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Trabajo infantil: grandes daños para pequeños

María Gabriela García. Licenciada en Ciencias de la Comunicación (Orientación periodismo) Universidad de Buenos Aires (U.B.A.) Facultad de Ciencias Sociales

 

 

 

El pasado 12 de junio, mientras la atención parecía ceñirse sólo a las expectativas y a la euforia que producía el Campeonato Mundial de Fútbol, se conmemoró el Día Mundial contra el Trabajo Infantil.
Desde 1919 la Organización Internacional del Trabajo (OIT) fijó en 14 años la edad mínima para el empleo en la industria y desde ahí se desprende una definición de trabajo infantil que refiere a actividades y/o estrategias de supervivencia, remuneradas o no, realizadas por niños y niñas, menores de la edad mínima requerida por la legislación nacional vigente para incorporarse a un empleo. El concepto abarca actividades visibles e invisibles, realizadas por chicos que trabajan fuera de la casa y/o ganan propinas y/o ayudan habitualmente en el trabajo a familiares o vecinos, una definición que puede ampliarse, si se incluye la actividad de atender la casa, mientras los padres están fuera del hogar.
Existen distintas posiciones con respecto al trabajo infantil. Por un lado, hay quienes tienden a generar acciones que abogan por la prevención y erradicación, y por otro, sectores que promueven su protección y promoción.
En el primer grupo se ubican organizaciones que consideran que el trabajo infantil “perpetúa el círculo vicioso de la pobreza” y que la realización de ciertas tareas por debajo de la edad mínima establecida “perjudica, obstaculiza e impide el desarrollo físico, mental, espiritual, moral o social” del niño.
La Asamblea General de las Naciones Unidas, que aprobó la Convención sobre los Derechos del Niño en 1989, junto con los Estados que adhieren a esta legislación y la OIT, integran este grupo.
Por su parte, los que postulan la protección del trabajo infantil, consideran a la actividad laboral de menores como una experiencia positiva, desde el punto de vista de la socialización, el aprendizaje y la construcción de identidad psicosocial. En ese sentido, se afirma que el reconocimiento del niño trabajador refuerza su autoestima y permite generar un proyecto de infancia alternativo.
En este sector se cuentan las organizaciones de Niños, Niñas y Adolescentes Trabajadores (NATS), que surgieron el Latinoamérica en la década del setenta y que cuentan con representantes nacionales, regionales y en algunos casos por localidad. El objetivo de estas agrupaciones es la mejoría de las condiciones de los niños que trabajan y la lucha contra la explotación.

Contradicciones numéricas

Según un Informe Global de la OIT, presentado en Brasilia, en mayo de 2006, el total de niños que trabaja a nivel mundial disminuyó en un 11 por ciento, de 246 a casi 218 millones.
A esta noticia se le sumó que América Latina fue considerada como la región que experimentó “la caída más rápida” en la cantidad de chicos que trabajan, con una disminución que va del 16 al 5 por ciento.
Sin embargo, el caso argentino remite una tendencia totalmente contrapuesta. Según la organización Save the children el trabajo infantil creció un 600 por ciento en los últimos siete años, como consecuencia de la crisis económica.
En esta misma línea, la Comisión Nacional para la Erradicación del Trabajo Infantil (CONAETI), del Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social estimó en un millón y medio el número de chicos de entre 5 y 14 años, que en zonas urbanas o rurales de la Argentina, le dedican tiempo al trabajo, en detrimento de la educación y el esparcimiento, comprometiendo su integridad física y psíquica, violándose así el artículo 32 de la Convención de los Derechos del Niño, incorporada a la Constitución Nacional en 1994, que establece que los chicos tienen derecho a “estar protegidos contra la explotación económica y contra el desempeño de cualquier trabajo que pueda ser peligroso o entorpecer su educación, o que sea nocivo para su salud o para su desarrollo…”. 

El caso argentino

La pregunta por las causas del ingreso temprano al trabajo desemboca en una obvia respuesta: la pobreza. Aunque también influyen otros factores también relacionados, tales como la desocupación adulta, el trabajo en negro, la prostitución, la pornografía infantil y cuestiones culturales que tienden a naturalizar una situación muy arraigada desde la tradición.
El vínculo que une al trabajo infantil con los sectores menos beneficiados, que no pueden asegurarse la satisfacción de las necesidades básicas, es sumamente estrecho.
En Argentina las estadísticas más actualizadas parten de los datos relevados por el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), que trabajó con la definición restringida de trabajo infantil, para luego agregarle las mediciones correspondientes a tareas domésticas.
De esa forma el Programa Proniño arroja cifras que indican que en las áreas urbanas existen 1.232.852 chicos de entre 5 y 14 años trabajando y en las rurales, 271.074, lo cual da un total de 1.503.926 menores comprometidos en crecimiento y desarrollo.
El tiempo robado a actividades educativas y de esparcimiento es muy variado. No hay datos exactos, pero sobre una muestra de 200.000 menores, relevados en Buenos Aires y seis provincias, la OIT elaboró un informe a fines de 2004, que sostiene que en promedio, los chicos trabajan 7 horas por semana, pero uno de cada 5 niños le dedica a actividades laborales 10 horas o más. Además uno de cada 10 lo hace de noche.
En la venta en la vía pública, el cuidado de personas o la realización de tejidos, se distinguen las niñas y en la recolección de papeles y cartones, cortar el pasto y hacer mandados, los niños.
Si bien el 97 por ciento de los menores encuestados asiste a la escuela, el 18.7 registra llegadas tarde frecuentes, el 19.8 inasistencias reiteradas y el 29.7, repetición de año o grado. Estos valores se reducen a la mitad en chicos que no realizan actividades laborales.
Al limitado acceso a la educación que reciben los niños que trabajan, se le unen los daños a la salud física y psíquica ocasionados por jornadas extensas, tareas realizadas en lugares nocivos tanto en la ciudad como en el campo, que los someten a iluminación insuficiente, sobreexposición a radiaciones solares, contacto con sustancias tóxicas, riesgo de accidentes de tránsito, etc., además del pago inadecuado, estrés físico y social y explotación sexual.
La realidad argentina plantea la existencia de un amplio y vulnerable sector de niños que trabaja y que obtiene ingresos mínimos, al mismo tiempo que registra daños irreparables en su integridad. El trabajo infantil es una problemática que no contribuye a generar una cultura del trabajo basada en la dignidad del ser humano.

Fuentes consultadas
∙ Programa Proniño: www.pronino.com.ar
∙ Comisión Nacional para la Erradicación del Trabajo Infantil (CONAETI), del Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social: www.trabajo.gov.ar/conaeti/
∙ Organización Internacional del Trabajo (OIT): www.ilo.org/public/spanish/
∙ Programa InFocus sobre el Trabajo Infantil – IPEC: www.ilo.org/public/spanish/standards/ipec/

∙ Organización de Estados Iberoamericanos (OEI): www.oei.es
∙ Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF): www.unicef.org/spanish
∙ Portal Educativo argentino EDUCAR: weblog.educ.ar/

Palabras claves: Trabajo infantil
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