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Evolución histórico-social
y cultura organizacional
del sistema nacional de
institutos tecnológicos en
México
(I)
por
Jaime
García Sánchez.
Centro
Interdisciplinario de
Investigación y Docencia
en Educación Técnica (CIIDET),
México. Artículo publicado
en la Revista
Iberoamericana de
Educación de la OEI
1. EL
PROYECTO NACIONAL
REVOLUCIONARIO
Durante
la etapa del nacionalismo
revolucionario en México,
mismo que se gesta una vez
terminada la revolución,
se gestan las bases de lo
que posteriormente sería
el Sistema Nacional de
Institutos Tecnológicos (SNIT)
cuyo objetivo sería la
formación de recursos
humanos dedicados a las
áreas de la ingeniería.
Una de las acciones más
significativas para la
configuración del SNIT fue
la creación del Instituto
Politécnico Nacional (IPN)
el cual tenía como meta
establecer las bases
educativas para el
desarrollo tecnológico
nacional dentro de los
sectores industriales y de
servicios. Esta etapa
considerada como
nacionalista y
revolucionaria se
formaliza en la práctica
durante el gobierno del
general Lázaro Cárdenas
(1934-1940) y representa
un periodo de
consolidación del proyecto
político resultante de la
revolución mexicana
caracterizándose porque en
él se establecen las bases
de lo que vendría a ser el
moderno Estado mexicano.
El gobierno cardenista
desarrolla las bases
económicas políticas y
sociales sobre las cuales
el Estado mexicano
despegaría como un
proyecto sustentable
posterior a una época aún
confusa e inestable como
lo fue la posrevolución.
La política central del
cardenismo consistió en
generar las instituciones
que permitiesen un
desarrollo estable y
continuo del proyecto
político de la revolución
mexicana. Se trató en todo
caso de establecer los
cimientos para la
generación y desarrollo de
una burguesía nacionalista
que permitiese un
crecimiento sostenido
sobre bases económicas,
políticas y sociales
estables y firmes.
“El proyecto
nacionalista parte de la
hipótesis general de que,
en esta etapa del
desarrollo nacional, las
necesidades del país
pueden ser mejor
satisfechas si se recogen
y actualizan los
planteamientos y demandas
populares que dieron
origen a la Revolución
mexicana, si puntualmente
se aplican los postulados
de la constitución
política
de los Estados Unidos
Mexicanos y si se
aprovecha y desarrolla la
rica experiencia de la
alianza entre
organizaciones de masas y
gobierno, como la habida
durante la administración
del presidente Cárdenas
que hizo posible la
realización de profundas
reformas sociales y la
formación de un Estado
nacional vigoroso y atento
a los intereses
populares”. (Cordera,
1981, p. 107)
De igual forma, el periodo
cardenista fue la etapa de
fundación del Estado
corporativo. A la sazón,
en ella se desarrollan las
grandes centrales obreras
con un carácter orgánico.
Se establece de manera
concreta lo que vendría a
ser el partido de Estado,
el Partido de la
Revolución Mexicana (PRM),
resultante de esa gran
confluencia de intereses
en muchos casos
contradictorios que fue la
revolución mexicana
institucionalizada.
“En efecto, el Estado
asumió la política de
conciliación de clases,
cuyo fin esencial era
fortalecerse a sí mismo e
impulsar el desarrollo
industrial del país. Para
lograr esto, los gobiernos
posrevolucionarios se
preocuparon por controlar
al movimiento obrero, el
cual había de servirles
como una importante base
social de apoyo y como un
instrumento contra los
sectores sociales
privilegiados que se
oponían al régimen, para
exigirles su colaboración
en la tarea de desarrollar
la economía nacional”.
(Anguiano, 1982, p. 22 )
El PRM, transformado
posteriormente en Partido
Revolucionario
Institucional (PRI), basó
su éxito en dos amplias
estrategias; por un lado
el desarrollo y posterior
anexión orgánica de las
grandes centrales
obreras,
campesinas y populares,
por otro el haber retomado
los principales postulados
sociales surgidos de la
revolución,
estableciéndose como un
partido de Estado,
procurándole a éste,
dentro de un esquema de
economía mixta, el
carácter de benefactor.
“En el proceso de
definición del esquema de
crecimiento del proyecto
nacionalista-que implica
rehabilitar las
articulaciones
intersectoriales y ampliar
y diversificar la base
productiva, al Estado le
corresponde, de entrada,
imprimir nuevos estímulos
a la producción y a la
acumulación mercantiles,
es decir, recuperar o
reactivar su papel de
entidad exógena respecto
del mercado, tomando en
cuenta los intereses de
las clases populares. En
definitiva, el Estado debe
asumir programáticamente
el pleno empleo y la
elevación sostenida de las
condiciones de vida de los
trabajadores del campo y
la ciudad”. (Cordera,
1981, p. 114)
Una acción sustantiva
para desarrollo de la
burguesía nacional y de un
aparato productivo que
permitiese generar el
progreso fue precisamente
el diseño y operación de
un sistema educativo de
carácter técnico, y
concretamente de nivel
superior, que pudiese en
su momento responder y
solucionar problemas así
como proveer de mano de
obra calificada para
sostenerlo y darle
viabilidad. La filosofía
del incipiente proyecto
educativo nacionalista
evidentemente se
encontraba inspirada en
los ideales y los valores
de la revolución.
“Además de definir las
atribuciones del Estado en
materia de enseñanza y el
papel de los particulares
en esta tarea, de
establecer
límites
y prohibiciones a cierto
tipo de corporaciones y
personas en materia
educativa y de señalar los
criterios que deben
orientar a la educación,
el artículo tercero
constitucional precisa el
contenido y alcance de la
democracia al considerarla
"no solamente como una
estructura jurídica y un
régimen político, sino
como un sistema de vida
fundado en el constante
mejoramiento económico,
social y cultural del
pueblo". (Cordera, 1981,
p. 108)
Bajo esas
circunstancias se fundó el
Instituto Politécnico
Nacional (IPN) que, de
acuerdo con la óptica
cardenista, no solamente
sería la base sobre la
cual se desarrollaría y
enriquecería el proyecto
industrial del México
posrevolucionario y de
acuerdo a la lógica
ideológica del cardenismo,
sería la institución
mediante la cual los hijos
de los trabajadores
podrían acceder a la
educación superior y a un
futuro mejor. En este
sentido, se afirma que el
IPN es la base sobre la
cual posteriormente se
desarrollaría un sistema
educativo nacional
orientado hacia la
técnica.
Aun cuando con
anterioridad al periodo
cardenista en México
existieron otros proyectos
de industrialización, así
como de educación técnica,
se considera que es a
partir de la fundación del
IPN que se puede hablar
propiamente de un proyecto
educativo tecnológico de
nivel superior y con una
visión verdaderamente
nacional. La creación en
1936 de este instituto,
previsto en el plan
sexenal del gobierno de
Lázaro Cárdenas, es el
puntal para la generación
de una nueva visión
educativa. En este sentido
Cárdenas afirmó que
durante su gestión se
crearían "politécnicos
locales o regionales para
formar los capitanes y el
estado mayor de las clases
obreras del país". (SEP,
1998, p. 31)
Como proyecto
educativo el IPN transitó
durante un buen tiempo en
la ambigüedad. Considerado
como un organismo
nacional, su concepción
política y organizacional
estaba marcada por el
corporativismo que privaba
en todos los ordenes
sociales de la época. Sí
bien es cierto se concibió
como nacional, no logró en
la práctica extender su
operación a este nivel.
Originalmente su carácter
nacional se significó por
la anexión y
administración de diversas
escuelas e institutos, que
como tales, en su gran
mayoría ya existían en
provincia, siendo éstos
producto de esfuerzos
locales o regionales
dispersos. Por otro lado
esa misma fusión significó
una disgregación ya que
los ámbitos de operación
educativa de esas escuelas
variaban desde la
capacitación técnica
meramente informal
(ciertos niveles que
pudiesen ser ubicados en
la actualidad en el
nivel de capacitación
básica) hasta algunos
programas de nivel medio
superior y superior, dando
como resultado una
argamasa de escuelas y
programas diversos y
desperdigados. “Los
planteles educativos que
originalmente integraron
el sistema politécnico se
clasificaron de acuerdo
con los grados de
enseñanza que
impartían, en escuelas
pre vocacionales,
vocacionales y
profesionales. De 79
planteles, 34 estaban
ubicados fuera del
Distrito Federa,”. (SEP,
1998, p. 33)
En el ámbito
declarativo el gobierno
cardenista aspiraba a
desarrollar un sistema de
educación tecnológica que
no-solo tuviese un
carácter nacional y
nacionalista sino que
además pudiera impulsar el
desarrollo regional. Esto
último resultaba
contradictorio con un
proyecto político que,
como el suyo, estaba
basado en el
corporativismo y una
fuerte tendencia
centralista. Por otro
lado, la creación de
nuevas instituciones
educativas orientadas
hacia la educación técnica
en ciertas regiones
alejadas del centro del
país, se dio de manera
forzada, es decir no
debido a circunstancias
internas sino a partir de
eventos externos a la
política educativa
nacional, concretamente
debido al estallido de la
segunda guerra mundial.
Este evento obliga a
replantear la política
educativa del régimen y a
establecer este tipo de
escuelas en aquellos
lugares donde ya existía
una base industrial
instalada o bien en sitios
clave en la explotación de
ciertas materias primas
factibles de ser
exportadas a los mercados
internacionales.
La segunda guerra mundial
ocupó a los sectores
productivos de los países
involucrados en la misma
en el desarrollo de los
bastimentos de guerra
necesarios para ganar la
contienda. Repentinamente
las líneas de producción
dedicadas a generar
manufacturas y
satisfactores sociales de
diverso orden fueron
habilitadas para la
producción de vehículos y
materiales de guerra. El
desplazamiento de grandes
contingentes humanos,
tanto a las tareas
militares como a los
ámbitos laborales
orientados a la producción
de armamento, generaron un
mercado emergente que
solamente podía ser
satisfecho por aquellos
países periféricos no
involucrados en el
conflicto. Esta repentina
oportunidad abrió la
puerta para que en México
se generase una base
industrial y se
desarrollaran grandes
regiones explotadoras de
materias primas necesarias
para abastecer los
mercados de los países
que, encontrándose en
guerra, no podían ocuparse
de ello. Es en este
contexto que, como una
necesidad obligada de mano
de obra técnicamente
calificada, se inicia el
impulso de la educación
técnica con una base
regional.
Desde la fundación del
IPN ya existía la
intención política de
establecer en el interior
de la república centros
educativos de carácter
técnico superior, aunque
en esos años (1936-1944)
aun se manifiesta tibieza
e inmadurez social y poco
desarrollo económico,
razones que impiden llegar
a la consecución de estos
institutos de nivel
superior fuera del
Distrito Federal. Esta
iniciativa resurgirá a
mediados de los años
cuarenta, impulsada por el
desarrollo industrial y
económico resultado de la
segunda guerra mundial.
(SEP, 1998, p. 43)
Es pues, que con base
en esta circunstancia
externa, se fuerza el
proceso de regionalización
de la educación técnica.
Propiamente la segunda
guerra mundial obliga a
los países periféricos,
como México, a desarrollar
una base industrial de
explotación intensiva de
materias primas y el
desarrollo de servicios
integrados, como el
educativo, para ponerlos a
la disposición de la
dinámica de la economía y
la política de los países
centrales. Esta es la
verdadera base sobre la
cual surgirían los que
posteriormente se
denominarían como
Institutos Tecnológicos
Regionales.
Por lo anterior, la
creación de los primeros
tecnológicos en ciernes:
Chihuahua, Durango,
Saltillo, Orizaba,
Monterrey, Ciudad Madero,
Pachuca y Puebla (Pachuca
como centro de desarrollo
minero industrial y Puebla
como la primera ciudad
industrial en el México
del siglo XIX)...Uno
debería estar en Nuevo
León, pero allí la
iniciativa privada se
adelantó, al crear el
Tecnológico de Monterrey
en 1943, y será hasta 1976
cuando se funde uno
oficial en dicho lugar,
ahora conocido como
Instituto Tecnológico de
Nuevo León. (SEP, 1998,
p.44 .) Aun cuando
la segunda guerra mundial
impulsa el desarrollo de
zonas industriales y de
explotación de materias
primas, y con ello el
establecimiento de los
primeros centros de
enseñanza técnica
regional, se puede afirmar
que el verdadero
establecimiento e impulso
de los tecnológicos
regionales o lo que sería
su simiente se da a partir
de la posguerra y
particularmente en dos
etapas
económico-políticas, una
caracterizada por el
progreso económico;
1958-1970, mejor conocido
como "desarrollo
estabilizador" y otra;
1970-1982, conocida como
de "desarrollo social".
“Después de la segunda
guerra mundial, México
implementó un modelo de
desarrollo conocido como
"desarrollo
estabilizador", donde la
industrialización ocurrió
en un mercado interno
protegido tanto por
barreras arancelarias como
no arancelarias. Este
periodo se caracterizo por
una gran estabilidad
macroeconómica y
financiera; el producto
interno bruto (PIB) per
cápita creció de 3 a 4%
anual con una tasa de
inflación promedio de casi
3% anual”. (De León, 2002,
p. 1) Previo al año 1958,
fecha que se considera
inicio del desarrollo
estabilizador, únicamente
existían 6 institutos
tecnológicos ubicados en
las ciudades de; Durango,
Chihuahua, Saltillo,
Ciudad Madero, Orizaba y
Veracruz, todos ellos aun
dependientes del IPN del
cual se desprenderían a
partir del año 1959. Desde
1958 y hasta 1970, año en
que termina el periodo de
desarrollo con
estabilidad, los
tecnológicos pasaron de 6
a 19 y en los 6 años
siguientes, ya durante la
etapa del desarrollo
social, su número creció
hasta llegar a 52
Institutos Tecnológicos
distribuidos en todo el
país. Respecto a lo
anterior, es importante
efectuar algunas
precisiones. La política
industrial del desarrollo
estabilizador se
fundamentó en la
sustitución de
importaciones, y el
impulso por ende, de una
base industrial nacional
así como la búsqueda de
una tecnología propia, por
lo que se impulso la
creación de instituciones
educativas de carácter
técnico, y por ello el
incremento sostenido en la
instalación de nuevos
institutos. A pesar de lo
antepuesto, el verdadero
salto cuantitativo en la
creación de este tipo de
institutos se efectúa
durante la fase del
desarrollo social pues en
tan solo 6 años se dispara
su crecimiento al pasar de
19 a 52, esto se explica
más por las
características políticas
propias de esta fase de
desarrollo que por
variables de tipo
económico o industrial.
La etapa del desarrollo
social, que se prolongó de
1970 a 1982
aproximadamente, significó
en el aspecto económico el
inicio de una cadena de
crisis económicas sí como
de una incipiente
aplicación, a finales del
periodo, de una serie de
medidas que a mediano
plazo llevarían a
instaurar un nuevo orden
económico, político y
social en nuestro país; el
modelo neoliberal. De esta
forma, durante este
periodo, en lo que
respecta a la economía:
“A inicios de la década de
los setentas fueron
esfumándose los éxitos del
desarrollo estabilizador.
Se incrementaron las
predicciones
inflacionarias , el
déficit fiscal y el
desequilibrio externo; la
producción perdió
dinamismo, aumentó la
capacidad ociosa de las
empresas, y con ello la
tasa de desempleo. Estas
tendencias se presentaron
principalmente entre 1970
y 1976, con la
implementación de una
política de freno y
arranque en el crecimiento
económico a través de la
expansión del gasto
público, el alto déficit
de la cuenta corriente de
la balanza de pagos y el
desnivel de los precios
internos respecto a los
externos provocó la
especulación contra el
peso y la fuga de
capitales, que aunado a la
disminución de las
exportaciones generó una
reducción en la
disponibilidad de divisas,
por lo que el Estado
acrecentó su endeudamiento
externo tanto para
mantener la paridad
cambiaria como para
cumplir con sus
compromisos de pagos
internacionales.
La crisis hizo evidente la
imposibilidad de mantener
el crecimiento económico
con el aumento del déficit
público y una creciente
deuda exterior. Ante esta
situación se aplicaron
medidas de ajuste como:
contracción del gasto
público, disminución de la
circulación monetaria,
liberalización del
comercio exterior, aumento
de las tasas de interés,
devaluación del peso,
contracción salarial,
reducción de subsidios y
reestructuración de
empresas públicas, entre
otras”. (De León, 2002, p.
1)
Sí el panorama económico,
dentro de la fase del
desarrollo social, fue
desalentador y hasta
cierto punto trágico para
la sociedad mexicana, cabe
preguntarse; ¿cómo es que
precisamente durante este
periodo, los Institutos
Tecnológicos tuvieron un
crecimiento exponencial?,
¿cómo crecieron de manera
tan desmesurada en
un contexto donde el
aparato industrial y de
servicios nacional, razón
de su existencia de
acuerdo con la filosofía
gubernamental, se
encontraba inmerso en una
severa crisis económica?.
Las respuestas a estos
cuestionamientos se
encuentran tanto en los
perfiles personales como
en la forma de hacer y
ejercer la política por
los dos últimos
gobernantes enmarcados en
el proyecto nacional
revolucionario y
concretamente en el
periodo del desarrollo
social; Luis Echeverría
Álvarez (1970-1976) y José
López Portillo y Pacheco
(1976-1982). Ambos
gobernantes desarrollaron
una política populista
alejada de los límites
impuestos por la realidad
económica. Hicieron caso
omiso de las variables
macroeconómicas que
mostraban en la realidad
una crisis estructural ya
insuperable por el modelo
de desarrollo nacionalista
que hasta ese momento no
era ya funcional, de
conformidad con los
cambios ocurridos en el
contexto internacional.
Sin una base económica
sólida, que permitiese un
desarrollo interior
sustentable, ambos
gobernantes echaron mano
del financiamiento
externo, llevando los
niveles de deuda nacional
a grados superlativos. Se
puede afirmar que ambos
facturaron en extremo lo
que podía ser y hacer el
Estado benefactor en todos
los ordenes de gobierno.
Sin una política
industrial definida y
contrariamente enfrentado
a grupos de poder de la
iniciativa privada, Luis
Echeverría impulsó, a
contra corriente, el
crecimiento de la
industria y los servicios
en poder del Estado. No es
casual que durante su
gobierno los Institutos
Tecnológicos Regionales, y
todo tipo de escuelas, se
incrementase de manera
significativa. Su
populismo rallando en la
megalomanía lo llevaba a
ordenar la construcción de
una escuela en cualquier
lugar que visitaba o que
sus habitantes le pedían
que así fuese. Por otra
parte el periodo López
portillista representó en
la práctica el colapso del
modelo nacionalista y el
fin del Estado benefactor.
Atrapado ya en una serie
de contradicciones
internas, de toda índole y
nivel, el proyecto de la
revolución mexicana se
encontraba en la antesala
de su final. Durante sus
años de gobierno se
ejerció una política
errática y
despilfarradora. Con él y
en lo sucesivo se afianza
todo un periodo de crisis
recurrentes, de esta
manera el país
peregrinaría lentamente,
en primer lugar a una fase
de dolorosa transición de
un maltrecho Estado
benefactor, hasta la
implantación de un nuevo
esquema económico, social
y político: el modelo
neoliberal.
2. EL
PROYECTO NEOLIBERAL
Por
diversas variables
económicas, políticas y
sociales tanto externas
como internas, el Estado
benefactor fue el eje
central del modelo
nacionalista y
revolucionario. Su misión
como su nombre bien lo
indica era la procuración
del bienestar social.
Mediante su intervención
se buscaba un equilibrio
en las relaciones
económicas y sociales de
todo orden. Significaba el
eje central sobre el cual
giraban todos los eventos
y procesos de la sociedad.
“Contrario a lo anterior,
para el modelo neoliberal
el Estado es en todo caso
un regulador, un basamento
social y legal reducido a
su expresión mínima tanto
en su tamaño como en su
operatividad para un nuevo
eje central del proceso
económico, político y
social; el mercado. Se
trataría, en síntesis, de
limpiar a la economía y a
la política capitalistas
de todas aquellas
adiposidades y trabas que
impiden el despliegue
libre y dinámico de las
potencialidades
productivas que se
concentran en las grandes
empresas”. (Cordera, 1981,
pp. 79, 80)
El modelo neoliberal,
desde esta perspectiva,
representa entonces un
giro de 180 grados con
respecto a lo que en su
momento encarnó el modelo
nacionalista y
específicamente el Estado
benefactor.
En términos generales el
neoliberalismo resulta ser
una reestructuración de la
visión y operatividad del
capitalismo avanzado. Para
este modelo las fuerzas
del mercado son las leyes
rectoras que permitirán en
su momento acceder a una
fase de bienestar sin la
intervención del Estado
como una figura
socialmente establecida.
“El
proyecto neoliberal
pretende ser una respuesta
integral a la crisis
actual del capitalismo.
Dicha crisis, condensada
en la pérdida del poder
adquisitivo del salario,
el desempleo y la
inflación rampante, es
también una crisis de la
política económica que
acompañó al auge
capitalista de la
posguerra”.... “La
expresión teórica de esos
cambios se sintetiza en el
renacimiento de la
doctrina económica
neoclásica que postula el
reestablecimiento de los
mecanismos automáticos del
sistema económico y la
máxima dependencia, para
su regulación, de libre
juego de las fuerzas del
mercado.”. (Cordera, 1981,
p. 82)
La crisis del modelo
nacionalista representó
para la sociedad mexicana
un sacrificio enorme ya
que no solamente implicaba
cambiar las reglas del
juego económico sino
también aquellas de tipo
social y político.
Significaba en la práctica
el fin de todo aquello que
oliera o representase un
derivado de la revolución
mexicana. Simbolizaba el
fin de los postulados
sociales y el abandono a
su suerte de millones de
habitantes a los cuales,
mediante subsidios
generalizados, los
gobiernos emanados de la
revolución solamente
utilizaron como un factor
de presión y mantenimiento
del estatus, mediante su
organización corporativa,
sin resolver
verdaderamente sus
necesidades.
El modelo neoliberal
implica entonces un
desentendimiento respecto
a la función social del
Estado y la vuelta al
estado autoritario.
Significa dejar todo al
libre juego de la oferta y
la demanda, es decir del
mercado y destruir,
mediante su venta,
enajenación, quiebra o
desaparición, todo aquello
que en su momento creó el
Estado benefactor. Para
lograr lo anterior era
imprescindible adelgazar
al propio Estado y
modificar en la práctica
todas las reglas del juego
existentes hasta el
momento en todos y cada
uno de los ámbitos
sociales. En una fase de
transición de un modelo a
otro, y en términos
generales, las anteriores
acciones resultaban
necesarias de efectuar
dentro del aspecto
económico cuya
preocupación se encontraba
centrada en las variables
macroeconómicas y
concretamente en el
control de la inflación.
De esta forma los
trabajadores y su trabajo,
se consideran
exclusivamente como una
mercancía que incrementa
su valor de acuerdo a su
productividad. Siguiendo
esta lógica económica y
política el bienestar no
puede lograrse por la
mediación del Estado y sus
instituciones. sino
únicamente por el esfuerzo
y la competencia
individual. Lo anterior
implicaba, en la práctica,
la muerte por innecesidad
de las organizaciones que
con un carácter
corporativo tanto se
esmeró en crear el Estado
benefactor. Significaba de
igual forma la
transformación y futura
muerte del partido de
Estado, así como del
Estado mismo tal y como
venía operando, sus
instituciones y funciones
producto de una filosofía
nacionalista, estatista y
corporativa. Desde esta
perspectiva el gasto
público ya no tenía razón
de ser, todo ello en
función de las libres
fuerzas del libre mercado.
“En materia de gasto
público se pone énfasis en
la reducción del gasto
improductivo, comúnmente
identificado con el que se
destina a los servicios
colectivos, en particular
el bienestar social y
aquel que puede alterar
más o menos la libre
operación del mercado de
trabajo, como la seguridad
social y los subsidios al
desempleo”.... “En todo
caso, se afirma, esos
servicios sociales, junto
con otras actividades en
las que interviene el
Estado, pueden ser
proporcionados por la
empresa privada que además
de hacerlo en condiciones
de mayor eficiencia -
continúa el argumento
neoliberal- propiciaría
una mayor libertad
individual”. (Cordera,
1981, p. 85, 86)
El cambio de dirección de
un modelo económico a otro
estuvo a cargo del Lic.
Miguel de la Madrid
Hurtado (1982-1988) quien
recibió un Estado en
crisis en todos los
ordenes. Integrante y
partidario de un nuevo
grupo político y
consciente de los cambios
ocurridos en el nuevo
orden internacional, fue
de alguna manera quien se
encargó de la transición
hacia el modelo
neoliberal. El refuerzo de
los cambios estructurales,
así como el inicio de los
cambios políticos
correspondió al gobierno
de Carlos Salinas De
Gortari (1988-1994).
Gestor de la privatización
de la mayoría de las
empresas que hasta ese
momento pertenecían al
Estado. Inició de igual
manera un proceso de
modernización de la
administración pública.
Ello significó en la
práctica el adelgazamiento
del aparato burocrático.
Enmarcado en una profunda
crisis interna del partido
de Estado y en los
prolegómenos de una más de
las crisis económicas,
asciende al poder Ernesto
Zedillo Ponce de León
(1994-2000), quien en la
práctica concreta las
reformas estructurales,
continúa con el proceso
privatizador y profundiza
las reformas políticas y
de ajuste necesarias para
la operatividad del nuevo
modelo. Finalmente, al
gobierno actual de Vicente
Fox Quezada (2000-2006) le
corresponde profundizar
las reformas económicas
estructurales y políticas
que los anteriores
gobernantes no pudieron en
su momento efectuar.
Reformas económicas tales
como la privatización
eléctrica, energética y de
la seguridad social. En
este sentido, el gobierno
de Vicente Fox representa
la etapa más elaborada del
modelo neoliberal. En
términos programáticos así
se encuentra definido, en
la práctica sus acciones
han sido congruentes con
el mismo. En lo
concerniente a los
resultados, hasta el
momento, la
desarticulación en el
equipo de gobierno y la
falta de consensos
políticos han impedido la
concreción de las reformas
necesarias para concretar
el modelo neoliberal en el
aspecto económico.
En síntesis; ¿qué ha
significado para el SNIT
la etapa de transición e
implantación del modelo
neoliberal? y ¿qué legado
dejó al SNIT el modelo
nacionalista y
revolucionario?. En
respuesta al primer
cuestionamiento, podemos
afirmar que el proyecto
neoliberal requería, y
requiere, de
organizaciones educativas;
igual que en el caso del
SNIT, se orienten hacia la
conformación de capital
humano cuyas habilidades
se centren en el manejo de
las diversas ingenierías,
pero con características
distintas. Requiere de
organizaciones más
flexibles, con un carácter
descentralizado, tanto en
función de su ubicación
geográfica como en los
grados de autonomía
financiera, para responder
de una manera más rápida y
directa a los cambios del
entorno. En este sentido,
en términos cuantitativos
y en tan solo los últimos
22 años, significó la
creación, hasta la fecha,
de 100 Institutos
Tecnológicos Superiores
con un carácter
descentralizado (ITD),
distribuidos en todo el
país. En términos
cualitativos se significa
por dos circunstancias: la
contracción en el
crecimiento de Institutos
Tecnológicos con carácter
centralizado y la
generación de un nuevo
modelo de institución
tecnológica con carácter
descentralizado, apegado
en todos los sentidos a
los requerimientos
económicos, políticos y
sociales acordes con las
necesidades implícitas del
proyecto neoliberal
impulsado en nuestro país.
En la actualidad,
numéricamente los ITD son
mayoría; 100 respecto al
número de IT centralizados
que en total son 83
contando a los centros y
organismos de apoyo.
Implica de igual modo
atender mediante la
implantación de este nuevo
modelo educativo,
directamente y en la
práctica, todas las
recomendaciones que
respecto a la educación
superior han efectuado los
organismos internacionales
en sus dictados en cuanto
a política educativa se
refiere. Políticas tales
como la descentralización
educativa con el fin de
ampliar la autonomía, la
flexibilidad y la
reducción de los costos.
De igual manera, impulsar,
sobre todo en la educación
superior y los institutos
de investigación la
capacidad de generar
recursos propios con el
fin de descargar de
presiones monetarias y
fiscales al estado bajo un
esquema de rendimiento de
cuentas ante la sociedad.
Finalmente, considerar que
en la apertura de nuevas
instituciones educativas,
éstas deben ser ubicadas
en regiones en donde sea
necesaria su operación y
desconcentrar los
servicios educativos de
las grandes ciudades,
además de promover el
arraigo de sus egresados
con el fin de permitir el
desarrollo regional. Estas
políticas, las más
significativas, impulsadas
por organismos tales como
la OCDE UNESCO y el Banco
Mundial, son recuperadas
en el modelo y operación
de los Tecnológicos
descentralizados. Los
cuales, sí bien son
coordinados por la
Dirección General de
Institutos Tecnológicos (DGIT)
en los aspectos
técnicamente académicos,
en la práctica y por su
concepción legal
(personalidad jurídica y
patrimonio propio),
administrativamente son
autónomos.
“Cualitativamente, los
ITD significaron la
experimentación de un
nuevo modelo de
organización, con una
junta de gobierno con
amplias atribuciones, con
facilidades de
coordinación en su mando y
con una participación
financiera y
consultiva
de las autoridades
regionales que merecería
ser garantizada a largo
plazo”. (Didou, 2000, p.
110)
Desde esta perspectiva
es significativo subrayar
que aun cuando los
Tecnológicos
descentralizados forman
parte del SNIT, más para
aspectos de coordinación y
apoyo académico que de
dirección, son cualitativa
y cuantitativamente
diferentes a los
Tecnológicos
centralizados. De esta
forma, en lo sucesivo
cuando nos refiramos al
SNIT, se entenderá como el
conjunto de Tecnológicos y
organismos de apoyo que
poseen un carácter
centralizado. Puntualizado
lo anterior y tratando de
responder al segundo
cuestionamiento, es
importante primero
especificar que los
Institutos Tecnológicos,
con un carácter
centralizado, son una
creación propia del modelo
nacionalista. Sí bien es
cierto que algunos de
ellos se establecieron
dentro de administraciones
que históricamente se
encuentran catalogadas
como neoliberales, la
generalidad de los mismos
así como de los organismos
de apoyo que no siendo
tecnológicos regionales
guardan el mismo carácter,
fueron creados durante
dicho periodo.
En Términos cualitativos,
el proyecto nacionalista
permitió el desarrollo de
algunas circunstancias
especiales que en la
práctica caracterizan al
SNIT. En primer lugar su
nacimiento y, por modo | | | |