
cosas sin importancia.
Pero sigue sin gustarme
la sensación de no ser
bien tratado.
_Conozco esa sensación
–dijo el hombre.
_Ahora bien, tan pronto
como me detengo y veo
que estoy sintiéndome
víctima –prosiguió el
tío-, ya sé quien es mi
verdugo.
_¿Tú mismo? –aventuró el
hombre.
_Exactamente –confirmó
el tío-. Enseguida
recuerdo que puedo ser
mi mejor amigo o mi peor
enemigo. Todo depende de
lo que haya elegido
pensar y hacer.
_¿Cuál sería un ejemplo
de lo que podrías hacer?
_No me gusta ver que
otras personas piensan
que no he estado a la
altura de lo que
esperaban de mí. Así que
evito medirme con unas
expectativas demasiado
rígidas y compararme con
lo que pienso que
debería ser. Cuando
estoy decepcionado
conmigo mismo, por lo
general se debe a que no
he logrado lo que me
había exigido a mí
mismo.
“He aprendido a no
esperar la perfecta
realización de mis
fantasías: los
cumpleaños con tarta y
velas, la gratitud
absoluta de los
familiares y los amigos…
“Ahora considero todo
esto como oportunidades
para agradecer lo ya
conseguido.
El hombre preguntó:
_Así, ¿las decepciones…,
la infelicidad…, son la
diferencia entre la
fantasía y la realidad?
_Sí –aseguró el tío-.
Ahora sencillamente
aprecio lo que ocurre,
en vez de compararlo con
lo que pensaba que debía
ocurrir.
“He aprendido que mi
dolor íntimo nace de la
diferencia entre lo que
ocurre y lo que yo
deseaba que ocurriese.
El hombre dijo:
_De manera que, si
prescindo de lo que me
parece que falta en mis
fantasías, y aprecio lo
que ya tiene de bueno la
realidad ¿seré más
feliz?
_Así es como funciona en
mi caso –replicó el tío.
Y luego continuó:- Hago
caso de mí mismo
teniendo en cuenta lo
que deseo frente a lo
que necesito.
_¿Qué diferencia hay
entre ambas cosas?
_Una necesidad
–respondió el hombre de
más edad- es algo
indispensable para
nuestro bienestar. Un
deseo es algo de lo cual
creemos que nos va a
hacer felices…, aunque a
menudo estemos en un
error. Puedo desear un
caramelo; en cambio,
necesito el oxígeno para
respirar.
“Es como lo de la
relación entre el éxito
y la felicidad –continuó
el tío-. Muchas personas
prósperas, pero
desgraciadas, han tenido
que descubrir la
felicidad en lo que
persiguieron y no
obtuvieron.
“Me siento afortunado
cuando obtengo lo que
deseo, pero soy feliz
cuando deseo lo que
obtengo.
“Como siempre, veo las
cosas con más claridad
cuando me detengo a
considerar qué es lo que
estoy persiguiendo
–concluyó el tío.
Hizo una pausa para
asegurarse de que su
sobrino captaba la
importancia de lo que se
disponía a decir.
_Nunca, nunca
conseguimos bastante de
lo que no necesitamos…
Es lo que pasa cuando
uno desea el dinero, lo
consigue, y descubre que
no le trae la felicidad,
y sin embargo ambiciona
todavía más, creyendo
que al fin eso va a
hacerle feliz.
_Entonces, ¿cómo sabes
lo que necesitas
_Pues dedicando algún
tiempo a considerar lo
que realmente me hace
feliz a mí.
Algunos días
prefiero sentarme a
escribir mis
pensamientos, para luego
analizarlos. Otras veces
me da por salir a pasear
y escucharme a mí mismo
en silencio.
“Cuando me tomo un
minuto para preguntarme:
“¿Necesito realmente lo
que estoy
persiguiendo?”, a menudo
dejo de perseguirlo
–dijo el tío.
El hombre comentó:
_Esto me recuerda la
época en que aprendí el
vuelo a vela. Uno de los
chicos se lanzaba con el
ala planeadora mientras
el instructor gritaba
desde el suelo:
“¡Cuidado con esos
coches aparcados! ¡Vas
derecho contra el coche
verde! ¡Cuidado con es
coche verde!…¿Adivinas a
dónde fue a parar el
chico?…Pues contra el
coche verde,
naturalmente –continuó-.
Y el instructor comentó:
“Que te sirva de
lección. No mires nunca
hacia donde no quieras
ir”. Ahora creo que
empiezo a comprender. Te
ahorras muchas fatigas
en tu vida no aspirando
a lo que no necesitas.
_Exacto –respondió el
tío-. ¿Qué supones que
sentiríamos tú o yo,
después de haber
trabajado mucho para
conseguir algo, si
hubiéramos de descubrir
que eso no nos hace
falta para nada?
_Me decepcionaría
–contestó el hombre-. O
incluso me deprimiría.
Así que realmente vale
la pena detenerse a
mirar.
_¡Justo! Y si yo no
estoy dispuesto a
tomarme ese tiempo para
detenerme a considerar
qué es realmente mejor
para mí, ¿quién va a
hacerlo?
“En realidad es muy
sencillo. Cuanto mejor
cuido de mí mismo, mejor
atendido me siento.
_¿Y qué haces cuando las
cosas no te salen bien?
¿cómo te las arreglas
para cuidar entonces de
ti mismo?
_Miro más allá de lo
malo hasta que encuentro
lo bueno. Quizá tú
también querrás hacer
eso cuando las cosas te
vayan mal.
El hombre prometió:
_Lo intentaré. ¿Puedo
preguntarte qué más
haces para ayudarte?
_Sí. Simplifico mi vida
–replicó el tío-. Es la
manera más rápida de
reducir la fatiga
nerviosa. Voy podando
más y más hasta que
llego al tronco de lo
que me hace feliz.
“Cuando consigo lo
sencillo, me quedo en lo
sencillo. Cuanto más
sencilla resulta mi
vida, mayor es la paz en
que vivo.
_¿Y cómo haces para
simplificar tu vida?
El tío le provocó una
vez más a pensar:
_Creo que será mejor
preguntarte qué podrías
hacer tú para
simplificar la tuya.
El tío se puso en pie y
dio unos pasos.
_Esta mañana te concedo
un poco más de mi
tiempo, y luego me voy a
jugar.
_¿A jugar? –se
sorprendió el hombre.
El tío aclaró:
_Jugar es como reír. Es
también una de las
maneras en que cuido de
mí mismo.
“Jugar es para el cuerpo
lo que una buena actitud
es para la mente. En
cuanto al juego,
practico el tenis con
los amigos y voy a
bucear con tu tía.
El hombre sonrío.
_Creo que te pareces a
un amigo mío. No es que
no tenga problemas en su
vida, pero adopta una
actitud estupenda. Opina
que la vida es una
apuesta.
“Por la mañana, antes de
abrir los ojos, palpa
siempre con ambas manos
a su alrededor. Dice
que, si no toca las
paredes de un ataúd, ya
sabe que el día va a ser
bueno.
El tío se echó a reír.
_La actitud, ésa es la
apuesta. Tu manera de
ver la vida es la mejor
manera de cuidar de ti
mismo. Tu perspectiva es
lo que te hunde o te
levanta. Y la actitud es
algo que podemos
elegir.
“A medida que me
hago mayor, y espero que
más sabio –continuó el
tío-, me parece que sólo
hay dos emociones
fundamentales en la
vida. Esas dos emociones
son el Amor (positiva) y
el Temor (negativa). Lo
uno es la ausencia de lo
otro. Seguramente, todas
las demás emociones no
son sino variaciones de
una de esas dos.
_¿Qué me dices de la
angustia? –preguntó el
hombre.
_La angustia no es más
que temor a lo
desconocido –replicó el
tío.
“Siempre que dejo de
hacer caso de mí mismo
me doy cuenta de que he
actuado por temor
–confesó luego-. Pero
cuando he elegido actuar
por amor, me siento
atendido, soy feliz.
“Así que cuando he de
tomar una decisión, me
pregunto: “¿Es una
decisión llena de amor,
o una decisión
atemorizada?” Las
decisiones tomadas por
miedo, tanto si me doy
cuenta de ello como si
no, no suelen darme
buenos resultados
– |