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El empleado entusiasta
(II)
por David Sirota. "El
empleado entusiasta: Como
se benefician las empresas
en dar a los trabajadores
lo que quieren" de Wharton
School Publishing. Libro
completo.
Compensación
económica
Aunque la
seguridad en el trabajo es
muy importante, es
igualmente cierto que la
remuneración es básica
para mantener la moral de
los empleados y su
productividad. El nivel de
compensación económica
tiene repercusiones en la
satisfacción de dos de los
objetivos básicos:
conseguir un trato
equitativo y justo y
obtener reconocimiento por
el trabajo realizado. La
remuneración juega también
un papel muy señalado en
la credibilidad de las
empresas: propagar
mensajes de que los
empleados son los
principales activos de una
organización se convierte
en papel mojado si a la
hora de pagar un salario
justo, las palabras no se
transforman en hechos
tangibles.
Al contrario de lo que
pudiera pensarse, la
mayoría de la gente no
espera sumas desorbitadas
de dinero a cambio de su
trabajo. De hecho,
sospecharían de los
métodos de gestión de un
empresario que les
ofreciera una cantidad muy
por encima de lo normal en
un sector determinado. La
mayoría de los
trabajadores se sienten
satisfechos con una
remuneración que
consideran "competitiva",
y muy satisfechos cuando
creen que lo que van a
recibir está unos pocos
puntos porcentuales por
encima de lo ofrecido en
las empresas de la
competencia.
La reacción frente a las
subidas de salario es
similar. La mayoría de los
trabajadores conoce cuál
es la tasa de inflación
(¡incluso hasta el último
decimal de la misma!) y la
toman como referencia para
medir el grado de
satisfacción frente a un
incremento. Una subida
inferior a la de años
precedentes puede
considerarse como una
falta de reconocimiento al
trabajo realizado. Por
último, la opinión del
trabajador se ve
influenciada por la
situación de las finanzas
de la empresa: la mayoría
de los trabajadores se
muestra realista y
razonable. Por lo tanto,
esperan mejores
remuneraciones y subidas
de sueldo cuando las cosas
marchan bien en la empresa
que cuando aparecen las
dificultades cíclicas.
Podría pensarse que,
manteniendo otros factores
invariables, cuanto mayor
sea la remuneración de los
trabajadores, mayor será
el coste total para la
compañía y menores, por
tanto, los beneficios. En
Economía existe una rama
teórica que estudia la
eficiencia de los
salarios.
Según esta teoría, las
empresas que aumentan los
salarios a los
trabajadores con un mismo
nivel de formación y
experiencia obtienen
ganancias en productividad
que, como mínimo, igualan
el importe de la subida.
El "regalo" de un aumento
de sueldo es correspondido
de forma recíproca por el
trabajador con una mayor
productividad.
Además, las empresas que
mejor remuneran a su
fuerza laboral tienen
menos rotación, lo que les
permite ahorrar en costes
de selección de personal y
formación. Por supuesto,
existe un límite en la
relación entre mayor
salario y aumentos de
productividad. En empresas
donde los sindicatos gozan
de gran poder negociador
es fácil darse cuenta de
que las subidas son
superiores a las ganancias
en productividad.
En cuanto a la diferencia
entre el salario y los
costes laborales, existe
una confusión
generalizada. Estos
últimos están en función
no sólo de lo que se paga
a los trabajadores, sino
de lo que producen. La
medida correcta del coste
de los salarios es lo que
los economistas llaman
coste laboral unitario, es
decir, el ratio entre
salario y productividad.
Un salario y productividad
bajos se compensarían
entre sí, haciendo la
fuerza laboral "cara" aun
siendo los sueldos
"bajos".
Con relación a esto
último, puede observarse
cómo las naciones con
mayores salarios son, por
norma general, las que
mayor productividad
presentan. Aunque los
países con bajos salarios
todavía tienen una ventaja
competitiva considerable,
dicha ventaja se reduce a
la mitad cuando se
observan los costes
laborales unitarios.
Incluso si examinamos, por
ejemplo, las empresas
automovilísticas en
Estados Unidos, se
comprueba que, frente a
ellas, las empresas de
origen asiático (como
Nissan o Toyota) tienen
unos costes laborales
unitarios inferiores a los
de gestión americana (como
General Motors o Ford),
que se fundamentan
precisamente en las
diferencias de
productividad de unas y
otras.
La conclusión de todo lo
expuesto es que aquellos
empresarios convencidos de
que lo mejor es pagar lo
menos posible, están
totalmente equivocados.
Las organizaciones tienen
que esforzarse por pagar a
sus trabajadores
adecuadamente, incluso por
encima de la competencia
(en la medida de lo
posible). Sin embargo, la
ventaja sobre las empresas
de la competencia no debe
basarse en establecer un
salario fijo competitivo
sin más. En opinión de los
autores, una gestión
adecuada de la
remuneración variable es
la clave para
diferenciarse: el pago
variable permite adecuar
la remuneración al
rendimiento tanto
individual como colectivo.
Existen diversos sistemas
de remuneración variable.
Los más habituales son el
pago por "pieza" realizada
y la remuneración variable
según méritos. A pesar de
ser los más empleados en
todas las organizaciones y
de "favorecer" los
beneficios económicos del
individualismo, la
evidencia empírica
demuestra que no son tan
eficaces como parece.
El sistema de pago por
trabajo realizado se
utiliza para remunerar a
los trabajadores de una
fábrica y para los
vendedores que trabajan a
comisión. En este sistema,
el empleado cobra una
cantidad que
es directamente
proporcional a las piezas
que fabrica o, en el caso
de los vendedores, a los
clientes que consigue
captar. En una fábrica,
este sistema parece
bastante justo, porque
permite remunerar al
empleado exclusivamente
por los resultados que
obtiene. Sin embargo, las
disputas en este tipo de
ambientes son numerosas.
El problema parte del
establecimiento mismo del
estándar que se define
como número de piezas que
un trabajador "medio"
puede producir en una
fracción de tiempo. Si,
por ejemplo, se decide (o
se negocia) que un
trabajador en condiciones
normales puede producir
100 piezas al día, y que
el precio justo por una
jornada de trabajo son 100
dólares, cada pieza
terminada se pagará a 1
dólar. La principal queja
de los trabajadores de una
fábrica siempre viene del
hecho de considerar ese
número de piezas por día
como excesivamente alto.
Por otra parte, si un
trabajador descubre un
método para hacer 200
piezas en el mismo tiempo
en el que antes se
producían 100, el estándar
suele cambiar
automáticamente al alza.
Al no variar la
remuneración por pieza, la
innovación se
desincentiva, y un trabajo
ya de por sí rutinario se
convierte en un mero
esfuerzo físico que
elimina cualquier
capacidad de pensar o de
poner el ingenio a prueba.
¿Significa todo esto que
el sistema de remuneración
por "pieza fabricada" no
es eficaz? En absoluto. Lo
que ocurre es que este
método solamente es válido
bajo ciertas
circunstancias: tareas
simples, repetitivas, que
pueden realizarse sin
tener que colaborar con
otras personas y unos
gestores que atienden
adecuadamente las
peticiones de los
trabajadores en relación
con los estándares y
remuneraciones por pieza
fabricada. Cuando se dan
todos estos factores, este
sistema de remuneración
funciona a la perfección.
El sistema de comisiones
empleado para remunerar a
los vendedores tiene
algunas diferencias
respecto a cómo se trabaja
en una fábrica. A los
vendedores se les exigen
unas habilidades sociales
y comunicativas que no
tienen nada que ver con
las características de los
empleados de una planta de
producción. Sin embargo,
los problemas asociados
con las comisiones por
ventas son muy parecidos.
En efecto, al igual que
los empleados de una
fábrica, los vendedores
cuentan con pocos
incentivos para aumentar
su rendimiento, porque si
venden mucho sus cuotas
subirán en la misma
medida, exigiéndoles un
esfuerzo muy superior al
que están habituados.
No obstante, los
vendedores suelen
mostrarse menos reacios a
esta forma de
remuneración, entre otras
cosas porque su
personalidad les lleva a
este tipo de relación con
la empresa y sus salarios
están bastante por encima
de los de otros
trabajadores. Además, son
los que llevan el dinero a
las empresas, con lo que
esto significa en poder de
negociación con sus
superiores.
La mayoría de los
trabajadores asalariados
reciben una compensación
económica basada de un
modo u otro en una
remuneración que depende
de los méritos que
realicen.
Este método no se basa
directamente en lo que en
un momento determinado se
produce, sino que descansa
en la evaluación subjetiva
que efectúa el superior
jerárquico sobre el
rendimiento del empleado a
lo largo del tiempo
(generalmente, un año).
Precisamente, las
imperfecciones de este
sistema se esconden en esa
evaluación sesgada. Por
otra parte, las empresas
suelen destinar una
"bolsa" a los aumentos
anuales de salarios, que
aumenta en un porcentaje
determinado cada año. En
Estados Unidos, como
media, estos fondos suben
un 4 % de un periodo a
otro, lo que indica a las
claras que se tiene poco
margen de maniobra.
Si a esto se añade el
impacto de la inflación
anual, podemos concluir
que los responsables de
distribuir el "botín", más
que de retribuir el
rendimiento, intentarán
calcular el tamaño de cada
incremento de manera que
no se perjudique a nadie.
Por otra parte, es un
hecho cierto que los
trabajadores que más
tiempo llevan en la
empresa son los que mejor
saben negociar las
subidas, ya sea porque se
conocen los entresijos de
la organización o porque
son garantes de la
continuidad del
conocimiento en sus
respectivos departamentos.
En conclusión, un sistema
que estaba planteado, en
principio, para retribuir
el rendimiento, se
convierte por la vía de
los hechos en un sistema
para intentar calmar los
ánimos de todo el mundo, y
no dista mucho de un
esquema de remuneración
basado exclusivamente en
la antigüedad dentro de la
empresa.
Llegados a este punto,
cabría plantearse si
realmente existen
alternativas a este
sistema edulcorado de
retribuir al personal en
función de su rendimiento,
que a pesar de sus
imperfecciones, ha llegado
a ser algo ampliamente
extendido tras décadas y
décadas de funcionamiento.
La respuesta es sí. Según
los autores, existe una
serie de principios que
deben guiar estos esquemas
de remuneración. Las
empresas (y segmentos
dentro de las empresas)
difieren entre sí, por lo
que no existe un esquema
ideal aplicable a todas
por igual, aunque sí unos
principios básicos. Son
los siguientes: la
remuneración de los
empleados debe incluir un
salario base y una paga
variable; la remuneración
variable debe ser
competitiva y nunca
inferior a la inflación;
la remuneración variable
debe depender del
rendimiento del grupo en
lugar del rendimiento
meramente individual; la
remuneración variable debe
calcularse como un
porcentaje del salario
base y, finalmente, el
rendimiento individual
sobresaliente debe
gratificarse mediante
pagas extraordinarias.
De todos estos postulados,
el más innovador sin duda
es la remuneración basada
en el grupo por oposición
a la basada en el
individuo.
Existen dos razones que
fundamentan esta
apreciación. En primer
lugar, el rendimiento del
grupo (léase empresa,
departamento, sección,
...) es mucho más fácil de
medir, a la par que mucho
más creíble, que la
subjetividad que rodea
todo el cálculo del
rendimiento personal.
Por otra parte, el
rendimiento casi siempre
es una combinación de
esfuerzo personal y
colaboración entre todos
los integrantes de un
equipo.
La remuneración
extraordinaria al
rendimiento sobresaliente
de un trabajador puede
sustanciarse en un monto
de dinero determinado o en
otras compensaciones, como
pueden ser un determinado
número de acciones de la
compañía, participación en
los beneficios
empresariales o el menos
conocido gainsharing (con
esquemas como Scanlon
Plan, Rucker Plan o
Improshare). De todos los
planes, el gainsharing se
muestra como el más
adecuado de todos, pero,
en general, lo preferible
es una combinación de
todos ellos.
Respeto
La ecuación del
trato equitativo es la
suma de variables
económicas
(salario justo y
estabilidad laboral, como
veíamos anteriormente) y
variables psicológicas
como el respeto, entendido
este no como el
ámbito de poder en el que
se desenvuelve un
trabajador, sino como
el valor intrínseco que
cada persona tiene como
ser humano. Hay que
separar claramente el
concepto de respeto y el
de reconocimiento. La
diferencia estriba en que
el respeto es
incondicional, mientras
que el reconocimiento
suele estar ligado al
rendimiento individual del
trabajador.
El aspecto fundamental del
respeto es la forma en que
se utiliza el poder dentro
de las empresas.
Utilizando el símil de un
avión, el piloto y la
tripulación tienen el
poder abordo y transmiten
y ejecutan órdenes, pero
los pasajeros tienen que
ser tratados con
deferencia, haciéndoles
sentir en todo momento
como verdaderos invitados
y no como meros
"asientos".
Aunque pueda parecer
trivial, esa necesidad de
todos los empleados
de sentirse respetados por
el "jefe" tiene enormes
repercusiones en el
comportamiento humano y en
la eficacia de las
empresas.
De las investigaciones de
los autores se deduce que,
por lo general, el trato
dentro de las estructuras
de poder de las
organizaciones es
correcto. Sin embargo,
pueden darse casos de
trato inadecuado bajo
formas de humillación o
indiferencia hacia las
necesidades de los demás.
La humillación puede ser
interpersonal, en el caso
de un jefe que ridiculiza
el trabajo realizado por
un subordinado, o
estructural, cuando los
excesivos controles
organizativos constriñen
toda la actuación de una
persona dentro de la
empresa. Por otra parte,
la indiferencia aparece
cuando los responsables de
un área determinada dentro
de la empresa prestan poca
atención y tiempo a los
asuntos de sus
colaboradores. En el caso
de la humillación, la
respuesta suele ser la
aparición de algún tipo de
conflicto laboral que
puede llegar incluso a
tener implicaciones
legales.
La indiferencia, por su
parte, es más difícil de
combatir y, generalmente,
se traduce en la decepción
del trabajador y en su
marcha de la empresa al no
poder colmar sus
expectativas laborales.
¿Qué es lo que hace a un
trabajador sentirse
respetado dentro de la
empresa? Hay un dicho
general que reza que la
primera impresión es la
que permanece. El primer
contacto con la
organización que tiene un
empleado recién contratado
es a través del manual
corporativo.
Muchos de estos breviarios
son un conjunto de normas,
regulaciones y
advertencias que tratan al
trabajador como alguien
intrínsicamente malvado al
que hay que dejarle las
cosas muy claras. En
opinión de los autores,
este tipo de folletos
debería servir para dar la
bienvenida al trabajador y
hacerle sentirse respetado
por la entidad desde el
primer día.
Otro de los aspectos
relacionados con el
respeto son las
condiciones físicas del
trabajo, como la higiene,
la seguridad o los
materiales con los que se
trabaja en el día a día.
Estas no solamente
facilitan el desempeño de
la propia actividad, sino
que hacen que la moral y
la productividad del
personal aumenten debido
al respeto que se derivan
de ellas. Marcus Sieff,
antiguo presidente de
Marks & Spencer, lo
primero que hacía, cada
vez que visitaba una de
las tiendas de la empresa,
era inspeccionar los
cuartos de baño de los
trabajadores. En general,
se puede decir que los
empleados no esperan
grandes lujos en este tipo
de asuntos, pero sí las
condiciones mínimas en las
que todo ser humano debe
desarrollar su trabajo.
Relacionado con lo
anterior, llegamos a los
privilegios que algunas
personas ostentan dentro
de las organizaciones en
función de su rango. Estos
"privilegios" van desde
los despachos individuales
para los ejecutivos de
mayor nivel, hasta
instalaciones para comer
separadas en función del
escalafón. Es posible
argumentar que los
símbolos son necesarios
para marcar el territorio
o establecer las
responsabilidades de cada
uno, pero hay ciertas
prácticas que, llevadas al
extremo, pueden ser
claramente perjudiciales
para el rendimiento de la
organización, puesto que
suelen limitar físicamente
las interacciones entre
los distintos miembros de
una empresa.
Una buena norma para
delimitar las distinciones
entre los distintos
estamentos de una empresa
es eliminar todas aquellas
diferencias que no tengan
un claro objetivo
empresarial ni estén
relacionadas con el
rendimiento.
La información en la
empresa parece estar
relacionada con el estatus
o el rango que se tenga
dentro de la misma. Se
suele decir que el
conocimiento es poder y,
en consecuencia, es lógico
pensar que no difundir la
información a todos los
estamentos de la compañía
hace a "los informados"
resultar imprescindibles
o, cuanto menos,
importantes. Es cierto que
cierta información (menos
de la que se piensa) es
verdaderamente
confidencial, pero las
cortapisas a la
transmisión del
conocimiento es, en la
mayoría de los casos,
irracional y
contraproducente, puesto
que hace sentir a muchos
trabajadores como
empleados de segunda
clase. No obstante, la
comunicación en aras de la
transparencia no debe
traducirse en el envío de
informaciones masivas, no
estructuradas o
irrelevantes, que
provocarían lo más
parecido a la
desinformación.
Proporcionar autonomía en
el trabajo desempeñado por
todo empleado aumenta la
sensación de ser respetado
dentro de la organización.
Existen empresas que
facturan millones de
dólares al año, pero en
las que realizar un pedido
de material de oficina,
que cuesta un puñado de
dólares, es toda una
odisea que choca de frente
con una agobiante
burocracia y con unos
procedimientos de
aprobación excesivamente
complejos. La sensación
que se transmite cuando
existen demasiadas normas
y escalones de supervisión
es que los trabajadores
son incompetentes y no son
gente de fiar, lo que trae
consigo falta de
motivación para mejorar en
el quehacer diario de los
empleados. Por último,
otro de los factores que
influyen en la sensación
de respeto que puedan
sentir los trabajadores es
la simple cortesía que los
responsables de un equipo
demuestran en el día a
día. Una de las mayores
contribuciones del
aclamado libro de Tom
Peters, En busca de la
excelencia, es el énfasis
en lo que él llama
"gestionar caminando". En
su opinión, los
supervisores deberían
pasar el 75 % de su tiempo
alejados de su escritorio
de trabajo. El objetivo
del gestor "paseante" es
facilitar la comunicación
con su gente,
escuchándoles en todo
momento a la vez que se
les ayuda en los problemas
que van surgiendo y
facilitando la resolución
de los mismos.
Objetivo Nº2:
Obtener reconocimiento por
el trabajo realizado
Los objetivos y principios
de la organización.
A nadie se le oculta la
importancia que tiene para
la mayoría de las personas
el formar parte de
cualquier grupo del que
poder sentirse orgulloso.
Dentro del ámbito de las
empresas existen cuatro
elementos
interrelacionados entre sí
que confieren la
excelencia: inmejorables
resultados financieros,
eficiencia con la que se
realiza el trabajo,
supremacía en los
productos o servicios que
ofrece la compañía y
carácter moral
sobresaliente. La gente
quiere trabajar para
empresas rentables, bien
gestionadas y que aportan
valor a la sociedad
(productos útiles y
gestión ética del
negocio).
En Built to Last, de James
Collins y Jerry Porras, se
hace una comparación entre
las mejores empresas
dentro de sus industrias
respectivas (los
medallistas de oro) y las
compañías que simplemente
"estaban ahí" (los
medallistas de plata y
bronce). En palabras de
estos autores:
"... Contrariamente a la
doctrina imperante de las
escuelas de negocios, el
principal objetivo de las
empresas visionarias no es
el
maximizar el valor de los
accionistas o la
maximización de los
beneficios. Muestran una
inclinación a conseguir un
conjunto de metas, de las
cuales el hacer dinero es
una de ellas -aunque no
necesariamente la primera.
En realidad, para muchas
de estas empresas
visionarias, el hacer
negocios ha sido
históricamente mucho más
que una actividad
económica, más que una
simple manera de ganar
dinero.".
En cada una de estas
empresas visionarias que
abordan los autores de
Built to Last podemos
encontrar un fuerte
componente moral en su
ideario. Así, por ejemplo,
el leitmotiv de General
Electric es "mejorar la
calidad de vida a través
de la tecnología y la
innovación"; para IBM
"mostrar la máxima
consideración al empleado
individual, emplear
nuestro tiempo en hacer
felices a los clientes y
buscar la superioridad en
todo lo que se haga"; por
último, para Johnson &
Johnson "la compañía
existe para aliviar el
dolor y la enfermedad,
siendo los clientes la
cúspide de nuestra
jerarquía, seguidos por
los empleados y la
sociedad en general y, en
cuarto lugar, nuestros
accionistas".
Un componente moral muy
sólido en el
comportamiento de las
empresas no es en absoluto
inconsistente con el
rendimiento a largo plazo,
sino que, de hecho, parece
ayudar a conseguirlo.
Además del
entusiasmo y orgullo que
los empleados sienten por
organizaciones
como las descritas
anteriormente, estas
empresas aumentan su
reputación sobremanera, lo
que lleva a los
consumidores a confiar en
ellas sus decisiones de
compra.
La inmensa mayoría de las
empresas establecen
declaraciones formales
acerca de sus objetivos,
su misión o sus valores.
Sin embargo, muchos
empleados muestran su
escepticismo ante el hecho
de que estas declaraciones
no sean más que mera
palabrería. Para hacer
creíbles los objetivos y
principios de una empresa
debe existir, en primer
lugar, un compromiso claro
y demostrado por parte de
los altos directivos de la
compañía. Por otra parte,
las declaraciones de
principios deben ser
claras, relevantes para el
negocio donde se ubican y
deben crear entre los
empleados la sensación de
pertenecer a una elite
claramente diferenciada de
otras
empresas. Por último, sin
una metodología clara que
traduzca todos los
objetivos y principios en
hechos, y sin una
implicación directa del
director general de la
compañía, cualquier
declaración puede
considerarse como mera
propaganda o simple papel
mojado.
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