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Formación de
los Recursos
Humanos y
Competencia
Laboral
por
Agustín
Ibarra Almada
Secretario
Ejecutivo del
CONOCER
Consejo de
Normalización
y
Certificación
de Competencia
Laboral de
México.
aybarra@conocer.org.mx
El presente
artículo
constituyó
originalmente
una
conferencia
dictada por el
autor en el
VII Congreso
latinoamericano
de
innovaciones
educativas, en
la Universidad
de las
Américas,
Puebla,
México, marzo
de 2001. Por
un lado, se
aborda el tema
de los nuevos
requisitos en
materia de
formación
profesional de
la mano de
obra, que
surgen como
resultado de
la innovación
tecnológica y
de las nuevas
formas de
organización
del trabajo y,
por otra
parte, se hace
una
presentación
del
funcionamiento,
las
actividades
desarrolladas
y los logros
alcanzados por
el Consejo de
Normalización
y
Certificación
de Competencia
Laboral
(CONOCER) de
México.
Tendencias de
Cambio en las
Organizaciones,
el Trabajo y
la Educación
Entre las
principales
tendencias de
cambio que se
han observado
en la mayoría
de los países
durante los
últimos años,
destacan las
que se
refieren a los
cambios
tecnológicos y
sus efectos
sobre la
organización
de la
producción y
el trabajo, la
globalización
económica y la
creciente
competencia
por los
mercados, las
cuales se
manifiestan de
manera
heterogénea,
compleja y
dinámica,
tanto entre
países como
entre sectores
productivos, e
incluso entre
grupos
específicos de
población, por
lo que es
necesario
analizar las
formas en que
se expresan
dichas
tendencias
y cómo se
definen las
políticas y
estrategias
para
aprovechar las
posibilidades
que ofrecen
para mejorar
el bienestar
social y
contrarrestar
los efectos
que puedan
erosionar aún
más el nivel
de vida de las
personas, en
función de las
características
económicas y
sociales de
cada país, en
particular los
de la región
latinoamericana.
Estos cambios
se explican en
virtud de que:
i) la
emergencia de
nuevas
tecnologías y
la velocidad
en que éstas
aparecen y se
transforman,
se han
vinculado
también con
las nuevas
exigencias
de formación y
desarrollo de
recursos
humanos, y con
la
obsolescencia
y el cambio en
las
ocupaciones;
ii) el
surgimiento de
nuevos actores
en la economía
ha determinado
que ya no se
compite solo
hacia dentro
de cualquier
país, sino que
las economías
se encuentran
inmersas en
este mundo
globalizado e
interrelacionado,
propiciando la
competencia
con nuevos
actores y
exigiendo a
las empresas
mayor calidad
y
productividad,
así como el
desarrollo de
nuevas
estrategias
competitivas;
y, iii) el
creciente
poder de los
mercados ha
propiciado la
falta de
sincronización
entre el
desarrollo de
la economía y
el empleo en
los países,
así como
cambios en la
demanda con
ciclos más
cortos de vida
de los
productos, lo
que exige a
las empresas
la atención de
nuevas y
cambiantes
necesidades de
los
consumidores.
El acelerado
avance
tecnológico se
plantea por
igual tanto en
naciones
desarrolladas
como en países
emergentes o
de reciente
industrialización,
al igual que
en empresas
grandes,
medianas
y pequeñas,
así como en
toda la
diversidad de
sectores de
las economías
que van desde
el agrícola al
industrial,
pasando por el
de servicios y
el educativo.
Hoy en día, el
cambio
tecnológico se
caracteriza
por ser
integral, ya
que, además de
generar nuevos
dispositivos
técnicos, se
crean y
aplican formas
novedosas de
organización y
gestión de la
producción y
el trabajo,
como son los
sistemas “just
in time”,
estrategias de
calidad total
y mejora
continua,
reingeniería
de procesos,
las prácticas
del
“outsourcing”
o el “benchmarking”,
y el
desarrollo de
proveedores
como medios
para crear
versatilidad y
agilidad
frente a los
cambios.
Asimismo, se
desarrollan
procesos de
integración
como alianzas
estratégicas e
investigación
y
comercialización
de productos
conjuntos que,
además de
contribuir a
la creación de
demanda,
inciden en las
decisiones de
inversión,
incluyendo las
extranjeras,
que son
indispensables
para la
generación de
fuentes de
empleo. Otro
factor de
cambio se
refiere a las
tendencias de
la
transformación
mundial, las
cuales giran
en torno al
cambio de una
economía de
oferta a una
de demanda; de
una producción
basada en la
escala a una
de tipo
flexible y
diversificada;
y, de grandes
corporaciones
centralizadas,
a empresas
autogestionadas
y con mayor
capacidad y
velocidad de
respuesta a
los cambios en
la demanda y a
la
identificación
y desarrollo
de
nichos de
mercado, pero
también, más
vinculadas a
los grandes
centros de
producción en
el mundo.
Por su parte,
los
principales
cambios en los
procesos
productivos se
refieren al
tránsito de
una producción
en serie, a
una producción
diferenciada;
de la
especialización
del trabajo, a
la
polivalencia y
la
multifuncionalidad;
del puesto de
trabajo, a la
organización
en redes y
equipos
autodirigidos;
y, de las
actividades
repetitivas y
rutinarias, a
la innovación
y creatividad
del trabajador
para
participar en
el análisis y
solución de
problemas
relacionados
con la
calidad, así
como en la
interacción
con otros
trabajadores y
en la toma de
decisiones. De
esta manera se
ha generado
una nueva
estructura
industrial en
el mundo,
caracterizada
por la
“descorporatización”
o núcleos de
negocios
capaces de
innovar y
adaptarse para
responder a
las cambiantes
demandas del
mercado.
En
consecuencia,
la
transformación
de los
procesos
productivos no
solo requiere
de equipos y
tecnología de
punta para
aumentar la
productividad,
sino también
de nuevas
formas de
gestión,
organización,
capacitación y
desarrollo de
los
trabajadores,
que propicien
el uso
racional y
eficiente de
los recursos y
estimulen el
potencial
creativo e
intelectual de
todos los
integrantes de
la
organización.
En ese
sentido, una
estructura
organizacional
basada en
puestos de
trabajo
implica que el
trabajador
debe seguir
determinados
patrones de
producción y
estrictos
manuales
de
procedimientos,
los cuales se
traducen en
una serie de
actividades
repetitivas y
rutinarias. En
cambio, en un
modelo de
operación
flexible y
dentro de una
estrategia de
mejora
continua, el
individuo debe
demostrar
habilidad y
capacidad para
aportar
experiencia y
conocimientos,
así como para
participar en
la
identificación,
análisis y
solución de
los problemas
que merman la
calidad y
productividad
en el centro
de trabajo.
Así, la
organización
basada en la
especialización
y en el puesto
de trabajo se
transforma en
una estructura
de redes y
equipos de
alto
desempeño,
capaces de
innovar,
aprender y
aportar
soluciones
creativas e
inteligentes a
los problemas
de la
actividad
productiva.
Como se
mencionó,
estas
tendencias de
cambio se
observan en
todo el mundo,
pero
particularmente
en los países
latinoamericanos
coexisten con
estrategias
económicas,
tecnologías y
procesos
productivos y
organizacionales
todavía muy
anticuados y,
en muchos
casos,
obsoletos, lo
que polariza
sus impactos,
limitando la
modernización
de la región y
su plena
inserción
competitiva en
los mercados
globalizados,
así como el
desarrollo
social
sostenido e
incluyente.
Por lo
anterior, es
necesario
comprender
estos cambios,
asimilarlos,
adaptarlos y
aprovechar sus
ventajas para
propiciar
mejores
condiciones de
vida y de
trabajo, lo
que conlleva a
la
transformación
de las
relaciones
laborales e
impacta en la
competencia
laboral de los
individuos.
El nuevo
modelo de la
competitividad
El nuevo
modelo
productivo
gira en torno
de la
importancia y
revaloración
que se dé al
trabajo
humano, ya que
se basa no
solo en la
capacidad
física del
individuo,
sino en su
potencial,
inteligencia,
conocimiento y
creatividad,
así como en
sus
capacidades de
adaptación a
los cambios,
de innovación
y de
aprendizaje
continuo a lo
largo de toda
su vida
productiva.
Los procesos
de cambio en
la economía y
la tecnología
están
reafirmando la
relevancia de
la educación
integral y
permanente del
hombre, lo que
implica
estudiar a
profundidad
las
estrategias
que vienen
aplicando los
países que han
logrado
mayores
ventajas
competitivas
en el mundo y
aprender de
sus
experiencias
en cuanto a
productividad,
pero,
fundamentalmente,
en la
administración
y formación de
sus recursos
humanos.
No obstante
que las bases
tradicionales
del éxito
competitivo se
han
transformado,
lo que aún
permanece en
los países
latinoamericanos,
como factor
esencial de
diferenciación,
es su cultura
histórica y el
papel que en
ella
desempeñan los
trabajadores.
La
transformación
productiva
implica que
los países de
América
Latina, y en
estricto apego
a sus valores
y tradiciones
históricas,
construyan una
nueva cultura
laboral y
empresarial de
competitividad,
a través de la
formación y
desarrollo de
recursos
humanos que
sienten las
bases para un
nuevo consenso
libremente
alcanzado por
los sectores
de la
producción, y
que, al mismo
tiempo,
proporcione a
los países los
niveles de
productividad
y
competitividad
que les
permitan
iniciar el
nuevo milenio
con la
fortaleza que
demandan el
cambio
tecnológico y
organizacional,
así como
responder al
reto de
alcanzar un
mayor
desarrollo,
con más y
mejores
empleos
adecuadamente
remunerados y
humanamente
satisfactorios.
La experiencia
de las
empresas con
éxito
competitivo
indica que es
necesario
modificar la
forma de
pensar en
cuanto a la
fuerza laboral
y el empleo.
Significa
lograr el
éxito
trabajando con
las personas,
no
reemplazándolas
o limitando el
alcance de sus
funciones, y
considerar a
los recursos
humanos como
una fuente de
ventaja
competitiva y
no tan sólo
como un costo
a minimizar o
evitar. Las
empresas que
aceptan esta
perspectiva
diferente son
las que están
en mejores
posibilidades,
no solo de
permanecer en
el mercado,
sino también
de competir
con éxito en
el mundo
globalizado.
En ese
sentido, el
perfil de
calificaciones
también está
cambiando. Hoy
en día, ya no
es suficiente
que el
trabajador
domine las
tareas
específicas de
los puestos de
trabajo, sino
que tenga
capacidad para
trabajar en
equipo y
cuente con los
conocimientos,
las
habilidades y
las actitudes
necesarias
para
desempeñar con
calidad
diferentes
funciones
dentro del
proceso
productivo e,
incluso, en
distintos
centros de
trabajo o
diferentes
sectores de la
actividad
económica, así
como la
creatividad
para resolver
problemas y la
capacidad para
dominar nuevos
lenguajes
tecnológicos y
de
comunicación,
entre otras
aptitudes que
le permitan
ser un
trabajador
competitivo y
desarrollarse
en forma
permanente.
La
globalización
no solo
demanda mayor
capacitación y
formación a
los
trabajadores,
sino también a
los propios
empresarios,
en especial a
los de las
micro,
pequeñas y
medianas
empresas, ya
que les exige
desarrollar y
actualizar
conocimientos
y habilidades
para ejercer
exitosamente
su actividad,
constituyéndose
como
comunidades de
aprendizaje o
en lo que se
ha dado en
llamar
“organizaciones
inteligentes”.
Lo mismo
sucede con los
individuos.
Las empresas
valoran cada
vez más al
trabajador
creativo e
innovador, a
la persona que
es capaz de
adaptarse
rápidamente a
los cambios
tecnológicos y
a los procesos
de trabajo o
incluso, a sus
propios
cambios de
ocupación y,
por lo mismo,
al que es
capaz de
aprender
durante toda
su vida.
En ese
sentido, para
una gran parte
de la
población
trabajadora su
formación
“real” empieza
con su primer
empleo y
acumula más
aprendizajes a
lo largo de su
vida laboral
que en las
aulas, y esta
formación no
solo se da en
las empresas
que forman
parte del
sector moderno
o formal de la
economía, sino
en todas las
unidades
productivas,
independientemente
de su tamaño y
potencial,
incluyendo por
supuesto a las
micro,
pequeñas y
medianas
empresas, ya
que el capital
intelectual se
genera en
todos los
sectores y
niveles.
Las
sociedades de
la información
Las
tecnologías de
la información
y las
telecomunicaciones
están
provocando un
profundo
impacto en
todos los
sectores de la
actividad
humana, desde
la producción,
hasta la
educación y
los servicios
de salud.
Ejemplo de
ello es la
convergencia
de las áreas
tecnológicas
como la
informática,
las
telecomunicaciones
y la
transferencia
y
procesamiento
de datos e
imágenes, que
han llevado a
profundos
cambios en la
producción de
bienes y
servicios en
las sociedades
contemporáneas.
La llamada
infraestructura
global de
información,
de la cual
internet forma
parte, es un
instrumento
facilitador al
crear un
entorno de
interacción
electrónica en
el
ciberespacio.
Esta realidad
está
transformando
desde el
comercio,
hasta la
educación y
las formas de
organización
de la
comunidad
científica,
incluyendo la
investigación
y los procesos
de difusión y
aplicación del
conocimiento.
Es así que la
capacidad de
acceso y de
uso de
tecnologías,
como son la
microelectrónica
o el internet,
y la
multiplicidad
de
aplicaciones
en la
educación, la
salud, la
producción,
los servicios
y el control
ambiental,
entre muchos
otros ámbitos,
están dando
lugar a las
llamadas
sociedades de
la
información.
En este
sentido, el
concepto de
“sociedad de
la
información”
se refiere no
solo al
procesamiento
de
datos, sino
también a la
utilización de
las nuevas
tecnologías en
todos los
ámbitos de la
sociedad y las
implicaciones
que ello
tiene.
No obstante
los
importantes
beneficios que
esto trae para
la
modernización,
uno de los
problemas de
las sociedades
de la
información lo
constituye el
exceso de ella
que dichas
sociedades
generan. El
desafío que
aquí surge es
cómo convertir
información en
conocimiento
útil y cómo
aprovechar el
proceso de
generación y
apropiación
del
conocimiento
para inducir
procesos
dinámicos de
aprendizaje
social, a
través de los
cuales el
conocimiento
genere o
fortalezca
capacidades y
habilidades en
las personas u
organizaciones
que se lo
apropian,
convirtiéndose
en factor de
cambio en la
sociedad, en
sus
instituciones
y en las
empresas.
Surgimiento
de la Sociedad
del
Conocimiento
En la
creciente
competencia de
los mercados,
la educación y
el
conocimiento
son
relevantes, en
tanto que las
nuevas
industrias
dependen más
de la
organización
del
conocimiento y
del
aprendizaje,
que de
recursos
materiales,
tamaño o
materia prima,
lo que
constituye el
nuevo
paradigma de
la
educación-capacitación,
que se orienta
al aprendizaje
a lo largo de
la vida y para
todos los
individuos, y
se caracteriza
por reconocer
que el
aprendizaje
tiene lugar en
muy diversas
condiciones,
tanto formales
como
informales;
por la
búsqueda de la
pertinencia en
la educación,
la coherencia
y la
flexibilidad;
por el énfasis
en el
“aprender a
aprender” y en
la curiosidad;
por la
importancia de
los valores
fundamentales
como la
disciplina, el
trabajo, el
respeto y la
autoestima,
así como por
la visión de
largo plazo
que considera
el ciclo de
vida de un
individuo, y
por el dominio
de las
competencias
básicas de
comunicación,
numéricas y de
solución de
problemas.
Ésta es la
educación para
el siglo XXI,
es la sociedad
del
conocimiento
cuyos pilares
son: ”aprender
a conocer”,
“aprender a
hacer”,
“aprender a
convivir” y
“aprender a
ser”.
Dos
características
han claramente
surgido en el
análisis del
contexto
actual: la
primera de
ellas es la
importancia
que el
conocimiento
científico
tiene en todos
los sectores
de las
sociedades
contemporáneas
y en el papel
estratégico
que están
desempeñando
las nuevas
áreas de la
ciencia, o las
llamadas
nuevas
tecnologías;
en segundo
lugar, el
papel central
que desempeña
la educación y
la formación
de recursos
humanos como
el elemento
más crítico en
la
constitución
de sociedades
del
conocimiento,
el cual debe
ser apropiado
por la
sociedad o por
actores o
sectores
específicos de
la misma.
Capital
Intelectual
En el
contexto de
las sociedades
del
conocimiento,
es relevante
el capital
intelectual de
las
organizaciones,
el cual se
define como la
suma de los
conocimientos
que poseen
todos los
integrantes de
una empresa y
le dan a ésta
una ventaja
competitiva.
El capital
intelectual
incluye
conocimientos,
información,
propiedad
intelectual,
experiencia y
las
competencias
con que
cuentan los
individuos y
que se puede
aprovechar
para crear
riqueza. Es
difícil de
identificar y
distribuir
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