|
Diferencias
entre el
dirigir de
ayer y el
dirigir con
eficacia hoy
por
Domènec Biosca en
"Cómo
dirigir con
éxito".
Gestión 2000.
Barcelona 2005
La información
Ayer
Estaba
concentrada en
los jefes:
tener
información
daba poder. Su
análisis y
consecuente
toma de
decisiones
estaban en
manos de unos
pocos
privilegiados.
Estos
utilizaban su
cabeza; el
resto, sus
manos. "Le
pago para que
trabaje, para
pensar ya
estoy yo" era
una frase muy
oída del ayer.
Hoy
Las nuevas
tecnologías
han puesto al
alcance de
muchas más
personas la
información,
su
correspondiente
análisis y sus
consecuencias.
Son también
más los que
pueden pensar
y tener
criterio
basado en la
información.
El poder de la
información ya
no acredita al
jefe; este
debe lograrlo
por otras
razones. La
información
hoy ya no es
privada, en
algunos casos
es hasta
popular y
circula de
boca en boca.
El control
Ayer
Era
visual: el
jefe
controlaba
hasta donde le
llegaba la
vista, el oído
y un poco el
olfato...Las
variables a
controlar eran
pocas. El
plazo de
control
acababa cuando
finalizaba la
acción, en
muchas
ocasiones se
controlaba
para encontrar
un
culpable...como
si al
encontrarlo
hubiésemos
resuelto el
problema. La
mentalidad de
los
controlados
era la de no
ser
descubiertos:
las excusas
cubrían hasta
al más
espabilado. No
había actitud
de
rectificación:
cambiar estaba
mal visto.
Hacia falta un
jefe que
controlase la
actividad, los
buenos actores
estaban bien
vistos.
Hoy
Las variables
a controlar
son muchas más
porque los
riesgos
también son
mayores. Hoy
el control es
la comparación
entre lo
previsto y la
realidad, con
períodos de
control cortos
para poder
rectificar. No
interesan los
culpables, se
necesitan
colaboradores
capaces de
definir dónde
quieren ir,
que sepan cómo
medir,
analizar y
rectificar con
agilidad,
sobre la
marcha, todas
las
desviaciones,
recuperarlas y
compensarlas.
Se controla
para
garantizar el
éxito, para
coordinar los
recursos, para
aprovechar las
oportunidades
por encima de
lo
presupuestado.
Se trata de
ganar al
presupuesto,
no de
encontrar
excusas y
culpables.
Hoy ya no
caben los
buenos
actores, ya no
se miden las
apariencias,
lo prioritario
es alcanzar
los objetivos.
La motivación
Ayer
Se consideraba
que con pagar
un salario y,
de cuando en
cuando,
efectuar
alguna
demostración
de protección,
ya se estaba
motivando al
personal. Este
sentía la
necesidad de
ser escuchado,
de ser
reconocido, de
sentirse útil,
de participar,
pero todo ello
era, en
general mal
visto. El que
tenía ideas,
el que
discrepaba, se
le consideraba
molesto: el
jefe de turno
se sentía
descubierto y
tomaba
represalias.
El empleado
callado y
obediente era
el mejor; el
innovador, un
revolucionario.
Por suerte, ni
las actitudes
ni las
aptitudes que
rompen el
inmovilismo se
pueden
detener. Todos
los que no
hayan
aprendido a
motivar hoy y
olvidado las
técnicas del
pasado, estoy
seguro que ha
perdido a sus
mejores
profesionales
y se han
quedado con
los mediocres
y acomodados.
Hoy
Ya sabemos que
las personas
han de cubrir
tres tipos de
necesidades
para tener
ganas, ilusión
y en
definitiva,
para que
quieran hacer
bien su
trabajo:
-Un primer
nivel que
cubra sus
necesidades
vitales, es
decir, el
dinero.
-Un segundo
nivel que
cubra sus
necesidades de
identidad como
persona
-Un tercer
nivel que
cubra sus
necesidades de
prestigio, de
sentirse útil
Hoy en día,
estas tres
necesidades
engloban el
dinero, la
comunicación,
la formación,
las relaciones
con los
compañeros, la
participación
en las
decisiones, la
agilidad en
las
respuestas, el
reconocimiento,
el rigor, la
amabilidad,
las
comodidades en
el puesto de
trabajo y en
la empresa y
la calidad de
los detalles.
Si nuestros
antepasados
levantaran la
cabeza y
percibieran
todos los
factores que
motivan a las
personas,
seguramente
nos
considerarían
unos teóricos.
Quizá en su
época tuvieron
razón.
A los
profesionales
de hoy, más
informados,
más libres,
más seguros,
con más tiempo
para el ocio,
con más
movilidades,
con más
alternativas
profesionales,
con mentalidad
de cambio y
quizá con
menos
vocación, hay
que tratarlos
y dirigirlos
de otra
manera.
El cambio
Ayer
¿Cómo se iba a
pensar en
cambiar,
cuando los
clientes
hacían la cola
en las puertas
de las
industrias en
busca de un
coche, una
lavadora o un
tocadiscos?
Recordemos las
escapadas a
Andorra,
nuestro país
vecino, a
comprar
vajilla
Duralex.
"Cambiar,
¿para qué? si
ya nos va bien
así", se decía
entonces.
Recordemos las
resistencias
que contaron
aquellos
heroicos
especialistas
en métodos y
tiempos cuando
intentaban
mejorar la
productividad.
Lo mismo
sucedió cuando
se introdujo
la
informática,
otra guerra ya
superada. No
estaba bien
visto cambiar
ni siquiera de
trabajo. Ser
innovador era
cosa de unos
pocos
arriesgados o
modernos, en
el mal sentido
de la palabra.
Se valoraba al
empleado que
no cambiaba,
que era fiel a
lo mandado por
el patrón.
Cambiar podía
ser
considerado
una
deslealtad.
Hoy
Ya no hay cola
de clientes en
las puertas de
las fábricas:
son los
empresarios de
todas las
actividades
económicas a
través de sus
vendedores los
que hacen cola
en la puerta
del
establecimiento
de sus
clientes.
estos pueden
escoger y lo
hacen en
función de sus
necesidades,
que son
cambiantes, lo
cual obliga a
provocar un
cambio, la
reconversión
constante; de
lo contrario
acabaremos
haciendo la
reconversión
por crisis.
no basta con
las grandes
ideas
exitosas,
estas tienen
que ir
modificándose
poco a poco
con mejoras
constantes
para que la
gran idea siga
siendo válida.
Hoy se
necesitan
colaboradores
que piensen y
busquen la
mejora
constante.
Para ello
habrá que
formarles
periódicamente
para que sepan
encontrar,
escucharles de
forma
organizada,
con
constancia,
responderles
con presteza
para que se
sientan útiles
y reconocerles
el éxito para
que no
abandonen.
En definitiva,
ayer se vivía
de los
"callados con
éxito" y hoy
se triunfa
rodeado de
triunfadores
revoltosos que
buscan,
mediante el
análisis
racional y
reflexivo de
las
oportunidades
y peligros, el
cambio que
seguirá
satisfaciendo
las
necesidades de
los clientes
que, por
cierto, son
los que nos
pagan la
nómina.
La calidad
total
Ayer
Al tener
limitadas las
posibilidades
de escoger, el
cliente sólo
exigía calidad
en el
producto; con
ello se sentía
satisfecho.
Con el tiempo
llegó la
calidad en el
diseño y en
las
prestaciones.
pero,
básicamente,
cuando se
hablaba de
calidad se
pensaba en la
fábrica, es
decir, en el
producto. Así
nacieron los
controladores
de calidad.
Fíjense bien
en
"controladores":
el bueno que
controla al
malo, propio
de la
personalidad
maniquea. El
resultado fue
convivir con
los
desperdicios y
piezas
rechazadas,
cuando la
verdadera
calidad nace
en el momento
en que se
diseña y
fabrica un
producto y
quien lo hace
cree por
formación y
vocación en el
trabajo bien
hecho.
Recordemos las
"primas por
fabricar con
calidad", como
si hacerlo con
defectos fuese
producir.
Hoy
El cliente
puede escoger
y castigarnos
con el cambio,
lo que nos ha
llevado a
tener que
ampliar el
concepto de
calidad a los
servicios y a
la atención al
cliente. Aquí
ya no nos
sirven los
controladores,
hay que formar
a los
colaboradores
para llevarles
a querer la
calidad "a la
primera" y "la
calidad de los
detalles"
porque el
cliente se
deja tentar
por la
competencia en
los detalles;
hoy el cliente
ya presupone
la calidad del
producto. La
gran
revolución en
la cultura de
dirigir se
está viviendo
ahora, cuando
hay que
inculcar a
todos los
trabajadores
la idea de ver
y vivir los
detalles.
Tarea ardua y
lenta. pero
necesaria para
aquellas
empresas que
quieran tener
clientes
repetitivos.
Cuando una
empresa se
organiza para
conseguirlo,
está en el
camino de la
calidad
total;
ayer bastaba
la calidad del
producto.
Del "dueño" al
profesional
Ayer
Las empresas
eran de
pequeña
dimensión,
generalmente
dirigidas por
el mismo
dueño, que un
día se atrevió
a establecerse
por su cuenta.
En algunos
casos tenía
"encargados",
escogidos
entre sus
familiares o
entre sus
empleados más
fieles y
obedientes, a
veces los
mejores. Su
función era
controlar,
lograr que el
resto del
personal
trabajara y
hacer cumplir
las órdenes
del dueño.
A medida que
la empresa
crecía iba
surgiendo la
necesidad de
encontrar
personal que
fuese capaz de
realizar las
nuevas
funciones, y
hubo que ir
promocionando
al personal de
confianza. P
pero la
dimensión que
tomó la
empresa y la
mayor edad de
sus dueños
provocó la
necesidad de
incorporar
profesionales
en la alta
dirección: no
eran
propietarios
pero tenían
poder. Esta
situación
afectó a
veteranos de
la empresa,
generó luchas,
disgustos y
abandonos; no
podían aceptar
que después de
haber empezado
con el dueño,
hoy les
mandara un
extraño.
Hoy
Ya es habitual
que las
empresas estén
capitaneadas
por
profesionales
de la
dirección, que
tiene que
conseguir unos
objetivos y
por este
motivo son
contratados.
La figura del
dueño que
ganaba o
perdía él
solo, que
exigía y
también
protegía va
despareciendo.
El
profesional,
si no triunfa,
se juega su
puesto de
trabajo, lo
que le obliga
a ser más
riguroso,
menos
paternalista,
a rodearse,
sin demasiadas
contemplaciones,
de
colaboradores
eficaces. La
posibilidad de
"caer en
gracia al
dueño" va
menguando
porque hoy
sólo le sirve
la gracia del
éxito.
Hoy se ficha a
un profesional
porque sirve
para lo que se
le necesita, y
cuando cambia
la necesidad
probablemente
se cambiará al
profesional.
El dueño tenía
un objetivo:
su empresa; el
profesional
tiene el de la
empresa y el
suyo propio y,
a corto plazo,
no siempre
coinciden.
El tiempo
Ayer
Había menos
variables a
controlar,
menos ocio,
jornadas
laborales más
largas,
colaboradores
vocacionales.
Estar en el
taller o en la
oficina largas
horas era
habitual,
había tiempo
para todo. el
cambio no era
frecuente, no
había que
pensar en él,
ni que
dedicarle
tiempo. Todo
esto se acabó.
Ayer el dueño
trabajaba
junto con los
colaboradores.
El dueño
trabajaba para
él, no había
horarios,
confiaba en
los más
próximos. La
llegada de los
profesionales
del ocio, de
las jornadas
más cortas, ha
roto con estos
hábitos.
Hoy
En las
empresas hay
más variables
a controlar,
más personal
que dirigir,
más clientes
que
satisfacer, y
para todo ello
hace falta
tiempo y este
no se alarga
indefinidamente.
Los costes nos
limitan la
posibilidad de
incorporar más
personal, con
lo cual nos
vemos
obligados a
trabajar más
horas y a
organizarnos
mejor el
tiempo. Esta
es la solución
y por este
motivo tenemos
que enseñar a
nuestros
colaboradores
conceptos como
la
puntualidad,
el orden, el
ser breves, el
concentrar la
información,
el control,
loas técnicas
de
participación
en reuniones,
el saber
delegar, el
saber
escuchar, el
saber motivar,
el saber
evitar la
crisis, el
saber retener
a los
clientes, la
coordinación
interna y
externa. Si no
lo hacemos y
fallamos en
cualquiera de
estas
técnicas,
perdemos el
tiempo. Todas
ellas se
pueden
aprender, lo
que hace falta
es
practicarlas.
Hoy en las
empresas ya se
dispone de
métodos de
fabricación,
informáticos,
etc. que
ahorran el
tiempo, pero
se sigue
notando la
falta de
métodos de
dirigir
escritos,
públicos y
obligatorios
que nos
ahorren tiempo
y riesgos.
Cada directivo
suele tener el
suyo,
muchas veces
no compatible
con otros de
la misma
empresa, ni
con su
filosofía, ni
con la
necesidad de
conseguir
dominar las
variables que
provocan que
el cliente
repita.
La vocación
Ayer
Existían menos
posibilidades
de formarse,
había menos
ayudas
económicas.
Formarse era
el privilegio
de unos pocos.
Las materias
en las que
formarnos
también eran
escasas. Quien
quería aprende
tenía el
camino del
aprendizaje
teórico-práctico
en el propio
taller y se le
llamaba
aprendiz.
La profesión,
que pasaba de
padres a hijos
era el
conducto casi
único para
aprovechar las
escasas
oportunidades
de aprender.
Las
diversiones
eran pocas y
trabajar era
una forma de
ocupar el
tiempo.
La
dimensión de
los talleres
propiciaba
el
sentido de la
responsabilidad:
era difícil no
ser eficaz.
Eran pocos y
luchadores.
Hoy
Son tantas las
posibilidades
de distracción
que para
muchas
personas
trabajar es un
sacrificio.
Becas y
ayudas para
formación
pueden quedar
sin cubrir por
falta de
alumnos. Estos
pueden
formarse hoy
en una materia
y mañana en
otra
completamente
distinta,
teniendo
además en
cuenta que la
movilidad en
el puesto de
trabajo no
está mal
vista.
El joven, en
general,
quiere ganar
dinero, hoy
como camarero
y mañana como
almacenista;
son muchos los
que no quieren
esforzarse, no
sienten la
curiosidad por
aprender qué
aparece cuando
existe una
vocación. Esta
realidad
obliga a los
jefes a
dirigirles con
un estilo que
les motive,
que les
descubra su
verdadera
vocación, que
seguro la
tienen. Todos
tenemos la
necesidad de
ser útiles.
Hay que
cambiar la
idea de "ir al
trabajo" por
la de
"desarrollar
un proyecto".
Negociar
Ayer
Las variables
eran pocas;
las personas a
dirigir
también. En
consecuencia,
el empresario
podía "tocar"
directa y
personalmente
cada acción,
cada relación
interna y
externa.
La cultura de
ayer aceptaba
la figura del
'amo y dueño'
que, por serlo
tenía razón.
Sentía y creía
que su misión
era la de
tener razón, y
ponerla en
manos de sus
empleados. El
papel de
"pensador"
sólo le
correspondía a
él, a los
demás se les
pagaba por
trabajar.
Hoy
En los jóvenes
el sentido de
la obediencia
va
desapareciendo.
Una mayor
información,
mayor nivel,
más medios de
formación,
mayores
intereses
privados, el
incremento de
las
comodidades,
la libertad
sindical y
política, y la
mejora de los
medios
económicos,
hace que los
colaboradores
tengan sus
propios
objetivos, a
veces en
contraposición
con los de la
empresa.
Ya no se puede
dirigir
imponiendo,
por lo menos
debemos
evitarlo. Para
ello hay que
enseñar a
todos a
practicar
las técnicas
de la
negociación,
es decir,
buscar pactos,
y si no es
posible, crear
el clima para
una futura
negociación.
El concepto de
cliente -
proveedor
interno, que
nos llevará a
una búsqueda
en la eficacia
entre
departamentos,
con el único
objetivo de
que los
clientes
repitan y los
empleados
quieran, sepan
y puedan
buscar mejoras
constantemente,
no funciona
con la
imposición. |