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La caída del mundo del
trabajo en el
nuevo cine argentino
por Juan Pablo Angona
estudiante Lic. en
Historia. Universidad
Nacional de La Plata (UNLP)
Argentina.
juanangona@yahoo.com.ar
1. Introducción
Teniendo en cuenta que
el problema de
investigación que estoy
trabajando en mi proyecto
de tesis consiste en
analizar las
construcciones o
representaciones que el
nuevo cine argentino ha
hecho de los sectores
sociales excluidos y/o
marginados desde dos
dimensiones: primero, la
significación de la caída
del mundo del trabajo; y,
segundo, la incidencia de
esa problemática sobre la
sociabilidad o el tejido
social de esos sectores;
esta ponencia da cuenta de
diferentes dimensiones.
Como se desprende del
planteo anterior, tres son
las principales: el nuevo
cine argentino, o sea, las
producciones de una nueva
generación de
realizadores; una honda
problemática social, es
decir, la caída del mundo
del trabajo; y las
particularidades del cine
como lenguaje en tanto
registro de la sociedad en
una época determinada.
Así, lecturas que se
imbrican y permiten
pensar, desde la mirada
social del nuevo cine,
algunas de las
transformaciones recientes
de la Argentina.
2. Desarrollo
2.1. El nuevo cine
argentino
Así las cosas, abordemos
en primer lugar lo que la
crítica ha denominado el
nuevo cine argentino. La
lectura de artículos,
conferencias, ensayos e
investigaciones que
trabajan directamente
sobre el nuevo cine
argentino, en su
globalidad o desde alguna
de las producciones que
pueden encuadrarse en esa
denominación, ha arrojado
lo siguiente.
Los anuarios de
investigación 2002 y 2003
de nuestra facultad
contienen una serie de
artículos que, inscriptos
en un proyecto de
investigación más amplio
dirigido por Carlos
Vallina, reflexionan sobre
diferentes dimensiones del
espacio y las prácticas
audiovisuales argentinas.
A continuación los aportes
más significativos en
función del proyecto de
tesis en curso.
En el anuario 2002,
Vallina realiza una
descripción general del
nuevo escenario
audiovisual argentino que
me parece muy oportuna
para introducirnos en su
compleja trama. “Un
conjunto de films de
extraordinaria factura y
conciencia narrativa,
liberado de
pontificaciones
ideologistas y
discursivas, con extrema
confianza en los recursos
propios de la imagen
visual y sonora y de sus
contribuciones semánticas.
Con visión crítica pero no
paternalista, organizado
en su generosa diversidad
y muy próxima a la
saludable duplicación del
mundo, elaborada con
ausencia de preconceptos,
despojado de convenciones
y utilizando mecanismos
productivos y estéticas,
formas, procedimientos que
emergieron en
circunstancias históricas
diferentes, pero similares
a la Argentina de la
transición democrática.
Tales como las dos
posguerras, los períodos
revolucionarios, la
finalización del
maccartismo, el comienzo
del fin de la guerra fría
y la aparición de
movimientos fuertemente
sociales, sensibles a lo
real y próximos a las
fundaciones de los
lenguajes y las teorías”.
Un panorama de las
variadas aristas y
dimensiones que, aunque de
diferentes momentos
históricos, confluyen y
modulan el lenguaje
audiovisual argentino.
En ese mismo texto también
expresa con claridad una
característica del nuevo
cine argentino señalada de
manera recurrente por la
crítica: la confluencia
entre forma y contenido,
al punto de que el
significante importa lo
mismo que el significado.
En palabras de Horacio
González, se trata de la
“coincidencia oportuna de
los estilos de narración
con los temas que se ponen
en juego”.
Por su parte, Camila
Bejarano Petersen también
aporta algunas cosas a
tener en cuenta. Señala
que el denominado nuevo
cine argentino es una
oposición, una oposición
con el cine argentino
anterior que reconoce
fuentes significativas.
“La filiación estilística
de estos nuevos
realizadores con el
naturalismo y en
particular con las
vanguardias
cinematográficas de
mediados del siglo XX, con
especial mención al
neorrealismo italiano,
(...) con movimientos
posteriores como la
Nouvelle Vague francesa, y
que conformaron en
conjunto, sumadas otras
corrientes, el llamado
‘cine moderno’”.
Entonces, naturalismo y
vanguardias
cinematográficas
(neorrealismo italiano y
Nouvelle Vague francesa).
En tanto, en el anuario
2003, se pueden rescatar
otras cosas. Del artículo
de Vallina,
dos cuestiones: primero,
la tensión entre la
objetividad y la
subjetividad que está
presente en la manera de
hacer cine de esta joven
generación de
realizadores; y, segundo,
que lo documental es un
género, pero también una
función de la imagen
audiovisual que participa
de todos los objetos
representativos de nuestra
época. Todo lo cual es un
gran aporte para el
proyecto de tesis: el
cruce entre lo objetivo y
lo subjetivo, como el
reconocimiento de que lo
documental va más allá del
género, hace que el nuevo
cine argentino, aunque de
ficción en muchos casos,
sea un objeto más que
válido para pensar las
transformaciones ocurridas
en el mundo del trabajo.
Las historias contadas dan
cuenta de su contexto, del
marco más amplio que
condiciona a los sujetos.
Más adelante, en otro
artículo, luego de hacer
referencia a que la
crítica caracteriza al
nuevo cine argentino como
realista, Petersen se
pregunta por el modo
específico, particular en
que lo es. Así, identifica
tres dimensiones: la
opacidad, o sea, “un
trabajo fuerte sobre la
percepción de la
duración, forzar a la
espera, al detenimiento en
las series de sucesiones
que privilegian los lazos
espaciales por sobre los
temporales”; la
incertidumbre en lo
cotidiano, “que pone un
estado de ánimo nómada
o transeúnte que se
postula a través de una
mirada extremada”; y un
verosímil que corresponde
a una realidad
desmitificada, o sea,
un mundo “que propone
ciertas huidas, donde los
personajes saben pero no
saben tanto, casi como que
son vividos por sus
historias, y en el que no
se introduce, se evita, la
instancia omnisciente que
los explique o dé a saber
de modo ‘totalizante’”.
Además, en este anuario
hay un trabajo de Luis
Barreras que aporta
algunas cosas. Luego de un
breve comentario sobre las
condiciones de emergencia
o los diferentes factores
que confluyen en torno de
este nuevo cine, rescata
una característica
estética del mismo: la
especial atención que se
le presta al “habla”. Así,
realiza un contraste entre
el cine de los años
ochenta, en el cual los
directores utilizaban la
lengua como idioma, y el
cine de los noventa, en el
cual los nuevos cineastas
argentinos recuperan el
habla coloquial. Después,
siguiendo a Octavio Getino,
señala que “las pantallas
audiovisuales de nuestro
tiempo son el espejo
sociocultural en el que la
comunidad y cada uno de
sus integrantes se
proyectan y se
autoreconocen,
construyendo parte
esencial de su identidad”.
Pero, por otra parte, da a
entender que los jóvenes
realizadores tendrían su
propio “dogma” para
filmar, lo que teniendo en
cuenta la ausencia de un
manifiesto que sintetice
un perfil estético común,
parece cuanto menos
aventurado.
Otra publicación de la
facultad que fue
consultada es el Nº 6 de
la revista Tram(p)as,
que, dedicado
exclusivamente al nuevo
cine argentino, aborda,
desde la mirada de
distintos autores,
variadas dimensiones de
este fenómeno: la
económica, su relación con
la memoria, el nuevo
escenario documental
argentino, entre otras.
Pero, en relación al
proyecto de tesis, nos
parece que lo
significativo ha sido
dicho recién, cuando nos
referimos a los artículos
publicados en los anuarios
de investigación de la
facultad, posiblemente,
porque los autores son en
varios casos los mismos.
Por su parte, Esteban
Rodríguez, que en ese
número de Tram(p)as
publicó un ensayo sobre
Bolivia, la película
de Caetano, también aporta
algunas consideraciones al
tema en Estética cruda.
Allí, en “Imágenes de la
crudeza. Cine y pobreza”,
señala que “si hay un
lenguaje que se ha hecho
cargo de la distorsión de
la época, ese lenguaje
tiene que ver con el
cine”. Un cine que llama
crudo, porque hace del
“problema que releva la
particularidad que le
diferencia, o al revés,
del contexto histórico su
drama concreto”.
Pero también porque crudas
son las imágenes que lo
componen y su producción
económica. Además, se
trata de un cine que no da
respuestas a los problemas
que trata, sino que
formula interrogaciones,
pero sin recurrir a las
palabras. Características
que reconoce en
producciones del nuevo
cine argentino, pero
también de otras partes
del mundo, especialmente
el cine inglés.
Por otra parte, en
relación al proyecto de
tesis, hay una muy
interesante reflexión de
Javier Trímboli sobre
Pizza, birra y faso,
la película de Adrián
Caetano y Bruno Stagnaro.
Sobre la misma, dice que
“estos nuevos habitantes
de los márgenes ni
siquiera pueden ser buenos
ladrones. No sólo se
alejan del modelo Rififi
sino que, a su lado, los
personajes del cine negro
más violento parecen
reflexivos. Pizza,
birra y faso no se
puede dibujar como un
policial porque estos
pibes en su impericia
fallan permanentemente.
(...) Los suyos son
cuerpos y voluntades que
ni siquiera han conocido
el disciplinamiento del
trabajo. De ahí su
endeblez, sus
distracciones letales.
Tanto chupar, tanto fumar
y tomar merca los ha
terminado de arruinar
hasta para la profesión
del delincuente diligente”.
Además, a propósito de
La expresión del deseo,
mediometraje de Caetano,
recupera la expresión
“antifábrica” de David
Viñas, para referirse al
vacío de solidaridad, de
lazos de unión y
reconocimiento. Dos
cuestiones que se
encuentran en estrecha
relación con lo que se
propone trabajar mi tesis:
la relación entre el nuevo
cine argentino y la caída
del mundo del trabajo o,
siguiendo a Trímboli que,
a su vez, sigue a Viñas,
la “antifábrica”.
Pero sobre esta película
también reflexiona Vallina,
quien dice ver en ella la
presencia de la realidad.
Algo que se conecta con la
función documental antes
mencionada y que, según
él, incluye el desamparo
de los jóvenes, la
marginación, la
desocupación y las dos
formas de la violencia: la
material o visible y la
simbólica o invisible,
que, a fin de cuentas,
tienen un mismo núcleo.
También hay que mencionar
Imágenes de los noventa,
un libro que, compilado
por Alejandra Birgin y
Javier Trímboli, reúne las
conferencias dictadas por
Tomás Abraham, Inés Dussel,
Christian Ferrer, Adrián
Gorelik, Alejandro Kaufman
y Beatriz Sarlo, en el
marco de una actividad de
formación docente de la
Escuela de Capacitación-CePA
de la Secretaría de
Educación del Gobierno de
la Ciudad de Buenos Aires.
Seis conferencias en las
que, a partir de una
película, se reflexiona
sobre las transformaciones
contundentes que durante
los noventa se produjeron
en la Argentina y en el
mundo. Pero, para el caso
que nos ocupa, interesan
especialmente las de
Gorelik y Sarlo, ya que
hacen pie en dos películas
del nuevo cine argentino.
En primer lugar, Gorelik
reflexiona, a partir de
Mala época, la
película de Nicolás Saad,
Mariano De Rosa, Salvador
Roselli y Rodrigo Moreno,
sobre los imaginarios de
la descomposición social y
urbana en Buenos Aires.
Así, señala que la novedad
de la película no reside
en que nos habla de la
fragmentación social, sino
de la naturalización de la
misma, de la imposibilidad
de cambiarla. En los
términos del tema de
tesis, de la dilución de
los vínculos, de la
ruptura de la
sociabilidad. “Mala
época nos muestra
(...) el fin de la
confianza societalista.
Nos permite ver qué ocurre
en un marco institucional
como el nuestro, de
tradición de fuerte
estatalismo, cuando el
Estado se desmantela: lo
que queda no son los
círculos virtuosos del
asociacionismo, librado
del peso ominoso de lo
estatal, sino una sociedad
atomizada en una
multiplicidad de demandas
encontradas, incapaz de
reflexionar sobre el ‘bien
común’ y de actuar en
consecuencia, aun cuando
de eso dependa la
subsistencia del todo como
sociedad nacional. En el
mejor de los casos, una
sociedad luchadora y
esforzada, pero impotente;
en el peor, una sociedad
atravesada por el cinismo,
la irresponsabilidad y la
trampa. La película
muestra la aceptación
naturalizada de esa
fragmentación social y
señala cómo esa aceptación
sólo garantiza la
reproducción de la
diferencia, la defensa a
rajatabla de la posición
conseguida. Ése es el
paisaje de nuestra ciudad
fracturada de hoy: rejas,
garitas de vigilancia,
barrios cerrados, torres
country, justicieros y
chicos de la calle”.
En tanto, Sarlo teje las
relaciones entre la manera
de narrar de Silvia
Prieto, de Martín
Rejtman, y lo que la
película relata: un mundo
descualificado. “La forma
cinematográfica de
Silvia Prieto está en
sintonía con lo que la
película muestra. No hay
un desfasaje entre la
narración, el tipo de
plano, de encuadre y de
escenario, la ausencia de
música. No hay una
inadecuación entre el tema
y su tratamiento. Un mundo
sin cualidades, un mundo
del postrabajo, de
identidades planas, sin
volúmenes, como en la
propia representación y
los diálogos de la
película”.
Por último, y para cerrar
este apartado, es oportuno
recuperar la palabra de
González y la del director
Carlos Sorín. En primer
lugar, siguiendo a
González, se puede decir
que si Mundo grúa,
la película de Pablo
Trapero, explora en
profundidad el tema de la
tesis, ya que la misma
“retrata el mundo del
trabajo caído y las vidas
enhebradas ahora alrededor
de esa pérdida”, este
cine, en general, trata
“la crónica de la
disolución nacional. (...)
La disolución de la
Argentina y del
dificultoso sobrante que
se percibe, retratado en
ese vivir popular”.
De otra manera, una
tragedia colectiva
inusitada. En tanto, sirva
lo señalado por Sorín
luego del estreno de El
perro, su última
película, como muestra de
la estrecha relación entre
las nuevas producciones
cinematográficas y el
contexto social. “La
desocupación es la madre
de todos los problemas: la
mayoría de los conflictos
que padecemos tienen su
origen en la desocupación.
(...) La desocupación es
una forma de morirse. Un
desocupado es alguien a
quien el mundo ha dejado a
un costado. (...) Sin
trabajo, uno no sabe quién
es”.
2.2. La caída del mundo
del trabajo
Las consecuencias sociales
del neoliberalismo son la
marca de la época en la
Argentina contemporánea.
El rasgo que nos habla, si
tenemos en cuenta que para
los sujetos sociales el
trabajo tiene un papel
central como organizador y
articulador de sentido en
la vida cotidiana, y es
constructor de un espacio
de pertenencia, real y
simbólico, de los
profundos cambios operados
en el mundo del trabajo. Y
para abordarlos, es
necesario dar cuenta de
algunas lecturas de
carácter sociológico.
Por un lado, haciendo
extensivo el planteo de
Raúl Zibechi sobre la
situación de la clase
obrera en Uruguay a lo que
sucede en Argentina, ya
que la lógica neoliberal
es, en rasgos generales,
la misma para toda América
Latina, se pueden decir
algunas cosas. La
aplicación de políticas
neoliberales tuvo dos
consecuencias:
desestructuró las bases
materiales sobre las que
se formó la clase obrera:
las grandes fábricas, los
barrios proletarios y los
espacios de socialización
propios y diferenciados; y
significó un ataque
frontal a la cultura
obrera, a sus valores de
solidaridad, fraternidad y
ayuda mutua, por la
difusión de nuevos valores
ligados al consumismo.
Todo lo cual permite
hablar de la caída del
mundo del trabajo.
Después, es importante
hacer referencia a La
corrosión del carácter,
de Richard Sennett,
un clásico de la materia.
En ese libro, Sennett
desarrolla las
características del
trabajo en el mundo
contemporáneo, por lo que
sus planteos nos permiten
pensar lo que sucede en
los ámbitos de trabajo,
especialmente, en los
escalones más bajos, pero
no lo que le sucede a
quienes quedan afuera.
Según nos dice, el
neoliberalismo se
caracteriza por un cambio
radical en la concepción
del trabajo. Así, si el
antiguo ámbito de trabajo
se caracterizaba por ser
rígido, a largo plazo y
previsible, el nuevo se
caracteriza, al contrario,
por ser flexible, a corto
plazo e imprevisible.
Además, cada uno de estos
modelos tiene
consecuencias personales
muy diferentes: mientras
al primero corresponde una
identidad firme, un
carácter formado, el nuevo
ámbito de trabajo exige
individuos que sean
capaces de reinventarse a
sí mismos sobre la marcha.
La flexibilidad es el
centro del mismo.
Por último, siguiendo el
análisis de Fátima Otormín
sobre la sociabilidad
contemporánea en función
de los modos de
acumulación, se puede
decir algo más sobre las
consecuencias sociales de
la caída del mundo del
trabajo. Así, mientras que
el modo de acumulación
fordista-keynesiano
intentó establecer un
patrón centrado en la
homogeneidad y estabilidad
del trabajo, de las
instituciones, de la
cultura y las
subjetividades, todo lo
cual tendía a una
sociabilidad homogénea, el
modo de acumulación
flexible tiene otra
incidencia sobre las
relaciones sociales. Como
consecuencia de la
inestabilidad en el
trabajo, atenta contra la
continuidad de los
vínculos. El resultado son
sociabilidades
fragmentadas. De otra
manera, se trata del
pasaje que va de la
estabilidad del trabajo a
su caída. Caída que como
vimos no significa su
desaparición ni mucho
menos, ya que las vidas
siguen constituyéndose en
torno del mismo, aunque se
haya perdido.
2.3. El lenguaje del
cine
Aunque todavía no se han
realizado lecturas
específicas sobre las
particularidades del cine
como lenguaje, se pueden
realizar algunos
comentarios en función de
lo señalado sobre el cine
en textos no específicos
que aportan elementos a la
investigación.
En primer lugar, es
importante recuperar lo
señalado por el
historiador Marc Ferro, en
su libro Cine e
Historia, a propósito
del rol determinante que
el cine ha cobrado como
fuente y agente de
historia en las últimas
décadas: “un film no vale
sólo por aquello que
atestigua, sino por la
aproximación
socio-histórica que
autoriza”.
Lo que le permite decir a
Diana Paladino, en su
análisis de El odio,
la película francesa de
Mathieu Kassovitz, que
“toda película puede
leerse como testimonio de
la sociedad que la
produce, como catalizador
de los deseos, sueños,
incertidumbres y
frustraciones colectivas
y, también, como virtual
representación ideológica
de su tiempo. (...) Como
una irrefrenable
emergencia de lo real”.
Algo que se encuentra en
la misma línea de la
concepción del cine que se
tuvo en cuenta para la
realización de la
experiencia denominada
Imágenes de los noventa,
en la cual se lo entendió
como un “reservorio de
deseos y fantasmas de una
sociedad y de una época”.
Pero también de lo
señalado por Vallina sobre
lo documental: que es un
género, pero también una
función de la imagen
audiovisual que participa
de todos los objetos
representativos de nuestra
época. Así, se puede decir
que el cine nos ofrece una
mira en la cual
reconocernos. Al hablar de
nosotros, el cine es
identidad.
Estas reflexiones aportan
una concepción del cine
altamente compatible con
los propósitos de la
investigación en curso.
Dan un sustento válido a
la idea de reflexionar
sobre la importancia de
las transformaciones
ocurridas en los últimos
tiempos en el mundo del
trabajo y su correlato en
la sociabilidad a partir
del nuevo cine argentino.
Y permiten ver un doble
movimiento: que las
películas son producto de
su contexto y que el
contexto se encuentra en
ellas, que ellas hablan
del mismo, aportando algo
más, dejando su marca.
3. Conclusión
Una lectura lleva a la
otra y, gradualmente, se
van visualizando los
contornos de una
problemática que, a su
vez, nos habla de la
época. Una época que
condensa diferentes, pero
complementarios, procesos
sociales de carácter
excluyente, entre ellos,
la caída del mundo del
trabajo, que tuvieron
lugar en las últimas tres
décadas para que los
sectores sociales
excluidos y/o marginados
crecieran como nunca antes
en la historia del país. Y
todo esto desde la mirada
del cine, que arroja
visibilidad sobre lo que
se queda afuera.
De la relación entre el
nuevo cine argentino y esa
problemática social, que
nos habla de la Argentina
de hoy, pero también de la
que vendrá, aspira decir
algo más la tesis que
recién se inicia.
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