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Consideraciones
sobre el
mercado
laboral en
Argentina
por
María Elba
Carlino (Licenciada
en Psicología
egresada de la
Universidad de
Buenos Aires.
Actualmente se
desempeña como
docente en
Introducción a
la Sociología
del Ciclo
Básico de la
UBA)
y Marta
Pissano
(Licenciada
en Sociología
egresada de la
Universidad de
Buenos Aires,
docente de
Introducción a
la Sociología
del Ciclo
Básico de la
UBA, ex
docente de la
Universidad
Nacional de
Lomas de
Zamora. Ha
trabajado en
temas
relacionados
con minoridad
y familia.)
En: Alicia
Iriarte (Compil.),
Sur,
Menemismo y
Después,
Argentina,
Ediciones del
Signo, 1998,
pp. 97-122
El presente
trabajo
intentará
caracterizar
el mercado
laboral en la
Argentina, en
la década del
noventa. Para
el logro de
este fin se
harán algunas
referencias
acerca de su
evolución en
nuestro país
durante el
último medio
siglo.
Tomaremos a
tal efecto
tres grandes
períodos.
1940-1975
Pleno empleo
1975-1991 Período de
transición
1991-hasta nuestros días.
Desocupación estructural.
El desempleo debe ser
considerado en un contexto
de largo plazo, que tenga
en cuenta rasgos
históricos asumidos por la
especial conformación del
mercado local.
Intentaremos un abordaje
de la evolución del
mercado de trabajo en
nuestro país, durante el
último medio siglo,
tratando de hacer hincapié
en la última década, la de
los noventa.
Primer período – 1940
-1975
Como consecuencia de la
gran crisis mundial de
1930, la Argentina debe
abandonar el modelo
agroexportador que
hegemonizado por los
grandes terratenientes de
la pampa húmeda, había
presidido su
desenvolvimiento desde
fines del siglo XIX. Se
inicia entonces un proceso
de desarrollo basado en la
industrialización
sustitutiva de
importaciones que habría
de perdurar casi 50 años,
con estrategias distintas
en cada momento histórico.
El país
gozó de una situación de
pleno empleo hacia los
comienzos de la década del
´40, quedando así de lado
la desocupación que
alcanzó niveles
distintivos en la década
anterior. Las
restricciones impuestas
por la Segunda Guerra
Mundial fueron la causa
más importante del cambio.
La demanda fabril se había
convertido en el motor del
pleno empleo en el marco
de una política de
sustitución de
importaciones, generando
un proceso que se
retroalimentaba a sí
mismo, la plena ocupación
demandaba bienes de
consumo y exigía mayor
producción local para
satisfacerla. El Censo
Industrial de 1946 puso en
evidencia la incorporación
de medio millón de
trabajadores en el sistema
fabril, en relación al
censo de 1935. El pleno
empleo se expresó también
en el aumento de la
población ocupada
acompañado por el avance
de la organización
sindical. El sindicalismo
se
organizó
por ramas y se estructuró
verticalmente en una
central única, la CGT,
cuyo poder residía
fundamentalmente en el
fenómeno de pleno empleo.
Recordemos que el quiebre
del modelo de sustitución
de importaciones afectó
profundamente el rol del
Estado y con él, la
inserción política de los
sindicatos. En la medida
que el Estado jugaba un
papel central en la
distribución del ingreso
entre sectores y en la
medida que la expansión
industrial estaba en la
base del crecimiento del
empleo, la articulación de
los sindicatos con el
Estado les aseguraba la
posibilidad de intervenir
en la puja distributiva al
mismo tiempo que se
fortalecía su base de
afiliación. Pero además,
la puja sectorial de
ingresos posibilitaba a
los sindicatos alinearse
junto a los industriales
contra el agro, y con ello
sostener un modelo
político que puede ser
considerado como un modelo
de alianza de clases a
través del Estado,
constitutivo de la
tradición política
peronista.
En este modelo los
sindicatos podían a la vez
apoyar políticas estatales
tendientes a favorecer a
los industriales, ya que
indirectamente los
favorecían por ser
compatibles con el aumento
de salarios, y resignar en
parte la confrontación de
clases, a través de una
integración con el Estado
en la cual la relación con
el adversario de clase,
devenía en una
complementación funcional.
Esta situación singular
difería considerablemente
del rol de los sindicatos
en el modelo
agroexportador
prevaleciente hasta la
década de los ´30.
En 1958 accede al poder un
nuevo bloque constituido
por la alianza de la
burguesía industrial
nacional y el capital
extranjero, corporizado
este último por grandes
empresas transnacionales
norteamericanas que
afluyen entonces al país
en magnitudes
significativas. Este nuevo
modelo de acumulación fue
impulsado por el gobierno
civil del Dr. Arturo
Frondizi. (1958-1962)
El mercado
de trabajo se
caracterizaba por una
oferta excedente de
trabajo calificado y una
demanda excedente de no
calificado (obreros de la
construcción, servicio
doméstico, etc.) que
explicaría la inmigración
de mano de obra de baja
calificación desde otros
países limítrofes.
Si se compara la situación
de Argentina con la del
resto de América Latina,
se observa que los niveles
de empleo y subempleo son
menores debido a un ritmo
de crecimiento de la PEA
mucho más lento que en
otros países de la misma
región. La reducción
continua de la
participación de los
jóvenes en la PEA, el
retiro masivo y más
temprano de la oferta de
trabajo, a medida que se
amplían la cobertura de
beneficios jubilatorios y
el incremento de la tasa
de participación femenina,
que asciende del 23% en
1960 al 27% en 1980, se
combinaron con la tasa
relativamente lenta de
crecimiento de la
población, de modo que la
oferta de empleo se fue
ajustando a las
condiciones de la demanda.
La
importante inserción de
trabajadores en la
manufactura fue acompañada
por el avance de la
organización sindical. Las
reivindicaciones obreras
cobraban fuera, por la
alta demanda de mano de
obra, más que por el
activismo puramente
sindical.
Debemos decir como dato
ilustrativo que el sistema
de relaciones laborales
desarrollado en este
período, en nuestro país,
fue el llamado modelo
fondista-taylorista que se
consolidó entre 1950 y
1975, y cuyas
características
fundamentales fueron:
- Alto grado de
intervención y regulación
estatal.
-
Fuerte centralización de
la negociación colectiva
por rama de actividad.
- Predominio de categorías
profesionales.
-
Salarios basados en
paritarias.
- Tipos de organización en
el trabajo (ritmos de
trabajo y niveles de
producción).
Después de 1960 la
industria local pierde su
eje hegemónico en cuanto a
la generación de nuevos
empleos, en cambio, el
grupo cuentapropista
duplicó su participación
en el mercado del trabajo
urbano durante este
período. Este grupo
disponía de un ingreso
promedio más elevado que
el percibido por los
asalariados, continuidad
en sus actividades,
integración elevada en el
medio social y
pertenencia a los
sectores medios por sus
ingresos y sus pautas de
conducta.
Se puede afirmar que la
industrialización
sustitutiva del modelo
desarrollista dejó impresa
en la estructura
productiva una capacidad
del sector industrial para
liderar el crecimiento
económico global, pero
esto se acompañó por una
débil capacidad de
creación de empleo en este
sector. Por consiguiente
la fuerza de trabajo se
dirigió hacia sectores de
menor productividad como
la construcción y el
sector terciario.
Período
–1975-1991: llamado
“período de transición”
A nivel internacional es
importante tener en cuenta
la crisis petrolera de
1973, generada por el
aumento en el precio del
barril de petróleo puro
dispuesto por los países
miembros de la OPEP.
Las consecuencias de esta
crisis se evidenciaron en
nuestro país, es así que
el modelo tradicional del
funcionamiento de la
economía
(industrialización por
sustitución de
importaciones) sucumbió en
1975 bajo un poderoso
shock inflacionario, que
continuó con diversos
altibajos durante varios
años. A estas condiciones
económicas se le agrega el
golpe de estado de 1976,
en el campo político.
Puede caracterizarse al
nuevo bloque dominante
como una alianza entre el
estamento militar y el
segmento más concentrado
de la burguesía nacional y
de las empresas
transnacionales. El
programa de este gobierno
militar cambió las
orientaciones de
industrialización
sustitutiva que en sus
variantes
distribucionistas o
concentradoras habían
estado vigentes desde
1930.
En este
período de transición la
inflación registró un
promedio superior al 300%
anual. Los salarios
experimentaron una
reducción mayor a la
registrada en la etapa
anterior, el salario
promedio
se redujo alrededor de un
30% entre 1974 y 1977. La
lenta reducción del ritmo
inflacionario a partir de
1979 permitió una mejora
pausada del salario real.
La política económica del
Ministro de Economía de la
citada dictadura militar,
Martínez de Hoz,
posibilitó la acumulación
de una deuda enorme que se
tradujo en una profunda
crisis. Las políticas
oficiales se encontraron
acotadas por el peso de la
deuda y sus intereses, la
presión de los acreedores,
la escalada inflacionaria
y la fuga de los agentes
económicos hacia las
operaciones financieras en
desmedro de las
productivas. En este
período la industria y las
empresas del sector
público fueron expulsoras
netas de mano de obra. Sin
embargo, no se incrementa
la desocupación sino el
cuentapropismo (que
utilizó como capital las
indemnizaciones recibidas
por parte del Estado y de
las empresas privadas).
El desempleo pasa del 4.6%
en la década del 70 al
6.2% en la del 80.
A pesar de que la economía
no creció, la PEA aumentó
en 2.3 millones de
personas en la década del
80, la tasa de empleo
subió del 36% al 40%, ese
aumento estuvo impulsado
por el regreso a la
actividad del estrato de
mayor edad, en busca de
alivio frente al deterioro
de los beneficios
jubilatorios y el alza de
la tasa de participación
femenina que pasó el 27%
al 40%.
La participación de los
asalariados en la PEA
total cayó del 72% que
registró en el período de
posguerra hasta el 65% en
1991. La población que se
autoemplea -cuentapropista-
saltó del 28% al 35%. La
menor cantidad de
asalariados industriales y
la reducción relativa de
los asalariados en la
totalidad de la PEA, se
reflejó en la caída de
peso relativo de los
sindicatos y en la erosión
del poder de negociación
de los trabajadores.
En términos estructurales
el período de transición
iniciado en 1975 finalizó
a mediados de 1989, la
hiperinflación fue el
momento de quiebre.
Período
1991 hasta el presente
El registro de altas tasas
de desocupación en
Argentina constituye el
fenómeno del mercado del
trabajo, más significativo
en la época actual. Una de
las causas de la
desocupación es la
reducción del número de
asalariados que se operó
sistemáticamente en
diferentes ámbitos. El
gobierno redujo al mínimo
posible la inversión
pública, fuente generadora
de empleo. En el sector
privado se llevó a acabo
una intensa
racionalización de
personal bajo la presión
de la apertura económica y
la competencia de los
oferentes del exterior.
Algunas ramas productivas
cerraron en forma masiva
como por ejemplo la
electrónica de consumo y
textiles. El Censo
Industrial 1994 mostró que
este sector (el sector
privado) perdió el 22% de
su personal respecto del
de 1985.
En lo referente al sector
servicios, sólo unos pocos
incrementaron su demanda
de empleo, la mayoría
enfrentó cambios
operatorios, el pequeño
comercio se encuentra
sometido a la presión de
los hipermercados.
La modificación de las
condiciones del mercado de
trabajo generaron un
aumento de la precariedad
del empleo que se mide por
la cantidad de horas
trabajadas, por la
duración de los contratos
de trabajo o por la
observancia de las normas
legales. Hacia 1992 cerca
del 40% de los asalariados
trabajan en empresas que
no cumplen con las leyes
sociales. Signos evidentes
de las tendencias
objetivas a la
flexibilización laboral.
La solución tradicional a
la amenaza del desempleo
era el cuentapropismo. El
desempleo aumentó de modo
continuo desde el
lanzamiento del Plan de
Convertibilidad: del 6% en
1991 pasó al 7% en 1992, y
a 9.1% en 1993; el 12.1%
registrado en 1994 tendió
a ser ignorado por la
mayor parte de los
observadores hasta que el
18.1% de 1995 registró el
punto de inflexión. Para
una PEA estimada en
12.500.000, esta tasa
significa una cifra
superior al millón de
desocupados.
Las tasas de desocupación
que acabamos de citar son
las más elevadas que se
hayan registrado en la
Argentina e indican la
emergencia de la
desocupación como un
problema estructural.
Esto es una novedad para
una sociedad que,
históricamente, concebía
la desocupación a lo sumo
como un problema
coyuntural, en términos
globales, o acotado a
situaciones específicas
del norte o el litoral del
país.
Este cambio de modelo se
refleja en los niveles
salariales y en la
flexibilización de las
condiciones de trabajo; el
deterioro y la pérdida de
ingresos de amplios
sectores sociales tiene
una incidencia directa
sobre la salud y la
educación, imprescindibles
para una calidad de vida
adecuada.
En los últimos seis años
el aumento anual de
ocupados estuvo compuesto
por subocupados, lo cual
nos remite a la
precariedad de las
condiciones del mercado
laboral.
El 60% del nuevo empleo es
definido como una suerte
de “ocupación disfrazada”
y el 40% restante tampoco
son asalariados plenos, de
acuerdo a los datos del
Ministerio de Trabajo
entre mayo y septiembre de
1997 sólo se registraron
12.056 nuevos trabajadores
con aportes jubilatorios.
Es sabido que los puestos
de trabajo para ser tales
deben reunir permanencia y
calidad porque la
transitoriedad puede dar
un buen guarismo en un
momento y desfavorables
sorpresas en las encuestas
próximas.
Sólo la tercera parte de
la fuerza laboral trabaja
8 horas diarias ó 45 horas
semanales.
(INDEC-ENCUESTA 1997) Las
cifras oficiales indican
que las personas
sobreocupadas suman
1.891.613, casi el 42% de
los trabajadores ocupados.
El 36% de los asalariados
está en negro, ganan un
40% menos que los
trabajadores blanqueados.
El 14.3% están
desocupados. El 13.1%
subocupados.
Desde 1990
se viene verificando un
aumento del número de
personas que no trabajan,
que trabajan poco o que
trabajan mucho. Mientras
caen los ocupados con
jornadas laborales
normales.
En
relación a octubre de 1990
se registran 370.000
desocupados; 320.000
nuevos subocupados y
175.000 sobreocupados más.
En cambio disminuyeron en
220.000 personas los
ocupados de 45 horas
semanales.
Esta
paradoja laboral puede ser
analizada teniendo en
cuenta las siguientes
situaciones:
- Un
número mayor de personas
trabaja más horas para
compensar al menos
parcialmente la pérdida de
ingresos. En la década del
80 se atribuyó este hecho
a los empleados públicos,
ahora tras las
privatizaciones parece ser
un rasgo del empleo
privado.
- La
flexibilidad laboral de
hecho o de derecho cambió
el ritmo laboral. Así ante
una suba de la producción
las empresas se inclinan
por aumentar las horas al
mismo plantel, antes que
tomar nuevos trabajadores;
es además la condición
para la inversión de
capitales.
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La agudización del
proceso de
flexibilización
laboral contribuye a
la desocupación,
subocupación y la
sobreocupación,
tornándose de este
modo funcional al
modelo neoliberal.
Ya que con ella se
consigue adaptar la
fuerza laboral a las
empresas
transformadas, en
las que la
introducción de
tecnología facilita
la polivalencia
funcional.
Este concepto lleva
necesariamente a
comprender nuevas
formas de
organización del
trabajo, pero de
ningún modo a la
creación del mismo.
El análisis de las
características del
mercado laboral se
refiere tanto a la
cantidad de
desocupados como a
las condiciones en
que se desarrollan
sus actividades
aquellos que
disponen de un
empleo. Los
trabajadores que
manifiestan
disconformidad con
sus trabajos,
subocupados y
sobreocupados en el
área metropolitana
superan los 2.5
millones. Triplican
a los 754 mil
desempleados en
dicha zona que
registra el INDEC.
De acuerdo a los
registros de dicho
organismo oficial,
en octubre último,
el 25,7% de los
ocupados en esta
área estaban
buscando otra
ocupación. Los
especialistas
asocian este
fenómeno con las
bajas remuneraciones
ofrecidas y con la
necesidad de
completar ingresos
con otra actividad.
Otro
aspecto interesante
a tener en cuenta en
este modelo
económico es la
situación de los
sobreocupados que
alcanzan a casi 1.9
millón de personas,
173 mil más que las
registradas en el
año 1996. También
aumentó el número de
los que trabajan más
de 62 horas
semanales que en la
actualidad suman 635
mil personas, 24 mil
más que en 1996,
representan el 14.1%
del total de
ocupados de la
región, casi una
cada 6 personas.
Un análisis sobre la
calidad de los
puestos de trabajo
generados surge de
los niveles de
instrucción
requeridos. En el
último semestre de
1997 unos 128 mil,
poco más del 70% del
total de nuevos
ocupados en el área
metropolitana, son
personas que sólo
tienen instrucción
primaria.
Los programas de
empleo subsidiados
por el Ministerio de
Trabajo o los planes
de trabajo público
de la provincia de
Buenos Aires no se
discriminan
especialmente y en
las tablas del INDEC
figuran como “otros
servicios”, al igual
que el resto de los
empleados públicos.
Todas estas
“modalidades de
trabajo” financiadas
por el Estado, por
un lapso de tres a
seis meses,
corresponden a
tareas sencillas que
son cubiertas por
trabajadores no
calificados. Ello
podría explicar el
aumento de empleo de
baja calificación,
que modificó la
norma de años
anteriores, de
acuerdo a la misma
crecía más la
ocupación entre
trabajadores de alta
formación debido a
mayor selectividad
de los empresarios
en un mercado
sobreofertado.
Gran parte de los
nuevos empleos en
Capital Federal y
Gran Buenos Aires
son transitorios, ya
sea porque están
asociados a trabajos
financiados por el
Estado o bien porque
surgen en los
sectores más
informales. Las
categorías “otros
servicios” que
incluyen los
personales y
“servicio doméstico”
explican en conjunto
el 62% del total de
los puestos de
trabajo creados
entre mayo y octubre
de 1997.
Eduardo Galeano
al referirse a las
condiciones
laborales expresa lo
siguiente… “Este fin
de siglo está
rifando las
conquistas laborales
del siglo entero…
Estos derechos
laborales legalmente
obtenidos,
consagrados como
universales habrían
sido en otros
tiempos frutos de
otros miedos, los
miedos del poder…
Pero el poder
asustado de ayer es
el poder que hoy por
hoy asusta para ser
obedecido”.
El
nuevo modelo de
acumulación y el
mercado de trabajo
en la Argentina de
los ‘90
El
mercado de trabajo
Para
enfrentar los
problemas económicos
heredados del
período 1973-1983,
la crisis de la
deuda externa, la
inflación recurrente
y las persistentes
dificultades de la
balanza comercial,
después de 1984 se
pusieron en marcha
sucesivos programas
de estabilización
que no tuvieron
éxito duradero.
Algunos de estos
programas
introdujeron
estrategias
novedosas, pero
recién el programa
económico que se
inició en 1991, si
bien comparte varios
aspectos con el del
ministro de Economía
Martínez de Hoz,
implicó cambios
drásticos en las
reglas del juego
tradicionales en la
Argentina,
implementados en
forma coherente y
sistemática.
Este
programa acordado
con el FMI se basa
en: la
desregulación, tipo
de cambio fijo,
estricto control de
la emisión monetaria
y una base monetaria
respaldada por
reservas
internacionales, la
apertura de la
economía a las
importaciones
extranjeras y el
control del déficit
fiscal. Dicho
programa descansa
sobre un vasto
operativo de
privatizaciones, de
reforma del estado,
cambios en
la estructura
tributaria, en
particular la
generalización y
aumento del impuesto
al valor agregado
y una más decidida
persecución a los
evasores
impositivos.
Uno
de los objetivos del
programa, logrado en
1992, fue la
incorporación de la
Argentina al plan
Brady para la
renegociación de la
deuda externa.
Las políticas
aplicadas tuvieron
fuertes impactos,
tanto positivos como
negativos, en un
plazo relativamente
corto. Se logró la
estabilización de
precios. Las altas
tasas de interés
garantizaron un
importante flujo de
capitales externos
que contribuyó a
mantener la tasa de
cambio fijada. El
PBI creció
rápidamente en 1991
y 1992 aunque ya
hacia 1993 se había
desacelerado algo la
tasa de aumento. Se
incrementó la tasa
de inversión. Como
contrapartida se
amplió rápidamente
el déficit de la
balanza comercial a
raíz de la explosión
de importaciones,
incentivadas por la
apertura comercial y
la tasa de cambio
fijada por el plan
de convertibilidad.
Este programa afectó
indudablemente
también al mercado
de trabajo y a la
distribución del
ingreso. Estos
efectos han sido
evaluados
positivamente por
comparación con la
situación de 1989;
frente a la
coyuntura más
crítica, recesiva e
hiperinflacionaria,
el empleo, los
salarios y la
distribución del
ingreso habrían
mejorado. Sin
embargo ese año
significa un punto
singular en la
historia argentina
posterior a 1976.
La comparación con
el período de máxima
recesión podría ser
válida en un primer
momento para evaluar
la emergencia de la
crisis, pero deja de
tener sentido tres
años y medio después
de aplicadas las
nuevas políticas.
En el año 1991 se
profundizaron
algunas de las
tendencias negativas
en el empleo,
nuevamente en un
momento de
crecimiento de la
oferta de fuerza de
trabajo. Continuó el
retroceso del empleo
en la industria
manufacturera,
afectada ahora por
la liberalización
comercial., la tasa
de cambio fija y los
subsiguientes
cambios
–continuación de
concentración,
innovación técnica y
organizacional
efectuado para
lograr una mayor
competitividad
aumentando la
eficiencia
productiva.
El empleo en la
industria en 1993
toca su punto más
bajo, en Buenos
Aires la absorción
relativa de
trabajadores
asalariados por
parte de la
industria declinó
del 28% en 1991 al
25% en 1994.
El programa
económico de
1991-1994 también
incidió sobre los
salarios y la
distribución del
ingreso. La tasa de
ganancia, la
apertura comercial y
la tasa de cambio
fija impusieron
límites inamovibles
a los incrementos
salariales,
admisibles en el
sector privado en
especial en la
industria que
compite con las
exportaciones en el
mercado local. Las
decisiones acerca de
la asignación del
gasto público, el
objetivo de
controlar el déficit
fiscal impidió el
aumento de salarios
en el sector público
y el de las
jubilaciones del
sistema estatal.
Entre
1991-93 se
impusieron nuevas
limitaciones a los
aumentos salariales,
-acuerdos por
productividad-, en
el marco de la
vigencia de la
negociación
colectiva. Esta
política descansa
sobre
la
noción de que los
incrementos
salariales
desencadenarían
nuevamente un
proceso
inflacionario y que
un aumento del costo
salarial erosionaría
la ya escasa
competitividad de
las exportaciones
industriales.
El éxito del plan
“de estabilización”
de 1991 en detener
el proceso
inflacionario,
contribuyó a mejorar
la capacidad
adquisitiva de los
salarios en
comparación con los
años inmediatamente
precedentes. Sin
embargo, la libre
negociación de los
salarios, la
subordinación de los
sindicatos al Estado
a través de la
cooptación de
importantes líderes
sindicales,
posibilitó la
emergencia de una
actitud pasiva
frente a la pérdida
de los ingresos.
Algunas
consecuencias del
nuevo modelo
Impacto de la
subocupación y la
desocupación sobre
la actividad
sindical
La
subocupación y
diversas formas de
precarización
laboral, como el
trabajo “en negro”
no registrado
legalmente, afectan
sobre todo los
recursos sindicales,
ya que las
organizaciones
gremiales no pueden
percibir cuotas de
asociación o
contribuciones y
aportes de
trabajadores y
empresarios para las
obras sociales.
La desocupación en
cambio, afecta sobre
todo la capacidad
sindical de elaborar
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