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La inteligencia emocional
en la organización
Trabajo Realizado por los
alumnos: Hernán Verdejo -
Luis Mora - Juan Manuel
Astorga - Manuel Santiago
¿Por qué a algunas
personas les va mejor en
la vida que a otras?
¿Por qué algunas, con alto
coeficiente intelectual y
que se destacan en su
profesión, no pueden
aplicar esta inteligencia
en su vida privada, que va
a la deriva, del
sufrimiento al fracaso?
¿Porqué algunas personas
tienen más desarrollada
que otras, una habilidad
especial que les permite
relacionarse bien con
otros, aunque no sean las
que más se destacan por su
inteligencia?.
¿Porqué unos son más
capaces que otros de
enfrentar contratiempos, o
superar obstáculos y ver
las dificultades de la
vida de manera diferente?.
El nuevo concepto que da
respuesta a ésta y otras
interrogantes es la
Inteligencia Emocional,
una parte a menudo negada
y desdeñada, opacada por
el brillo de la razón, del
coeficiente intelectual (CI),
más fácil de definir y
medir, la misma que viene
a ser una destreza que nos
permite conocer y manejar
nuestros propios
sentimientos, interpretar
o enfrentar los
sentimientos de los demás,
sentirse satisfechos y ser
eficaces en la vida a la
vez que crear hábitos
mentales que favorezcan
nuestra propia
productividad.
La Inteligencia emocional
es una forma de
interactuar con el mundo
que tiene muy en cuenta
los sentimientos, y
engloba habilidades tales
como el control de los
impulsos, la
autoconciencia, la
motivación, el entusiasmo,
la perseverancia, la
empatía, la agilidad
mental, etc. Ellas
configuran rasgos de
carácter como la
autodisciplina, la
compasión o el altruismo,
que resultan
indispensables para una
buena y creativa
adaptación social.
Aprovechar la inteligencia
emocional no implica estar
siempre contento o evitar
las perturbaciones, sino
mantener el equilibrio:
saber atravesar los malos
momentos que nos depara la
vida, reconocer y aceptar
los propios sentimientos y
salir airoso de esas
situaciones sin dañarse ni
dañar a los demás. La
difusión de este "alfabetismo
emocional", pocas veces
valorado en su justa
medida, haría del mundo (y
por ende de las
organizaciones) un lugar
más agradable, menos
agresivo y más
estimulante. No se trata
de borrar las pasiones,
sino de administrarlas con
inteligencia.
LA INTELIGENCIA EMOCIONAL
· El mapa cerebral
de la emoción
Este sistema emocional de
reacción instantánea, casi
reflejo, que parece
imponerse a nuestra
voluntad consciente, está
bien guardado en las capas
más profundas del cerebro.
Su base de operaciones se
encuentra en lo que los
neurólogos conocen como
sistema límbico, compuesto
a su vez por la amígdala,
que se podría definir como
el asiento de toda pasión,
y el hipocampo. Allí
surgen las emociones de
placer, disgusto, ira,
miedo, y se guardan los
"recuerdos emocionales"
asociados con ellos.
Este núcleo primitivo está
rodeado por el neocórtex,
el asiento del
pensamiento, responsable
del razonamiento, la
reflexión, la capacidad de
prever y de imaginar. Allí
también se procesan las
informaciones que llegan
desde los órganos de los
sentidos y se producen las
percepciones conscientes.
Simplificando un poco las
cosas, se podría decir,
por ejemplo, que el
impulso sexual corresponde
al sistema límbico y el
amor al neocórtex.
Normalmente el neocórtex
puede prever las
reacciones emocionales,
elaborarlas, controlarlas
y hasta reflexionar sobre
ellas. Pero existen
ciertos circuitos
cerebrales que van
directamente de los
órganos de los sentidos a
la amígdala, "puenteando"
la supervisión racional.
Cuando estos recorridos
neuronales se encienden,
se produce un estallido
emocional: en otras
palabras, actuamos sin
pensar. Otras veces las
emociones nos perturban,
sabotean el funcionamiento
del neocórtex y no nos
permiten pensar
correctamente.
Algunos pacientes
neurológicos que carecen
de conexión entre la
amígdala y el neocórtex
muestran una inteligencia
normal y razonan como la
gente sana. Sin embargo,
su vida es una sucesión de
elecciones desafortunadas
que los lleva de un
fracaso a otro. Para ellos
los hechos son grises y
neutros, no están teñidos
por las emociones del
pasado. En consecuencia
carecen de la guía del
aprendizaje emocional,
componente indispensable
para evaluar las
circunstancias y tomar las
decisiones apropiadas.
• Inteligentes, pero
tontos
En la situación ideal,
claro está, los dos
sistemas de nuestro
cerebro se complementan
para hacernos la vida más
fácil, llevarnos mejor con
los demás y elegir las
alternativas más
apropiadas, ya sea
siguiendo las corazonadas
súbitas o los
razonamientos más
cuidadosos. La
inteligencia emocional,
entonces, es la capacidad
de aprovechar las
emociones de la mejor
manera y combinarlas con
el razonamiento para
llegar a buen puerto.
Desde hace casi cien años
el coeficiente intelectual
(CI) es el más famoso y
usado medidor de la
inteligencia, a pesar de
que calibra sólo unas
cuantas habilidades de
nuestra mente (en
particular las matemáticas
y las verbales). Según
algunos autores, el CI
sólo es responsable de
veinte por ciento de la
verdadera inteligencia, de
la capacidad de
desenvolverse con éxito y
ser feliz. Según
estadísticas realizadas en
los Estados Unidos, un
alto CI de un alumno
universitario no es
garantía de éxito
profesional futuro ni de
una vida satisfactoria,
plena y equilibrada.
La inteligencia emocional,
en cambio, facilita las
cosas. Goleman distingue
dentro de ella cinco
habilidades: la capacidad
de reconocer los
sentimientos propios, de
administrarlos, la
automotivación, el
reconocimiento de las
emociones de los demás y
la empatía o capacidad
para reaccionar
correctamente ante los
sentimientos de los otros
(recuadro). Estas
herramientas nos
permitirían movernos entre
la marejada de
sentimientos y emociones
propios y ajenos,
siguiendo lo que un
romántico poco conocedor
de los vericuetos
neuropsicológicos
denominaría "la invisible
brújula del corazón".
Aunque la psicología
conoce desde siempre la
influencia decisiva de las
emociones en el desarrollo
y en la eficacia del
intelecto, el concepto
concreto de la
inteligencia emocional, en
contraposición al de
coeficiente intelectual,
fue planteado hace unos
años por el psicólogo
Peter Salovey, de la
Universidad de Yale. Y si
bien no existen tests para
medirla con exactitud,
varias pruebas o
cuestionarios que valoran
este aspecto pueden ser
muy útiles para predecir
el desarrollo futuro de
una persona.
Hace treinta años, un
psicólogo de la
Universidad de Stanford
realizó un experimento con
niños de cuatro años. Le
mostraba a cada uno una
golosina y le decía que
podía comerla, pero que si
esperaba a que volviera le
traería dos; luego lo
dejaba solito con el
caramelo y su decisión.
Algunos chicos no
aguantaban y se comían la
golosina; otros, elegían
esperar para obtener una
mayor recompensa. Catorce
años después, hizo un
seguimiento de esos mismos
chicos: los que habían
aguantado sin tomar el
caramelo -y, por lo tanto,
controlaban mejor sus
emociones en función de un
objetivo- eran más
emprendedores y sociables.
Los impulsivos, en cambio,
tendían a desmoralizarse
ante cualquier
inconveniente y eran menos
brillantes.
• Emociones Primarias
Ira: La sangre fluye a las
manos, y así resulta más
fácil tomar un arma o
golpear un enemigo; el
ritmo cardíaco se eleva,
lo mismo que el nivel de
adrenalina, lo que
garantiza que se podrá
cumplir cualquier acción
vigorosa.
Miedo: La sangre va a los
músculos esqueléticos, en
especial a los de las
piernas, para facilitar la
huida. El organismo se
pone en un estado de
alerta general y la
atención se fija en la
amenaza cercana.
Felicidad: Aumenta la
actividad de los centros
cerebrales que inhiben los
sentimientos negativos y
pensamientos inquietantes.
El organismo está mejor
preparado para encarar
cualquier tarea, con buena
disposición y estado de
descanso general.
Amor: Se trata del opuesto
fisiológico al estado de
"lucha o huye" que
comparten la ira y el
miedo. Las reacciones
parasimpáticas generan un
estado de calma y
satisfacción que facilita
la cooperación.
Sorpresa: El levantar las
cejas permite un mayor
alcance visual y mayor
iluminación en la retina,
lo que ofrece más
información ante un suceso
inesperado.
Disgusto: La expresión
facial de disgusto es
igual en todo el mundo (el
labio superior torcido y
la nariz fruncida) y se
trataría de un intento
primordial por bloquear
las fosas nasales para
evitar un olor nocivo o
escupir un alimento
perjudicial.
Tristeza: El descenso de
energía tiene como objeto
contribuir a adaptarse a
una pérdida significativa
(resignación).
• Componentes de la
inteligencia emocional
1) Conocer las propias
emociones. La conciencia
de uno mismo (el reconocer
un sentimiento mientras
ocurre) es la clave de la
inteligencia emocional.
Una mayor certidumbre con
respecto a nuestras
emociones es una buena
guía para las elecciones
vitales, desde casarse
hasta optar entre un
trabajo u otro.
2) Manejar las emociones.
Se basa en la capacidad
anterior. Las personas que
saben serenarse y librarse
de la ansiedad, irritación
o melancolías excesivas se
recuperan con mayor
rapidez de los reveses de
la vida.
3) Automotivación. Las
personas que saben
controlar la impulsividad
y esperar para obtener su
recompensa cumplen con sus
objetivos y están
conformes con sus logros.
4) Empatía. La capacidad
para reconocer las
emociones de los demás,
saber qué quieren y qué
necesitan es la habilidad
fundamental para
establecer relaciones
sociales y vínculos
personales.
5) Manejar las relaciones.
Esto significa saber
actuar de acuerdo con las
emociones de los demás:
determinan la capacidad de
liderazgo y popularidad.
• Gestión apoyada en la
inteligencia emocional
En el mundo empresarial se
está cada día más
convencido de que aquellas
personas que más alto o
más rápidamente ascienden
en sus carreras
profesionales son aquellas
que poseen un mayor
coeficiente de
Inteligencia Emocional.
La Inteligencia General
requiere tiempo y calma,
la Inteligencia Emocional
rapidez (el hombre
primitivo cuando
vislumbraba una sombra
tenía sólo milésimas de
segundo para decidir si
había localizado una presa
o la presa era él).
Gestión de la Inteligencia
Emocional significa
enfatizar lo emocional o
lo racional en las
relaciones interpersonales
y no comportarnos como los
primitivos cediendo a
nuestro impulso.
De este modo los mensajes
con contenido emocional
-evaluación del desempeño,
por ejemplo- son nublados
por una reacción emocional
que deja el cerebro
consciente incapaz de dar
una respuesta racional.
Comprender esta
irracionalidad del cerebro
humano es esencial para
saber cómo las personas se
relacionan -o no lo hacen-
entre sí, elemento clave
para una colaboración con
éxito para motivar,
dirigir o liderar equipos
humanos. Recordemos los
cinco parámetros básicos
de la Inteligencia
Emocional:
1. Autoconocimiento de la
emociones propias.
2. Dirección de emociones.
3. Automotivación.
4. Reconocimiento de
emociones en otros.
5. Manejo de relaciones.
• En el principio, la
autoevaluación
Dentro de este parámetro
es clave averiguar cómo
hacemos nuestras
evaluaciones y cómo
simultaneamos nuestros
papeles de actores y
observadores en este
aspecto. La autoevaluación
es vital porque la
realidad de la
Inteligencia Emocional
sólo puede empezar cuando
la información efectiva
entra en nuestro sistema
perceptivo. Lo que en la
práctica necesitamos es
incrementar nuestra
autovaloración con algunas
serias reflexiones y tener
la valentía de explorar
cómo reaccionamos ante las
personas y los sucesos de
la vida real.
¿Por
qué a algunas personas les
va mejor en la vida que a
otras?.
¿Por qué algunas, con alto
coeficiente intelectual y
que se destacan en su
profesión, no pueden
aplicar esta inteligencia
en su vida privada, que va
a la deriva, del
sufrimiento al fracaso?.
¿Porqué algunas personas
tienen más desarrollada
que otras, una habilidad
especial que les permite
relacionarse bien con
otros, aunque no sean las
que más se destacan por su
inteligencia?.
¿Porqué unos son más
capaces que otros de
enfrentar contratiempos, o
superar obstáculos y ver
las dificultades de la
vida de manera diferente?.
El nuevo concepto que da
respuesta a ésta y otras
interrogantes es la
Inteligencia Emocional,
una parte a menudo negada
y desdeñada, opacada por
el brillo de la razón, del
coeficiente intelectual (CI),
más fácil de definir y
medir, la misma que viene
a ser una destreza que nos
permite conocer y manejar
nuestros propios
sentimientos, interpretar
o enfrentar los
sentimientos de los demás,
sentirse satisfechos y ser
eficaces en la vida a la
vez que crear hábitos
mentales que favorezcan
nuestra propia
productividad.
La Inteligencia emocional
es una forma de
interactuar con el mundo
que tiene muy en cuenta
los sentimientos, y
engloba habilidades tales
como el control de los
impulsos, la
autoconciencia, la
motivación, el entusiasmo,
la perseverancia, la
empatía, la agilidad
mental, etc. Ellas
configuran rasgos de
carácter como la
autodisciplina, la
compasión o el altruismo,
que resultan
indispensables para una
buena y creativa
adaptación social.
Aprovechar la inteligencia
emocional no implica estar
siempre contento o evitar
las perturbaciones, sino
mantener el equilibrio:
saber atravesar los malos
momentos que nos depara la
vida, reconocer y aceptar
los propios sentimientos y
salir airoso de esas
situaciones sin dañarse ni
dañar a los demás. La
difusión de este "alfabetismo
emocional", pocas veces
valorado en su justa
medida, haría del mundo (y
por ende de las
organizaciones) un lugar
más agradable, menos
agresivo y más
estimulante. No se trata
de borrar las pasiones,
sino de administrarlas con
inteligencia.
LA INTELIGENCIA EMOCIONAL
• El mapa cerebral de la
emoción
Este sistema emocional de
reacción instantánea, casi
reflejo, que parece
imponerse a nuestra
voluntad consciente, está
bien guardado en las capas
más profundas del cerebro.
Su base de operaciones se
encuentra en lo que los
neurólogos conocen como
sistema límbico, compuesto
a su vez por la amígdala,
que se podría definir como
el asiento de toda pasión,
y el hipocampo. Allí
surgen las emociones de
placer, disgusto, ira,
miedo, y se guardan los
"recuerdos emocionales"
asociados con ellos.
Este núcleo primitivo está
rodeado por el neocórtex,
el asiento del
pensamiento, responsable
del razonamiento, la
reflexión, la capacidad de
prever y de imaginar. Allí
también se procesan las
informaciones que llegan
desde los órganos de los
sentidos y se producen las
percepciones conscientes.
Simplificando un poco las
cosas, se podría decir,
por ejemplo, que el
impulso sexual corresponde
al sistema límbico y el
amor al neocórtex.
Normalmente el neocórtex
puede prever las
reacciones emocionales,
elaborarlas, controlarlas
y hasta reflexionar sobre
ellas. Pero existen
ciertos circuitos
cerebrales que van
directamente de los
órganos de los sentidos a
la amígdala, "puenteando"
la supervisión racional.
Cuando estos recorridos
neuronales se encienden,
se produce un estallido
emocional: en otras
palabras, actuamos sin
pensar. Otras veces las
emociones nos perturban,
sabotean el funcionamiento
del neocórtex y no nos
permiten pensar
correctamente.
Algunos pacientes
neurológicos que carecen
de conexión entre la
amígdala y el neocórtex
muestran una inteligencia
normal y razonan como la
gente sana. Sin embargo,
su vida es una sucesión de
elecciones desafortunadas
que los lleva de un
fracaso a otro. Para ellos
los hechos son grises y
neutros, no están teñidos
por las emociones del
pasado. En consecuencia
carecen de la guía del
aprendizaje emocional,
componente indispensable
para evaluar las
circunstancias y tomar las
decisiones apropiadas.
• Inteligentes, pero
tontos
En la situación ideal,
claro está, los dos
sistemas de nuestro
cerebro se complementan
para hacernos la vida más
fácil, llevarnos mejor con
los demás y elegir las
alternativas más
apropiadas, ya sea
siguiendo las corazonadas
súbitas o los
razonamientos más
cuidadosos. La
inteligencia emocional,
entonces, es la capacidad
de aprovechar las
emociones de la mejor
manera y combinarlas con
el razonamiento para
llegar a buen puerto.
Desde hace casi cien años
el coeficiente intelectual
(CI) es el más famoso y
usado medidor de la
inteligencia, a pesar de
que calibra sólo unas
cuantas habilidades de
nuestra mente (en
particular las matemáticas
y las verbales). Según
algunos autores, el CI
sólo es responsable de
veinte por ciento de la
verdadera inteligencia, de
la capacidad de
desenvolverse con éxito y
ser feliz. Según
estadísticas realizadas en
los Estados Unidos, un
alto CI de un alumno
universitario no es
garantía de éxito
profesional futuro ni de
una vida satisfactoria,
plena y equilibrada.
La inteligencia emocional,
en cambio, facilita las
cosas. Goleman distingue
dentro de ella cinco
habilidades: la capacidad
de reconocer los
sentimientos propios, de
administrarlos, la
automotivación, el
reconocimiento de las
emociones de los demás y
la empatía o capacidad
para reaccionar
correctamente ante los
sentimientos de los otros
(recuadro). Estas
herramientas nos
permitirían movernos entre
la marejada de
sentimientos y emociones
propios y ajenos,
siguiendo lo que un
romántico poco conocedor
de los vericuetos
neuropsicológicos
denominaría "la invisible
brújula del corazón".
Aunque la psicología
conoce desde siempre la
influencia decisiva de las
emociones en el desarrollo
y en la eficacia del
intelecto, el concepto
concreto de la
inteligencia emocional, en
contraposición al de
coeficiente intelectual,
fue planteado hace unos
años por el psicólogo
Peter Salovey, de la
Universidad de Yale. Y si
bien no existen tests para
medirla con exactitud,
varias pruebas o
cuestionarios que valoran
este aspecto pueden ser
muy útiles para predecir
el desarrollo futuro de
una persona.
Hace treinta años, un
psicólogo de la
Universidad de Stanford
realizó un experimento con
niños de cuatro años. Le
mostraba a cada uno una
golosina y le decía que
podía comerla, pero que si
esperaba a que volviera le
traería dos; luego lo
dejaba solito con el
caramelo y su decisión.
Algunos chicos no
aguantaban y se comían la
golosina; otros, elegían
esperar para obtener una
mayor recompensa. Catorce
años después, hizo un
seguimiento de esos mismos
chicos: los que habían
aguantado sin tomar el
caramelo -y, por lo tanto,
controlaban mejor sus
emociones en función de un
objetivo- eran más
emprendedores y sociables.
Los impulsivos, en cambio,
tendían a desmoralizarse
ante cualquier
inconveniente y eran menos
brillantes.
• Emociones Primarias
Ira: La sangre fluye a las
manos, y así resulta más
fácil tomar un arma o
golpear un enemigo; el
ritmo cardíaco se eleva,
lo mismo que el nivel de
adrenalina, lo que
garantiza que se podrá
cumplir cualquier acción
vigorosa.
Miedo: La sangre va a los
músculos esqueléticos, en
especial a los de las
piernas, para facilitar la
huida. El organismo se
pone en un estado de
alerta general y la
atención se fija en la
amenaza cercana.
Felicidad: Aumenta la
actividad de los centros
cerebrales que inhiben los
sentimientos negativos y
pensamientos inquietantes.
El organismo está mejor
preparado para encarar
cualquier tarea, con buena
disposición y estado de
descanso general.
Amor: Se trata del opuesto
fisiológico al estado de
"lucha o huye" que
comparten la ira y el
miedo. Las reacciones
parasimpáticas generan un
estado de calma y
satisfacción que facilita
la cooperación.
Sorpresa: El levantar las
cejas permite un mayor
alcance visual y mayor
iluminación en la retina,
lo que ofrece más
información ante un suceso
inesperado.
Disgusto: La expresión
facial de disgusto es
igual en todo el mundo (el
labio superior torcido y
la nariz fruncida) y se
trataría de un intento
primordial por bloquear
las fosas nasales para
evitar un olor nocivo o
escupir un alimento
perjudicial.
Tristeza: El descenso de
energía tiene como objeto
contribuir a adaptarse a
una pérdida significativa
(resignación).
• Componentes de la
inteligencia emocional
1) Conocer las propias
emociones. La conciencia
de uno mismo (el reconocer
un sentimiento mientras
ocurre) es la clave de la
inteligencia emocional.
Una mayor certidumbre con
respecto a nuestras
emociones es una buena
guía para las elecciones
vitales, desde casarse
hasta optar entre un
trabajo u otro.
2) Manejar las emociones.
Se basa en la capacidad
anterior. Las personas que
saben serenarse y librarse
de la ansiedad, irritación
o melancolías excesivas se
recuperan con mayor
rapidez de los reveses de
la vida.
3) Automotivación. Las
personas que saben
controlar la impulsividad
y esperar para obtener su
recompensa cumplen con sus
objetivos y están
conformes con sus logros.
4) Empatía. La capacidad
para reconocer las
emociones de los demás,
saber qué quieren y qué
necesitan es la habilidad
fundamental para
establecer relaciones
sociales y vínculos
personales.
5) Manejar las relaciones.
Esto significa saber
actuar de acuerdo con las
emociones de los demás:
determinan la capacidad de
liderazgo y popularidad.
• Gestión apoyada en la
inteligencia emocional
En el mundo empresarial se
está cada día más
convencido de que aquellas
personas que más alto o
más rápidamente ascienden
en sus carreras
profesionales son aquellas
que poseen un mayor
coeficiente de
Inteligencia Emocional.
La Inteligencia General
requiere tiempo y calma,
la Inteligencia Emocional
rapidez (el hombre
primitivo cuando
vislumbraba una sombra
tenía sólo milésimas de
segundo para decidir si
había localizado una presa
o la presa era él).
Gestión de la Inteligencia
Emocional significa
enfatizar lo emocional o
lo racional en las
relaciones interpersonales
y no comportarnos como los
primitivos cediendo a
nuestro impulso.
De este modo los mensajes
con contenido emocional
-evaluación del desempeño,
por ejemplo- son nublados
por una reacción emocional
que deja el cerebro
consciente incapaz de dar
una respuesta racional.
Comprender esta
irracionalidad del cerebro
humano es esencial para
saber cómo las personas se
relacionan -o no lo hacen-
entre sí, elemento clave
para una colaboración con
éxito para motivar,
dirigir o liderar equipos
humanos. Recordemos los
cinco parámetros básicos
de la Inteligencia
Emocional:
1. Autoconocimiento de la
emociones propias.
2. Dirección de emociones.
3. Automotivación.
4. Reconocimiento de
emociones en otros.
5. Manejo de relaciones.
• En el principio, la
autoevaluación
Dentro de este parámetro
es clave averiguar cómo
hacemos nuestras
evaluaciones y cómo
simultaneamos nuestros
papeles de actores y
observadores en este
aspecto. La autoevaluación
es vital porque la
realidad de la
Inteligencia Emocional
sólo puede empezar cuando
la información efectiva
entra en nuestro sistema
perceptivo. Lo que en la
práctica necesitamos es
incrementar nuestra
autovaloración con algunas
serias reflexiones y tener
la valentía de explorar
cómo reaccionamos ante las
personas y los sucesos de
la vida real.
Unas reflexiones nos
ayudarán en este empeño:
o Examinar cómo hacemos
las valoraciones.
o Cómo sintonizamos con
nuestros sentidos.
o Cómo entramos en
contacto con nuestros
sentimientos.
o Cómo aprendemos sobre
nuestras intenciones
reales.
o Cómo prestamos atención
a nuestras acciones.
Este parámetro inicial de
autoconocimiento es básico
porque nuestra
predisposición a una
respuesta cortés, o a una
expansión incontrolada,
depende más de la
valoración que hagamos de
nuestro interlocutor que
del hecho puntual que
estamos evaluando.
Hemos de tener muy en
cuenta:
o Que es la valoración y
no el comportamiento del
otro lo que causa nuestra
reacción.
o Ser muy conscientes de
que nuestra valoración es
sólo nuestra.
o Aceptar que las
valoraciones están sujetas
a cambio.
o Ejercicios personales de
anotar, analizar y rehacer
mentalmente nuestras
autovaloraciones erróneas
son vías de desarrollo en
esta primera dimensión de
la Inteligencia Emocional.
Dirigir las emociones.
Hemos oído muchas veces
"controla tus emociones",
y en demasiadas ocasiones
nos hemos confundido y, en
vez de controlar, lo que
hemos hecho es simplemente
"ahogar nuestras
emociones". Esto es un
craso error porque las
emociones no son en sí
mismas ni buenas ni malas.
La que puede ser buena o
mala es nuestra respuesta.
En todo caso, las
emociones nos dan pistas
que nos permitirán
analizarlas para lograr
finalmente que trabajen a
nuestro favor.
Puede trazarse un
paralelismo entre la
gestión de la Inteligencia
Emocional y el
funcionamiento de los
componentes de un PC
(disco duro, monitor,
impresora...). Éstos son
elementos que interfieren
unos con otros y que
armonizan su
funcionamiento para una
realización óptima. Si un
componente falla, falla
todo el sistema.
En el caso de nuestras
emociones, los componentes
serían: nuestros
pensamientos o
valoraciones
cognoscitivas, nuestros
cambios psicológicos o
acciones basadas en la
excitación nerviosa y
nuestras tendencias
comportamentales.
Para un buen manejo de
este parámetro de la
Inteligencia Emocional
necesitaríamos tomar el
mando de nuestros
pensamientos, dirigir
oportunamente nuestras
excitaciones nerviosas y
llegar a ser buenos
solucionadores de
problemas.
Por tanto, en la gestión
de problemas, es necesario
ser muy conscientes de
que:
• El problema real no es
quién está involucrado. El
problema real es cómo
respondemos.
• El problema real no es
que nos moleste el
problema. El problema real
es cómo me siento.
• El problema real no es
cómo ha ocurrido. El
problema real es cuándo lo
tratamos de resolver.
Algunas de las pautas a
seguir que nos pueden
ayudar a realizar esta
difícil tarea serían, en
primer lugar, comprender
la naturaleza de los
problemas y
posteriormente,
interiorizar la idea de
que son las respuestas a
las situaciones las que
causan los problemas.
Es vital admitir realmente
que los problemas son
parte normal de la vida y
no hemos de sentirnos
obsesionados por ellos
cuando los tenemos. La
clave no está en negar los
problemas, sino en
solucionarlos.
• Las emociones como
fuente de motivación
emocional
Desde un punto de vista
técnico, la motivación es
la capacidad para enviar
energía en una dirección
específica con un
propósito específico. En
el contexto de la
Inteligencia Emocional
significa usar nuestro
sistema emocional para
catalizar todo el sistema
y mantenerlo en
funcionamiento. Hay cuatro
fuentes principales de
motivación:
o Nosotros mismos
(pensamiento positivo,
visualización, respiración
abdominal, gestión
desagregada).
o Los amigos, la familia y
colegas, realmente
nuestros soportes más
relevantes.
o Un mentor emocional
(real o ficticio).
o El propio entorno (aire,
luz, sonido, objetos
motivacionales).
En el apartado de la
automotivación se
entrecruzan también
aspectos relacionados con
la serenización personal,
y el tratamiento de
reveses para convertirlos
en plataformas de éxitos.
Lo que hace a una persona
más elástica que otra para
gestionar oportunamente
los reveses y convertirlos
en plataformas de éxitos,
no es un gen especial de
elasticidad emocional y
psicológica, sino la
habilidad de procesar y
usar productivamente la
emoción engendrada por un
revés.
La secuencia de este
proceso virtuoso responde
a la siguiente cadencia:
o Sintonía de pensamientos
e interpretaciones.
o Uso de frases
motivadoras y diálogos
internos constructivos.
o Sentido del humor.
o Relajación.
o Actividad física.
o Uso de técnicas de
resolución de problemas.
o Apoyo en nuestro equipo
de personas-soporte.
o Reapreciación de metas y
establecimiento de otras
nuevas.
Teniendo en cuenta estos
ejercicios de dominio del
carácter, las etapas que
van desde un revés a la
construcción de una
plataforma de éxitos
podrían ser las
siguientes:
o Desconfianza (negar la
realidad de la crisis).
o Ira (positivizante a
través de la Dirección de
Emociones).
o Ansia por una vuelta al
pasado.
o Depresión
o Aceptación
o Esperanza (retorno al
optimismo).
o Actividad positiva.
o Reconocimiento de las
emociones en otros.
En el desarrollo de
habilidades de
comunicación efectivas y
la comprensión y
valoración de las
emociones de los otros es
cuando la gestión de la
Inteligencia Emocinal pasa
de intrapersonal a
interpersonal. Los grandes
temas de este apartado son
los siguientes:
• Autoapertura: es no
hablar desde lo absoluto
sino desde la
interpretación que
nosotros damos a nuestros
datos, siendo sensibles a
los sentimientos del otro
y cuidando mucho el
lenguaje corporal.
• Asertividad: En Gestión
de la Inteligencia
Emocional, a la
asertividad le damos una
acepción especial basada
en la habilidad de
mantener nuestros
derechos, opiniones,
creencias y deseos,
respetando al mismo tiempo
las del otro, lo que
contrasta con la
agresividad, que no las
tiene en cuenta, o la
pasividad, que ignora las
propias.
• Escucha activa: En la
escucha activa hemos de
poner énfasis en
desactivar nuestros
filtros de recepción,
sintetizar las
declaraciones del otro,
usar frases de
dinamización, dar noticia
de que somos conscientes
de los sentimientos del
otro y usar apropiadamente
las pistas no verbales de
quien se nos dan.
Respecto al criticismo,
hemos de lograr
convertirlo en productivo,
preparándonos antes de la
crítica para
desenvolvernos
constructivamente durante
la sesión, y analizar y
valorar posteriormente lo
positivo de la misma.
• Dominar las relaciones
interpersonales
El manejo de relaciones se
divide en dos ámbitos. El
primero es el de las
relaciones esporádicas y
el segundo el de las
relaciones en el tiempo.
Tanto en uno como en otro,
los intercambios de
cortesías, información
sobre hechos,
pensamientos, ideas,
sentimientos y deseos,
deben armonizarse con el
grado de sintonía de los
dos interlocutores,
estableciéndose claramente
las fronteras de cada
estadio de la intimidad.
Dentro de este marco de
relaciones interpersonales
algunas pautas deben
tenerse en cuenta:
o Separar las personas de
los temas.
o Enfocar en intereses y
no en posiciones.
o Establecer metas
precisas de la
negociación.
o Trabajar juntos para
crear opciones que
favorezcan ambas partes.
o La inteligencia al
servicio de las emociones
En las relaciones
interpersonales la
dosificación de la
proporción de emotividad y
racionalidad debe
graduarse cuidadosamente
en cada etapa de la
relación, y el énfasis en
las clásicas salidas de
lucha-huida debe elegirse
según la naturaleza del
marco, el poder del
oponente y la importancia
de la meta.
Las personas somos
generalmente más emotivas
que racionales y, por
tanto, empatía, paciencia
creativa y claridad mental
son dimensiones que nos
ayudarán a sacar el máximo
partido de nuestra
habilidad en Gestión de la
Inteligencia Emocional.
A modo de resumen,
podríamos buscar un símil
entre la Gestión de la
Inteligenca Emocional con
la navegación emocional,
teniendo en cuenta que el
pilotaje emocional se
compone de una estrategia
personal, la asistencia
continua de antenas y
termómetros emocionales,
un amplio repertorio de
tácticas, estilos y
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