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Ética y
actividad
empresarial
por
María Nieves
Aleixandre
Benavent
Ingeniera Agrónoma.
Profesora
T.E.U.
Departamento
de Economía
Financiera y
Matemática.
Universitat de
València y José Mª
de Andrés
Ferrando
Dr. Ingeniero
Agrónomo.
Profesor T.E.U.
Departamento
de
Organización
de Empresas,
Economía
Financiera y
Contabilidad.
Universidad
Politécnica de
Valencia.
Toda actividad
empresarial
tiene como
objetivo la
obtención de
beneficios. En
la dirección
de empresas
cabe
distinguir dos
fines
fundamentales:
la que orienta
a la empresa
hacia la
búsqueda del
beneficio como
un fin en sí
mismo (si
solamente se
busca el
beneficio,
como tal, se
llega a la
deshumanización)
y la que lo
busca
añadiendo un
fin social, es
decir, que a
la vez que
obtiene
beneficio
trata, además,
de satisfacer
una demanda
existente con
aquello que
fabrica. En
base a dicho
razonamiento
existe un
límite en la
obtención de
beneficios que
viene marcado
cuando una
demanda está
totalmente
satisfecha,
aunque de
hecho, en la
práctica,
todas las
empresas
intentan
incrementar
sus beneficios
hasta
cantidades
ilimitadas
olvidando si
han cumplido
ya ese fin
social que se
propusieron
como meta.
El
planteamiento
anterior lleva
a considerar
la ética
empresarial
como algo
necesario en
un estado de
bienestar, por
ello cabe
preguntarse
¿cómo se
subordinan las
actividades
empresariales
hacia otros
fines
distintos de
los puramente
económicos,
pero más
importantes
para el ser
humano?. La
respuesta es
la ética. Una
respuesta de
este tipo
puede ser
acogida con
escepticismo
en
mentalidades
que solamente
buscan
soluciones
pragmáticas,
de rápida
aplicación y
de resultados
seguros e
inmediatos;
por tanto, el
planteamiento
de un
problema, su
reconocimiento
y saber que la
solución debe
darse en el
plano de la
ética implica
renunciar a
soluciones
falsas aunque
económicamente
sean rentables
para la
empresa.
Si la ética
debe impregnar
las acciones
humanas, todas
las
actividades
que afectan a
la empresa la
condicionan en
todos sus
niveles de
actuación. Al
analizar
cualquier
acción humana
orientada
hacia fines
concretos, por
ejemplo, la
obtención de
beneficios,
existe la gran
tentación de
omitir en su
análisis las
consecuencias
éticas. La
pregunta es:
¿se puede
limitar la
toma de
decisiones
desde el punto
de vista de
obtención de
los máximos
beneficios
económicos,
prescindiendo
de sus
consecuencias
en otros
órdenes?. De
proceder así,
el hombre
sería tan
inútil y
peligroso como
el médico que
se limitase a
aliviar
síntomas
prescindiendo
de si el
tratamiento es
o no
perjudicial
para el
paciente. La
evaluación de
decisiones
desde el punto
de vista
ético, es lo
más importante
en la
dirección
empresarial,
en tanto que
garantiza
decisiones
correctas que
ponen de
relieve la
subordinación
de los fines.
El punto de
partida lo
constituye la
pregunta más
sencilla
acerca de una
decisión
empresarial:
¿qué es lo que
hace que una
decisión sea
buena o mala?.
La respuesta
inmediata es
que una
decisión es
mejor cuanto
más contribuye
al logro de
los objetivos
de la empresa;
no obstante,
esta respuesta
carece de
valor
práctico,
puesto que
nada dice
acerca de si
esa decisión
cumple,
además, con
los fines
sociales que
toda empresa
debe tener; de
hecho, tal
respuesta, nos
remite a lo
que se conoce
como misión de
la empresa.
Resulta
imposible
enumerar en su
totalidad, los
objetivos
empresariales,
si bien es
relativamente
fácil la
definición de
algunos de
ellos que
representan el
pilar básico
de una
determinada
organización.
Por otra
parte, para
orientar
correctamente
las decisiones
en el seno de
cualquier
organización,
es necesario
emplear
modelos que
permitan la
adopción de
decisiones
óptimas. Los
modelos
aplicables a
la decisión,
que no son
otra cosa que
técnicas,
permiten
alcanzar
objetivos
valiosos en sí
mismos pero
parciales, en
tanto que sólo
contemplan
prospectivamente
los resultados
económicos.
Existe un modo
inmediato de
realizar una
evaluación
completa de
las
organizaciones
que consiste
en tomar como
punto de
partida las
relaciones
entre las
motivaciones
humanas de los
que componen
las empresas y
los objetivos
de la propia
organización,
ya que la
condición
necesaria y
suficiente
para que una
organización
exista es que
cuente con un
conjunto de
personas que
se encuentren
motivadas por
pertenecer a
la misma. Los
objetivos de
toda
organización
han de
orientarse a
conservar y
acrecentar
dichas
motivaciones
ya que, si no
fuese así, la
organización
se
desintegraría.
Simplificando
el
planteamiento,
en todos los
componentes de
una empresa
pueden
encontrarse
tres tipos
básicos de
motivaciones:
a).- La
motivación
extrínseca,
aquella por la
que se espera
recibir algo a
cambio de su
trabajo
(alcanzar un
premio o
evitar un
castigo).
b).- La
motivación
intrínseca,
cuyo atractivo
reside en la
acción misma,
con
independencia
de los
resultados,
p.e.: la
satisfacción
psicológica o
el
aprendizaje.
c).- La
motivación
trascendente,
que se basa en
el atractivo
que se siente
en realizar
una acción por
los beneficios
que implican
para otras
personas. El
ser humano no
es indiferente
a lo que le
ocurre a otras
personas
relacionadas
con él como
consecuencia
de sus
acciones. Los
sentimientos
hacen que se
convierta en
una motivación
personal las
necesidades
que tienen
otras
personas,
impulsando a
actuar para
satisfacer o
aliviar dichas
necesidades.
Ello no quiere
decir que,
dado el
conflicto que
puede existir
entre los
distintos
tipos de
motivación,
los meros
sentimientos
sean
suficientes
para
garantizar el
mínimo
necesario de
motivación ni
garantizar su
incremento.
Entre los
objetivos de
las
organizaciones
hay que
distinguir
tres aspectos
de
importancia:
a).- La
eficacia: que
indica en qué
forma las
empresas son
capaces de
conseguir la
adhesión de
sus
componentes a
través de la
concesión de
premios o
castigos, es
decir,
mediante
motivaciones
extrínsecas.
b).- La
realización:
mediante la
cual es
posible
conocer el
atractivo que
tiene la
organización
para sus
empleados en
tanto que la
perciben como
instrumento de
servicio a los
demás.
c).- La
adhesión: que
mide el grado
en que la
organización
es capaz de
ser atractiva
a sus
empleados por
el trabajo que
en ella
desarrollan.
Para poder
evaluar
correctamente
cualquier
logro de la
organización
deben tenerse
en cuenta
estos tres
aspectos.
Siguiendo la
teoría de la
organización,
lo anterior
viene
complementado
con tres
principios
básicos:
a).- Primero:
Cuanto mayor
sea la
adhesión, es
más fácil
conseguir la
eficacia
necesaria para
que la
organización
alcance sus
objetivos en
menos tiempo;
cuanto más
atractivo
resulte para
los individuos
hacer lo que
les pide la
organización,
menos
necesario será
acudir a
motivaciones
extrínsecas
para
inducirles a
hacerlo.
b).- Segundo:
A mayor
realización de
los empleados,
mayor será la
eficacia de la
organización;
lo que viene a
expresar que
las personas
son más
rentables a la
empresa cuanto
más pueden
satisfacer las
necesidades de
otros.
c).- Tercero:
Es necesaria
la existencia
de unos
mínimos de
eficacia y de
adhesión, sin
los cuales la
organización
no puede
existir; se
expresa así la
dificultad de
tratar a las
personas a
base de
coacción
externa
exclusivamente,
hacia un
objetivo
determinado,
cuando dicho
objetivo, en
sí mismo, ni
les interesa
ni les atrae.
Estos tres
principios
determinan las
relaciones que
deben existir
para que una
organización
sea valiosa.
Pero una
organización,
como ente vivo
que es, sufre
modificaciones
a medida que
va creciendo y
los cambios
influyen en
los individuos
afectando a la
eficacia, a la
adhesión y a
la
realización.
Los resultados
de toda
decisión deben
analizarse en
cuanto que
afectan a la
eficacia,
adhesión y
realización;
sin embargo,
el grado de
influencia de
cada una de
ellos es
distinto; de
hecho, quien
decide, se
encuentra ante
las siguientes
circunstancias:
a).- Primero:
Su decisión
tiene unos
límites que le
vienen
impuestos; ha
de respetar
necesariamente
un mínimo de
eficacia y
adhesión,
puesto que si
no lo hace
así, su
decisión no
será
operativa, no
será ejecutada
por la
organización.
b).- Segundo:
Dentro de los
límites
anteriores
puede elegir
diferentes
alternativas
tendentes bien
a incrementar
la eficacia, o
bien a
incrementar la
adhesión.
c).- Tercero:
Los cambios en
la
organización
solamente
serán
efectivos si
quien toma las
decisiones
está
convencido que
realmente
quiere
llevarlos a
cabo.
d).- Cuarto:
Toda decisión
que da lugar a
un cambio
fortalece o
debilita la
organización.
Una dirección
empresarial
que tenga como
único criterio
la
maximización
de la eficacia
puede hacer
decrecer la
adhesión. En
este caso
puede ocurrir
que los
individuos que
conforman la
organización
no se someten
a las metas
establecidas
con lo que
decrece la
realización.
Puede que los
individuos
acepten el
proceso pero
reduzcan sus
intereses a lo
que es
motivación
extrínseca. En
ambos casos el
proceso que se
genera tiende
a destruir la
empresa e
incluso a la
destrucción
del
trabajador.
Las leyes
internas de
las
organizaciones
implican que
cualquier
decisión debe
tener en
cuenta los
tres
diferentes
aspectos que
están
interrelacionados
entre si. Es
por ello por
lo que las
decisiones
empresariales
deben estar al
servicio del
desarrollo
integral de
las personas
que
constituyen la
organización,
pero para ello
será necesario
describir
claramente la
definición de
los conceptos
abstractos de
eficacia,
adhesión y
realización.
La eficacia
expresa la
mayor o menor
adecuación de
las
organizaciones
para el empleo
de los
recursos que
dispone. En
general,
corresponde al
plano
económico, o
de los bienes
y medios
materiales.
La adhesión se
reduce al
plano
sociológico.
Es la
evaluación del
esfuerzo de
los
trabajadores
para adaptar
su actuación a
los fines
empresariales.
La adhesión es
mayor cuanto
lo que se
exige al
trabajador
está más cerca
de lo que éste
espontáneamente
elegiría. En
toda
organización
debe existir
un mínimo de
autonomía
(ausencia de
todo tipo de
coacción) que
suponga la
garantía del
desarrollo
personal de
los
trabajadores.
La realización
está compuesta
tanto por el
condicionante
sociológico
como por el
económico.
La realización
personal tiene
que ver con el
uso de la
libertad
individual.
La libertad no
sólo es algo
motivador para
el individuo,
sino condición
imprescindible
para que pueda
crecer en su
desarrollo
dentro de la
organización.
Sus fenómenos
corresponden
al campo
específico de
la ética. Nos
encontramos
aquí en el
plano ético de
las
organizaciones
y como
consecuencia
de un proceso
de
aprendizaje,
mediante al
cual las
personas
adquieren o
pierden la
capacidad de
actuar por
motivos
transcendentes.
Ese proceso de
aprendizaje no
es otro que
aquel a través
del cual se
adquieren las
virtudes
morales. Estas
virtudes
perfeccionan
lo más
profundo del
mecanismo de
decisión del
ser humano, ya
que es el
desarrollo
perfecto de la
capacidad de
actuar por
motivos
transcendentes
e implica, por
tanto, la
capacidad de
actuar por
servir a los
demás. La
ética pone de
manifiesto que
la adquisición
de esa
capacidad
supone un
largo proceso
del desarrollo
de los hábitos
personales.
Así pues, en
el plano ético
encontramos la
última
condición de
supervivencia
de que no le
viene
impuesta, sino
propuesta, es
decir:
facilitar el
desarrollo de
las virtudes
morales de sus
componentes.
Pero ese plano
coincide con
la propia
característica
organizacional:
si la
organización
no es capaz de
subordinar su
acción a esos
fines, y en
lugar de
facilitar el
desarrollo de
virtudes
morales
facilita su
destrucción
acabará
extinguiéndose.
En las
empresas, como
en cualquier
otra
organización,
quienes toman
las decisiones
pueden
limitarse a
valorarlas
atendiendo tan
sólo a algunos
de esos
aspectos o
bien
teniéndolos
todos en
cuenta; nada
impide que
pueda
resolverse un
problema en
los niveles
económicos o
sociológicos,
prescindiendo
de las
consecuencias
de la solución
en el plano
ético. Lo que
no se puede
elegir, en
ningún caso,
son las
consecuencias
de la decisión
adoptada. La
ética, como
cualquier otra
ciencia, y con
más certeza
que ninguna de
las ciencias
naturales, se
limita a
predecir
cuáles son
esas
consecuencias.
Si las
decisiones
empresariales
buscan tan
sólo
incrementar
los resultados
económicos, el
dinamismo que
se genera
tiende a
destruir tanto
a los
individuos
como a la
organización;
claro está que
el
conocimiento
de este
proceso no
implica que
los directivos
vayan a
decidir
correctamente
subordinando
los valores
económicos a
los
sociológicos y
ambos a su vez
a los éticos.
La obtención
de beneficios
es tan
atractiva
antes del
razonamiento
como después
del mismo,
pero para
lograr
subordinar la
tendencia a
obtener
beneficios a
los otros
fines hace
falta algo más
que una
predisposición,
hace falta
actuar de esa
forma
consecuente.
Hay que
reconocer que
la tentación
para obrar de
este modo
puede ser
mayor en el
caso de la
empresa que en
otro tipo de
organizaciones
sin ánimo de
lucro, puesto
que si bien es
cierto que
todas las
organizaciones
tienen un fin
económico y
están
sometidas a
los
imperativos de
la eficacia,
lo
característico
de las
empresas es
que se tienda
a valorar
solamente lo
económico o la
eficacia.
Por tanto, el
empresario, en
cuanto que sea
un directivo
que quiera
realizar bien
su función, ha
de tener en
cuenta que su
competencia
profesional
implica no
sólo la
obtención de
beneficios,
sino además,
conseguir
mejorar las
actuaciones
sociológicas y
éticas de su
organización.
Esto redunda
en una mayor
facilidad,
aunque a largo
plazo, para la
obtención de
beneficios. La
especial
dificultad de
la empresa
estriba en que
su
justificación
se basa en la
obtención de
beneficios, y
son
precisamente
éstos los que
hay que
sacrificar
parcialmente,
y a corto
plazo, para
conseguir un
mayor
asentamiento
empresarial.
Todo ello
resalta la
necesidad de
un elevado
nivel ético en
el directivo
de empresas.
Tan solo en la
medida en que
él mismo se
esté
esforzando en
adquirir
virtudes
morales, será
capaz de
sacrificar
libremente
algo tan
tangible como
la consecución
de un poco más
de beneficio
para, de ese
modo facilitar
el desarrollo
de las citadas
virtudes de
los que de él
dependen. Sólo
la posesión de
una altísima
calidad moral
le dará la
fuerza
necesaria para
sacrificar
resultados
inmediatos en
aras de lo que
es
objetivamente
mejor a largo
plazo, Sin
virtudes
morales, todas
las técnicas
instrumentales
que maneje
para obtener
beneficios no
serán más que
instrumentos
al servicio de
la astucia.
Para el hombre
el valor de la
técnica será
siempre
ambiguo, todo
dependerá del
uso que de
ella se haga.
Cuando las
técnicas
sirven a la
astucia son un
medio rápido,
seguro y
eficaz para
destrozar la
humanidad de
quien las
utiliza y para
manipular a
quienes son
dirigidos,
impulsándoles
hacia su
propia
deshumanización.
Cuando esas
mismas
técnicas están
al servicio de
la prudencia
aparecen las
auténticas
posibilidades,
de modo que la
persona pueda
dedicarse más
intensa y
libremente a
la tarea de
perfeccionarse
como humano.
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