Web Los Recursos Humanos.com
     
 LOS RECURSOS HUMANOS.com  Portal con noticias, artículos y actualidad sobre la gestión de los recursos humanos en las organizaciones


 

Mi minuto esencial (1ra. parte)

                           1 - 2 - 3                  

por  Spencer Johnson. Ed. Grijalbo. Reproducido con autorización

LA BÚSQUEDA

Érase una vez un hombre que buscaba el equilibrio en su vida.
Deseaba ser feliz, en su trabajo y con la familia. Y deseaba que los demás también fuesen felices y productivos.
Lo cual era una frustración para él, pues había tratado por todos los medios de hacerse feliz a sí mismo y felices a los demás. Pero, por mucho que lo intentaba, nada parecía suficiente.
Cuando estaba a solas, no experimentaba la tranquilidad mental que buscaba.
Algo importante fallaba también en sus relaciones de negocios y en las privadas.
En el mejor de los casos, no quedaba a la altura de lo que él mismo y los demás esperaban; en el peor, hacía daño a la gente, aunque por lo general sin darse cuenta de ello.
Se estaba convirtiendo en un escéptico.
Empezaba a preguntarse si alguna vez descubriría el secreto del equilibrio.
No obstante, sabía lo bastante acerca de la felicidad para darse cuenta de que, si alguna vez la encontraba, tendría que ser dentro de sí mismo.
Pero se preguntaba como afectaría eso a los demás.
Mientras tanto, aquel hombre buscaba a alguien que hubiese encontrado ya la solución y que quisiera compartir su secreto con él.
Después de tratar a muchas personas, se daba cuenta de que casi todo el mundo sentía lo mismo que él. Conoció a unas pocas personas que le parecieron felices. Pero éstos no querían o no podían compartir su secreto con él.
No obstante, el hombre sabía que por su propio bien y por el de la buena gente que trabajaba y convivía con él, necesitaba encontrar pronto la solución.
Se decía que ojalá conociese a alguien que tuviera dicha solución, que viviera con arreglo a ella y que pudiera explicársela de una manera sencilla.
“A lo mejor es un secreto demasiado personal como para compartirlo con un desconocido –pensaba-. Si supiera de alguien…”
De pronto, recordó a una persona a la que conocía muy bien y que había logrado tener más éxito en su trabajo y mayor felicidad en su vida.
A “Tío”, como le llamaban todos los de la familia, no le faltaba nada, pues tenía desde una buena salud hasta una cuantiosa fortuna, aunque, como le constaba perfectamente al hombre, no siempre había sido así. Pero ahora disfrutaba de una vida privada, familiar y social muy feliz.
El Tío siempre parecía contengo, al igual que todas las personas que le rodeaban. El mismo recordaba bien que cuando estaba con su Tío se encontraba más a sus anchas que nunca.
El Tío parecía estar en posesión del secreto de cómo hacerse feliz a sí mismo y hacer felices a los demás.
Se preguntó por qué no había tenido nunca una charla más seria con su Tío, aparte las banalidades intercambiadas durante las celebraciones familiares.
Le telefoneó para decirle que quería hablar con él, y quedaron en verse al día siguiente.

UN MINUTO PARA SI MISMO

La sonrisa del Tío le acogió al entrar. Tan pronto como se sintió a sus anchas, preguntó:
_ ¿Eres feliz Tío?
Este respondió:
_Muy feliz. Pero debo admitir que sólo desde hace algunos años. Recuerdo que antes había llegado a sentirme muy desequilibrado.
_Si no es algo demasiado personal, Tío, me gustaría preguntarte cómo llegaste a ser feliz.
_Es fácil –replicó el Tío-. En realidad, cuando las cosas se complican y me siento confuso –agregó-, me las arreglo recordando lo siguiente: Si es complicado, seguramente forma parte del problema. Si es sencillo, podría ser una solución.
“La mayor parte de mis problemas me parecían complicados entonces –siguió confesando el Tío-. Pero las soluciones una vez encontradas, resultaban bastante sencillas. En realidad, a veces me avergüenza un poco descubrir lo fácil que era la solución práctica, cuando al fin doy con ella.
“La pura verdad es que soy más feliz desde que empecé a hacer caso de mí mismo al mismo tiempo que de los demás –concluyó el Tío.
Aquello no se lo había esperado el hombre, por lo que preguntó:
_ ¿Qué te hace más feliz, hacer caso de ti mismo o de los demás?
_Lo uno va con lo otro, y en realidad no es posible la separación –replicó el mayor de los dos hombres.
“La mayor felicidad la consigo cuando consigo equilibrar dos verdades importantes –continuó el Tío-. Unas veces conviene mirar primero por los demás, y otras veces es referible cuidar primero de mí mismo.
“Lo bueno del asunto es que la manera de cuidar de mí mismo suele servir también para otros.
“Y hacer caso de los demás es una manera de hacerme caso a mí mismo. Eso hace que me sienta equilibrado y lleno de paz.
“Antes mi vida no funcionaba porque me empeñaba demasiado en complacer a los demás y me olvidaba de complacerme a mí mismo. Ahora concedo igual tiempo a ambos aspectos.
Tras una pausa, el tío continuó:
_Lo curioso es que, desde que empecé a hacerme caso a mí mismo, la gente me dice que se siente más a gusto conmigo, y con ellos mismos.
El hombre escéptico replicó:
_Me parece demasiado sencillo, y demasiado bueno para ser cierto. Es posible que yo todavía esté absorto en mis propios problemas, pero me parece que mi vida es bastante más complicada que eso.
El Tío contestó:
_No te censuro por ponerlo en duda. Pero la realidad es que el secreto es tan sencillo, tan práctico y tan poderoso, que cuando lo haces ¡todo el mundo sale ganando!
Y para que no cupiese ninguna duda, el  hombre de más edad escribió tranquilamente algo en un papel, que luego tendió a su sobrino. Era lo siguiente:

Antes de poder atender a algo o a alguien, debo aprender a atenderme a mí mismo.

El Tío dijo:
_Mi “yo” es el que yo soy. Tu “yo” –agregó con un además ambiguo- es el que eres tú. Nuestras personalidades son tan diferentes como nuestras huellas digitales. Cada uno es único y especial, lo mismo que cualquier otro ser humano en el mundo. Ese es el “yo” al que debemos atender.
_¿Por qué es eso tan importante? –preguntó el sobrino.
_Porque, cuando tenemos buen cuidado de nuestro “yo” de nuestra personalidad, nos sentimos más saludables y felices. Sólo entonces podemos atender a otras personas.
“Hace algunos años –continuó el tío- empecé a ver más clara la cuestión de la felicidad, fijándome en su contrario. ¿Qué les pasa a las personas tan infelices, tan desgraciadas, que sufren una fuerte depresión?
_No hacen caso de nadie…, ni de sí mismas, ni de las demás, ni de nada de cuanto les rodea –respondió el hombre.
_Justamente, eso es lo que les pasa –asintió el tío-. No hacen caso de nada. ¿Y qué les ocurre a las personas que están al lado de alguien que no hace caso de nada?
El hombre sonrió y contestó:
_Es deprimente.
Y el tío le hizo observar:
_Por tanto, las personas que cuidan mal de sí mismas también son perniciosas para los demás. Si cuidaran mejor de sí mismas, ¿no sería esto una ventaja para los demás?
Mientras su interlocutor meditaba la respuesta, el tío prosiguió:
_¿Cuál es el primer síntoma de recuperación en un paciente deprimido?
_Que empieza a cuidar de sí mismo. Recobra la costumbre de peinarse el cabello, por ejemplo.
El tío asintió:
_En efecto. Las personas sanas cuidan de sí mismas; las enfermas, no.
Luego preguntó:
_¿Qué dirías que hice entonces?
Y contestó él mismo a su propia pregunta:
_Empecé a considerarme un cuidador. Tú también puedes hacerlo, si quieres.
“Imaginemos, si te parece –continuó el tío-, que eres el honrado cuidador de un bello jardín en una magnífica finca. Gente de todo el mundo viene a ver tu jardín, y admiran tu trabajo, y también a ti.
“Considera, mentalmente, las hermosuras de tu labor. Respira las fragancias.
El tío hizo una pausa para propiciar que su interlocutor imaginara la escena.
_¿Qué tal resulta eso de ser un cuidador de esa especie?
El hombre asintió:
_Magnífico. Me siento magnífico.
El tío continuó:
_Para experimentar el equilibrio, me bastaba contemplar las tres zonas principales de mi jardín: “yo”, “tú” y “nosotros”.
El sobrino preguntó:
_¿Quieres decir que te ves cuidando de mí mismo, cuidando de ti y cuidando de nosotros, verdad?
_Sí. Con el “yo” me refiero a mí mismo –corroboró el tío-. El “tú” es el “yo” que hay dentro de ti, y que tiene mis mismas necesidades fundamentales. De manera que cuando pienso en “ti” puedo comprender las necesidades de tu “yo”.
Poniendo la mano sobre una esfera terrestre que tenía en un rincón de su despacho, el tío concluyó:
_Y el “nosotros” es la relación que existe entre tú y yo…y ese “tú” puede ser un miembro de mi familia, un socio, o un desconocido de otro continente…
La persona del tío aparecía rodeada de un halo de paz y de gran fuerza.
El hombre sintió necesidad de saber más cosas.
_¿Querrías explicarme la primera parte de esa filosofía tuya, o cómo cuidar de mí mismo?
_Salgamos al jardín, a tomar un poco el sol –sugirió el tío.
El hombre contempló el jardín del tío. Oyó el rumor del agua y contempló las bellas flores. Percibió la paz y la tranquilidad reinantes. Empezaba a ver cómo aquello de ser cuidador podía servir para cuidar bien de sí mismo.
El tío pensó en voz alta:
_Cuando contemplo este jardín, me cuesta recordar los tiempos en que era tan infeliz.
_¿Qué era lo que no iba bien? –preguntó el hombre.
_Sencillamente que no cuidaba de mí mismo. Al principio, ni siquiera sabía qué era lo que no funcionaba, sólo que no estaba contento con mi éxito, ni con mi familia, ni con mis amigos.
“Cuando me detuve a mirar de cerca, vi que hacía más caso de mis negocios que de mi familia, y más de mi familia que de mí mismo.
“Había permitido que mi vida se desequilibrase.
_¿Y qué hiciste entonces? –preguntó el hombre.
_Por fácil que parezca, hacer alto varias veces al día para dedicarme un minuto a mí mismo.
_Un minuto no es mucho tiempo –objetó el hombre.
Lo suficiente para llegar a ser más felizrespondió el hombre de más edad. Mira el reloj y luego quédate quieto y callado. No mires otra vez el reloj hasta que te parezca que ha transcurrido un minuto, ni un segundo más, ni uno menos.
El tío esperó tranquilamente mientras su sobrino intentaba el experimento. Sabía lo que iba a pasar.
Transcurrido lo que creyó ser un minuto, el sobrino miró su reloj. Fue una sorpresa.
_¡Pero si sólo han pasado treinta y ocho segundos! –exclamó-. Un minuto es más largo de lo que me figuraba.
El tío sonrió complacido. Siempre pasaba lo mismo.
_Cuando estamos callados, un minuto es mucho tiempo.
_¿Y por qué ha de ser un minuto?
El tío explicó:
_Porque, en un minuto de silencio a solas conmigo mismo, primero adquiero conciencia, de lo que estoy haciendo, y luego puedo elegir si voy a buscar un camino mejor.
“Además de las otras cosas que hago para cuidar del “yo”, el “tú” y el “nosotros”, invierto en mí mismo y en los demás ese minuto extra ¡Y esa es toda la diferencia!
_¿Cómo haces eso? –preguntó el hombre.
El tío dijo:
_Sencillamente, echo el freno y pregunto al yo: ¿Existe, ahora mismo, una manera mejor de cuidar bien de mí mismo? Por extraña que parezca, funciona.
“Cuado me detengo a considerarlo en silencio durante un minuto, a menudo encuentro esa manera. Y entonces lo pongo en práctica tan pronto como sea posible.
_¿Y cómo consigues hacer caso del “tú” –inquirió el hombre- en un minuto?
_Animando a ese tú (que es el yo que vive dentro de ti) para que vea que tú y yo somos parecidos. Tú también necesitas hacer buen caso de ti mismo. Yo te invito a tomarte un minuto para detenerte y hacerte a ti mismo la misma pregunta en silencio: ¿Existe, ahora mismo, una manera mejor de cuidar bien de mí mismo?
“Porque tú, que también llevas dentro tu propia respuesta –concluyó el tío-, también mereces un buen cuidado.
Y el hombre preguntó:
_¿Y cómo cuidas de “nosotros”?
_Invitando a cada uno de nosotros a tomarse el tiempo necesario para preguntarnos calladamente: ¿Estoy pidiéndole a la otra parte de nuestra relación que haga lo que es imposible (cuidar bien de mí), en vez de procurar que cada cual haga buen caso de sí mismo, lo cual permitiría que todos juntos tuviéramos una relación mejor?
El tío percibió la duda de su interlocutor:
_Una cosa tan sencilla ¿cómo puede tener tanta fuerza?
_Porque ese simple y breve minuto durante el cual considero y reflexiono sobre mi conducta o mis ideas, me conduce a algo muy poderoso. Me lleva hacia dentro de mí mismo, a escuchar mi propia sabiduría –replicó el tío.
“Tomarme un minuto varias veces al día para detenerme y contemplar lo que estoy haciendo es como conducir por la ciudad y detenerse delante de los semáforos en rojo. Esos semáforos me ayudan a llegar con seguridad a mi destino.
El hombre había comprendido:
_Así que, al frenar y mirar, evitas chocar con algo y hacerte daño.
_Sí –dijo el tío-. Me detengo, miro y veo que tengo una opción: seguir adelante, o cambiar de dirección o cualquier otra cosa que juzgue mejor para mí.
“Y además, así es menos probable que choque y haga daño a otros que puedan haber llegado al mismo cruce donde yo estoy –continuó el tío-. Eso me ayuda a cuidar de mí mismo y también de los demás.
“Tomarme un minuto para mí mismo, cuando me acuerdo de hacerlo, ha sido de un valor incalculable para mí –concluyó el tío-. Encuentro la solución dentro de mí, casi siempre. En realidad, todos sabemos lo que es mejor para nosotros; basta que nos detengamos el tiempo necesario para verlo.
Al hombre empezó a parecerle que el tío sabía algunas cosas dignas de recordar. Sacó un bolígrafo y papel, y preguntó:
_¿Te molestaría si tomo algunas notas?
Y apuntó lo mejor de lo que acababa de escuchar.
El tío empezó a explicarse en detalle.
_Empecemos por el principio, que es cómo cuidar de mí mismo. Luego nos “licenciaremos”, como yo digo, para entrar en el curso siguiente, el de cómo cuidar de ti, y por último, cómo cuidar de nosotros. Ya verás como lo uno se superpone a lo otro hasta que se alcanza el equilibrio.
El hombre preguntó:
_¿Y qué haces entonces?
_El qué hacer es la parte más fácil –contestó el tío-. Una vez adoptado el compromiso de hacer algo todos los días para cuidar de mí mismo, encuentro numerosas maneras de ponerlo en práctica. Basta con que recuerde hacer caso de mí mismo tan bien y tan a menudo como hago con otras personas.
“De cualquier manera, cuando hago algo para mí mismo me siento atendido y eso me hace feliz.
“Lo que hagas tú para cuidar de ti mismo posiblemente será distinto de lo que yo hago. En realidad, querido sobrino, parte de la satisfacción que proporciona el hacer caso de ti mismo consiste en descubrir qué cosas son las que te agradan en exclusiva.
“Lo que yo hago para cuidar de mí mismo puede ser diferente de una semana a otra. Pero, por lo general, siempre empieza de la misma manera.
“Primero me tomo ese minuto extra, en medio de la jornada, para detenerme y preguntarme “Existe para mí, en este instante, una manera mejor de cuidar bien de mí mismo”?
“Lo que haga a continuación dependerá de lo que estuviese haciendo o pensando cuando me formulé la pregunta. Por lo común, conduce a un cambio en mi comportamiento o en mis ideas.
El hombre preguntó entonces:
_Tío ¿no podrías darme algún ejemplo concreto de cómo cuidar de ti mismo?
_Verás –dijo el tío-. Recuerdo que me di cuenta de que no tenía bastante tiempo para mí mismo en todo el día.
“Mientras daba vueltas a mi resentimiento por ello, hice alto durante un minuto. Lo pensé en silencio durante ese rato, y entonces decidí que, en vez de estar resentido, podía levantarme una hora más temprano todos los días, y entonces esa sería mi hora, para disponer como quisiera en cualquier momento del día.
El tío sonrió y, tras una pausa, continuó:
-Pero recuerdo que, la primera mañana que lo intenté, estaba fatigado y no tenía ganas de levantarme. Entonces me pregunté, medio adormilado: “No existirá alguna manera mejor?”
“Decidí levantarme sólo un cuarto de hora antes, pero adelantando otro cuarto de hora cada semana durante cuatro semanas. Al cabo del mes, tuve aquella hora extra diaria para mí mismo.
_¿Qué hacías durante esa hora? –preguntó el hombre.
_No has entendido la cuestión –dijo el tío-. No importaba, mientras estuviera consciente de que estaba haciendo algo para cuidar de mí mismo. Eso era lo importante.
Para dar más énfasis a lo dicho, el tío insistió:
_No importa lo que haga. En las cosas pequeñas está la gran diferencia…, cosas que una persona ajena quizá ni siquiera observaría.
Se detuvo y, tras reflexionar, prosiguió:
_Una cosa que hago cuando me siento agobiado, cuando todo corre prisa y pierdo la perspectiva, es formularme otra pregunta sencilla: “De aquí a diez años, ¿qué importancia tendrá todo esto?”
El hombre asintió:
_Estoy seguro de que ahora omites muchas de las cosas que no tienen importancia y vives mucho más tranquilo.
_Es verdad –corroboró el tío. Luego añadió-: otra cosa que hago a favor de mí mismo es reír mucho. Cuanto más a menudo me río más saludable y contento estoy. Recuerdo que una vez retransmitían por la radio una comedia estupenda. Me hizo reír tanto y me sentí tan bien, que luego compré varias grabaciones de comedias para el casette del coche. Ahora me verás pasar muchas veces por la calla, riendo mientras conduzco.
El hombre dijo:
_Recuerdo que antes eras un hombre demasiado serio. Ahora se te ve más risueño. ¿Qué ha ocurrido?
El tío respondió:
_Afortunadamente, tuve un amigo dotado de un gran sentido del humor. Yo le observé y vi cómo el humor mejoraba su vida. Estaba muy atareado, igual que yo, pero por lo visto se lo tomaba de otra manera. Así que empecé a adoptar su filosofía jovial.
“Una vez andaba yo muy decaído y mi amigo me preguntó qué me pasaba. Le dije que tenía ganas de esconderme bajo tierra.
“A lo que él contestó: “Pues hazlo”. Luego me preguntó si tenía un armario grande en casa, y yo contesté: “claro que sí, ¿por qué?
“Y él dijo: Para esconderte dentro de él. Ve a tu armario, mete dentro una silla, siéntate y cierra la puerta”.
El tío soltó una carcajada y continuó:
-Entonces comprendí lo ridículo que era mi pequeño problema, por lo que dejé de darle vueltas.
_Así que reírse de uno mismo es una buena manera de hacerse caso –observó el hombre.
_Sí –contestó el tío-. Mejor aún, me río conmigo mismo. Disfruto mis locuras, mis imperfecciones, mis debilidades humanas…para eso, utilizo un pequeño truco.
_¿Cuál? –preguntó el hombre.
_Cuando me veo que estoy tomándome a mí mismo demasiado en serio –continuó el tío-, imagino a Dios, en medio de las nubes, mirando mis actos y muy divertido, porque los humanos le divierten y porque realmente le caigo bien.
“De pronto Dios prorrumpe en una gran carcajada y llama a uno de sus chicos buenos: “¡Ven y verás lo que está haciendo ahora el tío!
¡es la monda!
El hombre rió :
_Esto no lo olvidaré.
El tío prosiguió:
_Reírme de mí mismo y hacer alguna cosilla de vez en cuando a favor de mí mismo, eso es lo que hace que me sienta bien.
“¿No me pedías algunos ejemplos de lo que hago? A veces me salto el almuerzo y cambio la rutina. Salgo a dar un paseo. O me compro un pequeño regalo para mí…, algo que me haga sentir que estoy cuidando de mí mismo.
“O salgo en coche, en busca de un paisaje hermoso, o saco una entrada para un concierto.
“A veces negocio una cita conmigo mismo a media mañana, un compromiso estrictamente personal. Una vez salí a las once de la mañana para visitar una galería de arte. Luego regresé y seguí trabajando como de costumbre hasta la hora del almuerzo.
“Hago excursiones locales. Visito lugares donde no había estado nunca, sólo para ver cómo me sienta el estar allí. Puede ser un barrio de la ciudad que no haya frecuentado antes, o una tienda en la que nunca había entrado. Con esas novedades me siento más libre y vivo.
“Son pequeñeces. Pero hay algo más importante.
El hombre de más edad le pasó a su sobrino una placa que tenía sobre la mesa de su despacho. Decía:      
Me trato a mí mismo como me gustaría que me tratasen los demás.
_¿Qué quieres decir con eso?
_Cuando me parece que la gente no me trata bien, considero cómo me trato a mí mismo –dijo el tío.
“Ahora me van bien las cosas porque he cuidado de mí mismo en esos aspectos importantes. Sin embargo, a veces todavía me parece que no me ha tocado una parte justa en el reparto. Por lo general, se trata de cosas sin importancia. Pero sigue sin gustarme la sensación de no ser bien tratado.
_Conozco esa sensación –dijo el hombre.
_Ahora bien, tan pronto como me detengo y veo que estoy sintiéndome víctima –prosiguió el tío-, ya sé quien es mi verdugo.
_¿Tú mismo? –aventuró el hombre.
_Exactamente –confirmó el tío-. Enseguida recuerdo que puedo ser mi mejor amigo o mi peor enemigo. Todo depende de lo que haya elegido pensar y hacer.
_¿Cuál sería un ejemplo de lo que podrías hacer?
_No me gusta ver que otras personas piensan que no he estado a la altura de lo que esperaban de mí. Así que evito medirme con unas expectativas demasiado rígidas y compararme con lo que pienso que debería ser. Cuando estoy decepcionado conmigo mismo, por lo general se debe a que no he logrado lo que me había exigido a mí mismo.
“He aprendido a no esperar la perfecta realización de mis fantasías: los cumpleaños con tarta y velas, la gratitud absoluta de los familiares y los amigos…
“Ahora considero todo esto como oportunidades para agradecer lo ya conseguido.
El hombre preguntó:
_Así, ¿las decepciones…, la infelicidad…, son la diferencia entre la fantasía y la realidad?
_Sí –aseguró el tío-. Ahora sencillamente aprecio lo que ocurre, en vez de compararlo con lo que pensaba que debía ocurrir.
“He aprendido que mi dolor íntimo nace de la diferencia entre lo que ocurre y lo que yo deseaba que ocurriese.
El hombre dijo:
_De manera que, si prescindo de lo que me parece que falta en mis fantasías, y aprecio lo que ya tiene de bueno la realidad ¿seré más feliz?
_Así es como funciona en mi caso –replicó el tío. Y luego continuó:- Hago caso de mí mismo teniendo en cuenta lo que deseo frente a lo que necesito.
_¿Qué diferencia hay entre ambas cosas?
_Una necesidad –respondió el hombre de más edad- es algo indispensable para nuestro bienestar. Un deseo es algo de lo cual creemos que nos va a hacer felices…, aunque a menudo estemos en un error. Puedo desear un caramelo; en cambio, necesito el oxígeno para respirar.
“Es como lo de la relación entre el éxito y la felicidad –continuó el tío-. Muchas personas
prósperas, pero desgraciadas, han tenido que descubrir la felicidad en lo que persiguieron y no obtuvieron.
“Me siento afortunado cuando obtengo lo que deseo, pero soy feliz cuando deseo lo que obtengo.
“Como siempre, veo las cosas con más claridad cuando me detengo a considerar qué es lo que estoy persiguiendo –concluyó el tío.
Hizo una pausa para asegurarse de que su sobrino captaba la importancia de lo que se disponía a decir.
_Nunca, nunca conseguimos bastante de lo que no necesitamos… Es lo que pasa cuando uno desea el dinero, lo consigue, y descubre que no le trae la felicidad, y sin embargo ambiciona todavía más, creyendo que al fin eso va a hacerle feliz.
_Entonces, ¿cómo sabes lo que necesitas
_Pues dedicando algún tiempo a considerar lo que realmente me hace feliz a mí. Algunos días prefiero sentarme a escribir mis pensamientos, para luego analizarlos. Otras veces me da por salir a pasear y escucharme a mí mismo en silencio.
“Cuando me tomo un minuto para preguntarme: “¿Necesito realmente lo que estoy persiguiendo?”, a menudo dejo de perseguirlo –dijo el tío.
El hombre comentó:
_Esto me recuerda la época en que aprendí el vuelo a vela. Uno de los chicos se lanzaba con el ala planeadora mientras el instructor gritaba desde el suelo: “¡Cuidado con esos coches aparcados! ¡Vas derecho contra el coche verde! ¡Cuidado con es coche verde!…¿Adivinas a dónde fue a parar el chico?…Pues contra el coche verde, naturalmente –continuó-. Y el instructor comentó: “Que te sirva de lección. No mires nunca hacia donde no quieras ir”. Ahora creo que empiezo a comprender. Te ahorras muchas fatigas en tu vida no aspirando a lo que no necesitas.
_Exacto –respondió el tío-. ¿Qué supones que sentiríamos tú o yo, después de haber trabajado mucho para conseguir algo, si hubiéramos de descubrir que eso no nos hace falta para nada?
_Me decepcionaría –contestó el hombre-. O incluso me deprimiría. Así que realmente vale la pena detenerse a mirar.
_¡Justo! Y si yo no estoy dispuesto a tomarme ese tiempo para detenerme a considerar qué es realmente mejor para mí, ¿quién va a hacerlo?
“En realidad es muy sencillo. Cuanto mejor cuido de mí mismo, mejor atendido me siento.
_¿Y qué haces cuando las cosas no te salen bien? ¿cómo te las arreglas para cuidar entonces de ti mismo?
_Miro más allá de lo malo hasta que encuentro lo bueno. Quizá tú también querrás hacer eso cuando las cosas te vayan mal.
El hombre prometió:
_Lo intentaré. ¿Puedo preguntarte qué más haces para ayudarte?
_Sí. Simplifico mi vida –replicó el tío-. Es la manera más rápida de reducir la fatiga nerviosa. Voy podando más y más hasta que llego al tronco de lo que me hace feliz.
“Cuando consigo lo sencillo, me quedo en lo sencillo. Cuanto más sencilla resulta mi vida, mayor es la paz en que vivo.
_¿Y cómo haces para simplificar tu vida?
El tío le provocó una vez más a pensar:
_Creo que será mejor preguntarte qué podrías hacer tú para simplificar la tuya.
El tío se puso en pie y dio unos pasos.
_Esta mañana te concedo un poco más de mi tiempo, y luego me voy a jugar.
_¿A jugar? –se sorprendió el hombre.
El tío aclaró:
_Jugar es como reír. Es también una de las maneras en que cuido de mí mismo.
“Jugar es para el cuerpo lo que una buena actitud es para la mente. En cuanto al juego, practico el tenis con los amigos y voy a bucear con tu tía.
El hombre sonrío.
_Creo que te pareces a un amigo mío. No es que no tenga problemas en su vida, pero adopta una actitud estupenda. Opina que la vida es una apuesta.
“Por la mañana, antes de abrir los ojos, palpa siempre con ambas manos a su alrededor. Dice que, si no toca las paredes de un ataúd, ya sabe que el día va a ser bueno.
El tío se echó a reír.
_La actitud, ésa es la apuesta. Tu manera de ver la vida es la mejor manera de cuidar de ti mismo. Tu perspectiva es lo que te hunde o te levanta. Y la actitud es algo que podemos elegir.
“A medida que me hago mayor, y espero que más sabio –continuó el tío-, me parece que sólo hay dos emociones fundamentales en la vida. Esas dos emociones son el Amor (positiva) y el Temor (negativa). Lo uno es la ausencia de lo otro. Seguramente, todas las demás emociones no son sino variaciones de una de esas dos.
_¿Qué me dices de la angustia? –preguntó el hombre.
_La angustia no es más que temor a lo desconocido –replicó el tío.
“Siempre que dejo de hacer caso de mí mismo me doy cuenta de que he actuado por temor –confesó luego-. Pero cuando he elegido actuar por amor, me siento atendido, soy feliz.
“Así que cuando he de tomar una decisión, me pregunto: “¿Es una decisión llena de amor, o una decisión atemorizada?” Las decisiones tomadas por miedo, tanto si me doy cuenta de ello como si no, no suelen darme buenos resultados –