|
El empleado entusiasta
(III)
por David Sirota. "El
empleado entusiasta: Como
se benefician las empresas
en dar a los trabajadores
lo que quieren" de Wharton
School Publishing. Libro
completo.
Facilitar el
trabajo
Al final de la jornada,
las personas quieren
sentir que su trabajo ha
concluido con éxito. No
hay nada más
descorazonador que pasar
un
día entero peleándose con
una máquina que no
funciona o esperar
horas y horas a que el
personal de mantenimiento
acuda en nuestro
auxilio. Los ejecutivos se
sienten igual de
frustrados cuando al cabo
del día se dan cuenta de
que lo único que han hecho
es pasar de reunión en
reunión sin llegar a
ningún acuerdo o
conclusión concretos.
Aunque existen empresas
disfuncionales de
principio a fin, la
mayoría de los
trabajadores señala el
espacio intermedio de la
jerarquía como el causante
de todos los problemas que
obstaculizan el trabajo.
Es la zona situada por
debajo de los directivos
de más rango y el primer
escalafón de la cadena de
mando.
Cuando los empleados se
quejan de la "burocracia"
existente, no están
culpando al director
general, sino a los mandos
intermedios y a los
departamentos como el de
Finanzas, Informática o
Mantenimiento, que prestan
un servicio transversal al
resto de unidades de
negocio. Esto genera en
muchas ocasiones la
impresión de que las cosas
salen bien a pesar de la
desastrosa gestión interna
de la compañía.
El que la mayoría de los
problemas se genere en ese
espacio intermedio de la
jerarquía no quiere decir
que lo que ocurra en la
cúspide no sea importante.
Los impedimentos al
desarrollo normal del
trabajo son consecuencia
de la cultura organizativa
implantada por el equipo
gestor (con el director
general a la cabeza), que
se traduce en una
estructura determinada y
en la forma en que los
diversos empleados
interactúan con dicha
estructura.
En las investigaciones
llevadas a cabo por los
autores de The
Enthusiastic Employee, la
burocracia siempre aparece
en primera posición como
el mayor obstáculo para la
realización exitosa del
trabajo.
La burocracia se
manifiesta en varios
ámbitos de la empresa: en
el proceso de toma de
decisiones; en la obsesión
por las normas y su
aplicación; en el papeleo
(o lo que modernamente
podría llamarse "papeleo
digital") y en la excesiva
especialización funcional,
que crea barreras entre
las distintas unidades de
negocio y reduce así la
cooperación entre ellas.
¿Pueden las organizaciones
sobrevivir sin algún grado
de burocracia en su seno?
Es obvio que no: la
burocracia está
intrínsecamente
relacionada con la
existencia de la jerarquía
y, a pesar de que algún
teórico extravagante (que
algunos llamarían
anarquista) pueda abogar
por su desaparición, la
jerarquía (y el lastre que
acarrea) es necesaria en
una organización. Sin
embargo, los
inconvenientes perniciosos
que conlleva la burocracia
pueden reducirse
dependiendo del estilo de
gestión que se implante en
una empresa.
Así, podemos decir que
existen tres formas de
gobernar una empresa:
dirección autocrática,
administración basada en
el laissez-faire y el
estilo de gestión
participativa.
La gestión autocrática se
basa en la ausencia de
confianza en los
empleados, la falta de
flexibilidad y la creencia
de que la disciplina y el
castigo son las formas más
efectivas de conseguir
resultados. En este
ambiente, la burocracia
campa a sus anchas: hasta
las más pequeñas
decisiones se someten a
tortuosos sistemas de
aprobaciones y
verificaciones.
Además, existen multitud
de normas que restringen
cualquier movimiento
innovador y que dividen el
trabajo en tareas
extremadamente pequeñas.
En el lado diametralmente
opuesto
se sitúa la gestión basada
en el laissez- faire. Más
que de gestión habría que
hablar de falta de la
misma, puesto que consiste
en dejar hacer a la gente
el trabajo sin ningún tipo
de control o seguimiento.
Este sistema puede
sobrevivir en determinadas
áreas de la empresa cuando
las cosas, a nivel
general, marchan bien y no
existe voluntad por parte
del equipo directivo de
prestar atención a los
mediocres resultados que
puede presentar una
fracción de la empresa. A
largo plazo, es totalmente
inviable.
La alternativa a estos dos
modelos de dirección es la
gestión participativa.
En este estilo de gestión
todo el mundo sabe quién
es el jefe.
Pero los directivos
confían en el juicio
crítico de los empleados y
esperan que no se limiten
a cumplir unas
instrucciones determinadas
por el mero hecho de venir
de arriba.
Algunos estudiosos de la
materia señalan que este
estilo de gestión no es
útil en empresas de
fabricación donde las
tareas y los niveles
jerárquicos están muy
definidos. Sin embargo,
olvidan la ingente
cantidad de experiencias
de éxito que este tipo de
gestión cosecha en todo
tipo de empresas
(incluyendo las fábricas)
a lo largo y ancho del
mundo. Uno de los casos
más conocidos es el de
Toyota, donde la
participación y juicio
crítico de todos los
empleados han sido (y son)
básicos en los excelentes
resultados en
productividad y mejora de
la calidad, que han hecho
de esta empresa
unos de los paradigmas
mundiales de la
fabricación en serie.
Al hilo de los estilos de
gestión, aparece la
cuestión de las distintas
capas que forman la
jerarquía de una empresa.
Las organizaciones con
muchos niveles en la
cadena de mando suelen ser
altamente ineficaces,
porque a los altos costes
laborales que supone
mantener muchos gestores,
se une la ausencia de
rapidez en la toma de
decisiones y la falta de
fluidez en las
comunicaciones.
En un estudio llevado a
cabo por la consultora A.T.
Kearny, se señalaba que
las empresas con mejores
rendimientos tenían, como
media, 7 capas en la
cadena de mando, mientras
que el resto se
mantenían en torno a 11
niveles jerárquicos. Las
causas (y soluciones) al
excesivo peso de la
jerarquía hay que
buscarlas en la obsesión
enfermiza de algunos
gestores por los controles
de tareas, que anulan el
entusiasmo de los
trabajadores, y a los
efectos de la excesiva
especialización funcional.
El desafío del
trabajo
Contrariamente a
lo que pudiera parecer, la
gente se encuentra
generalmente satisfecha
con el tipo de trabajo que
realiza. A lo largo de sus
investigaciones, los
autores llegaron a la
conclusión de que al 76 %
de los trabajadores les
gusta la actividad que
realizan, mientras que
solamente un 8 % muestra
claramente su descontento.
Las distintas reacciones
de las personas frente al
contenido de un mismo
trabajo dependen de los
intereses personales de
cada uno, de la propia
personalidad, de la
formación adquirida y de
la capacidad para realizar
con éxito las tareas que
comporta ese trabajo. Por
lo tanto, hay que huir de
los prejuicios que pueden
llevarnos a pensar que un
determinado trabajo es
"malo" por el mero hecho
de que a nosotros no nos
gusta. Un director de
marketing puede pensar que
ensamblar piezas en una
fábrica de automóviles es
un trabajo frustrante y
deshumanizado.
Sin embargo, el operario
de la fábrica no encuentra
racional que ese director
trabaje más de 8 horas al
día y que no pueda
desconectar la mente de su
ocupación una vez que
concluye su jornada
laboral. ¿Quién de los dos
tiene razón? El hecho de
que la mayoría de la
gente, como veíamos antes,
esté satisfecha con el
trabajo que realiza,
debería llevarnos a la
conclusión de que ambos
tienen razón.
A pesar de que el mercado
laboral es libre, no todo
el mundo tiene la
oportunidad de abandonar
un trabajo si este no le
satisface. Existen razones
económicas para ello, como
la mala racha en la
economía de un país o la
necesidad de mantenerse a
toda costa en ese empleo
que no satisface pero que
reporta el dinero
necesario para hacer
frente al coste de la
vida. En otras ocasiones,
sobre todo en los primeros
empleos que se obtienen,
se realizan elecciones
incorrectas al no conocer
con claridad cuáles son
los propios deseos y
objetivos vitales. Sin
embargo, en otros muchos
casos, un trabajo
interesante llega a
convertirse en una
pesadilla por la forma en
que la organización se
gestiona desde dentro.
Feedback y
reconocimiento
A veces es posible oír que
hay personas a las que no
les importa la opinión de
los demás y que no
precisan que se reconozca
su trabajo para estar
comprometidos con la
organización. ¿Dónde están
esas personas? Quizá haya
dos o tres paseándose por
su empresa, pero lo cierto
es que este no es el
comportamiento típico de
los seres humanos.
Los trabajadores no sólo
necesitan conocer cómo lo
están haciendo para poder
mejorar, sino que para
rendir al máximo nivel
requieren
la atención y
reconocimiento de otras
personas dentro de su
empresa.
Según las encuestas
realizadas por los autores
del libro, la mayoría de
los trabajadores (el 84 %)
sabe lo que se espera de
su trabajo. Sin embargo,
sólo el 53 % dice recibir
de forma periódica el
feedback
necesario para saber si
están realizando bien o no
su trabajo. Otro dato
digno de ser resaltado es
que el 62 % de los
entrevistados afirma que
es más fácil ser
reprendido por la
dirección por una tarea
mal realizada que recibir
elogios cuando los
resultados son buenos.
Mantener reuniones con los
trabajadores acerca de su
rendimiento (positivo o
negativo) es de vital
importancia. Por una
parte, se muestra al
empleado el camino más
adecuado para mejorar y se
transmiten y refuerzan las
expectativas que la
empresa tiene depositadas
en él. Además, la
evaluación continua del
rendimiento permite el
reconocimiento a los
propios logros del
trabajador y, en su caso,
el premio por las metas
alcanzadas.
Las reuniones de
evaluación se realizan con
menos frecuencia de la
debida. Además, suelen
estar mal planificadas y
no responden a los
objetivos mencionados. En
primer lugar, no hay que
confundir las reuniones
periódicas de evaluación
del rendimiento con el
examen final que suele
realizarse a final del año
y que sirve para medir el
rendimiento global. Las
evaluaciones periódicas
tienen como objetivo
descubrir cuáles son las
dificultades que aparecen
en el día a día y
encontrar soluciones a las
mismas.
En estos encuentros entre
el responsable y su
subordinado se debe ser
concreto y centrarse en
los hechos más que en las
ideas generales.
Por otra parte, es una
idea muy extendida el
pensar que los empleados
solo están interesados en
recibir elogios por lo que
hacen bien, pero no se
tiene en cuenta que, en
general, todos prefieren
saber con antelación dónde
tienen que esforzarse más
para poder cumplir con los
objetivos que les marca la
organización.
Por ello, en estas
reuniones regulares se
debe permitir la
comunicación en ambos
sentidos: hay que dejar
que el trabajador exprese
sus opiniones acerca de
los asuntos tratados. Por
último, deberá existir un
seguimiento de las
decisiones acordadas que
permita, por un lado,
ejercer un control
adecuado sobre lo que se
ha establecido; por otro,
será la ocasión oportuna
para que el responsable
felicite al empleado por
los cambios o logros
conseguidos.
Objetivo Nº3:
Disfrutar del trabajo en
equipo
La calidad de las
relaciones sociales en el
puesto de trabajo es de
suma importancia, no solo
por la necesidad
intrínseca de la gente de
sentirse identificada con
sus semejantes, sino
porque la cooperación
dentro de la empresa es
fundamental para el
rendimiento de la
organización y la propia
satisfacción de los
empleados.
Aunque los empleados
encuentran placer en el
simple hecho de
relacionarse con los
compañeros (por ejemplo,
mientras hacen un descanso
y toman café), su mayor
satisfacción se deriva del
hecho de actuar como un
equipo en la búsqueda de
un objetivo común. Lograr
estas metas juntos es una
inyección de moral para
todos. De hecho, una parte
del tiempo dedicado, en
principio, al descanso,
acaba casi siempre
convirtiéndose en una
conversación informal
acerca de temas laborales
que se viven en común.
Esta tendencia se observa
en prácticamente todos los
ambientes laborales,
independientemente del
tipo de actividad que se
realice. En algunas
ocasiones, se tiende a
pensar que la
socialización no es
posible en trabajos
rutinarios o en aquellos
que exigen una alta
fragmentación de las
tareas que se realizan.
Sin embargo, en este tipo
de unidades de negocio
como, por ejemplo, una
fábrica, la
interdependencia de tareas
es tan alta que la
cooperación es, si cabe,
más necesaria.
Podría decirse que la
camaradería (no los
procedimientos formales,
las descripciones de
tareas o la organización
de los recursos) es el
adhesivo que une las
distintas partes de una
organización.
Sin embargo, no todo
discurre de manera fluida
en las empresas. Así, nos
encontramos con personas
que se niegan a colaborar
con el resto, creando
conflictos que, si no son
atajados a tiempo, pueden
degenerar y convertirse en
problemas de gran
envergadura. Por otra
parte, el compañerismo y
la cooperación suelen
esfumarse cuando se
relacionan dos unidades de
negocio distintas dentro
de una misma organización.
Dentro de cada una, reina
la camaradería, pero en el
momento en el
que se necesitan
mutuamente, aparecen los
recelos. Este es el caso
habitual en la relación de
los departamentos
"productivos" (desarrollo
de productos, producción o
ventas) y el "staff"
(recursos humanos,
finanzas, informática o
jurídico).
Aunque los departamentos
transversales creen
firmemente que están
cumpliendo con su trabajo
y prestando un "servicio"
de calidad reconocido por
el resto de áreas, el caso
suele ser en muchas
ocasiones el contrario.
La falta de cooperación
puede causar un grave daño
a los resultados
empresariales, dado que se
desperdician muchas horas
de trabajo y recursos en
la resolución de
conflictos, se pierden
muchas de las
oportunidades de mejora
que surgen cuando existe
colaboración y se afecta
negativamente a la moral
de los empleados. Además,
no hay que perder de vista
que la mayoría de los
conflictos que surgen en
las empresas son
totalmente irracionales,
fruto de malentendidos que
distorsionan la realidad.
Para reducir los problemas
que surgen en las
organizaciones existen dos
estrategias básicas: la
gestión de conflictos y la
potenciación de
asociaciones. En la
primera, las dos partes
enfrentadas intentan
llegar a un acuerdo para
no crear disputas y
establecer los mecanismos
que impidan las
desavenencias o, en su
caso, logran arreglarlas.
Por su parte, la creación
de asociaciones busca la
colaboración activa para
lograr metas comunes, es
decir, para crear valor en
lugar de simplemente
minimizar los costes que
generan los
enfrentamientos. La
gestión de conflictos es
más apropiada cuando
existe una divergencia
real de intereses,
mientras que la
potenciación de
asociaciones tiene sentido
cuando la raíz de los
problemas es consecuencia
de una simple distorsión
de la realidad.
Conclusión
Los empleados entusiastas
rinden por encima de la
media de los trabajadores
de una compañía. La
mayoría de la gente
responde a este perfil
cuando son contratados.
¿Qué ocurre al cabo de
poco tiempo? Simplemente
que los directivos se
olvidan de lo que esperan
o desean sus empleados:
conseguir un trato
equitativo, obtener
reconocimiento por el
trabajo realizado y
disfrutar del trabajo en
equipo y del compañerismo.
Es hora de cambiar viejos
hábitos y prejuicios. En
palabras del que fuera
presidente de Citibank,
Walter Wriston, "el
capital humano se desplaza
allí donde es requerido y
permanece donde es bien
tratado.
No puede ser manipulado,
solamente puede ser
atraído".
|