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Argentina: la puja
salarial: ¿parto sin
dolor?
por
Andrés Musacchio
del diario Hoy (La
Plata) publicado el
20/01/2006
Uno de los debates que
se viene “colando” de a
poquito para el año que
comienza es el de la
cuestión salarial. La
discusión había estado
ausente por muchos años,
aplacada por una
ilusoria estabilidad de
precios, por la pérdida
de peso de las
organizaciones
sindicales y por el
predominio de la idea de
que era necesario
contener los aumentos
salariales para poder
competir en el mundo.
De la mano de esas
ideas, los indicadores
salariales y de empleo
se deterioraron
dramáticamente a lo
largo de más de diez
años. A eso hay que
agregarle el desplome
previo que llevó la
relación entre el
salario y el PBI de
cerca del 50% en 1974 a
menos del 20 en el pico
de la crisis en 2002,
para recuperarse
ligeramente después.
En los últimos años, la
desocupación disminuyó
y, aún cuando sigue
siendo alta, permite a
los trabajadores cierto
oxígeno en las
negociaciones
salariales. No hay que
olvidar que cuando por
cada puesto de trabajo
hay diez postulantes,
las condiciones de
trabajo suelen ser más
duras que cuando sólo
hay dos o tres. Por eso,
el pleno empleo es el
mejor aliado para los
trabajadores.
La ligera recuperación
está muy lejos de
conformar un escenario
razonable. La mayoría de
los sueldos sigue sin
alcanzar para una vida
digna, la miseria y la
pobreza arrojan
indicadores
inconcebibles y seguimos
padeciendo la paradoja
de producir alimentos
para 300 millones de
personas sin poder
garantizar la
alimentación adecuada a
menos de 40 millones.
La puja no es sólo
salarial
Una de las cuestiones
fundamentales del debate
es que se lo presenta
como un tema
exclusivamente salarial
y no como una verdadera
discusión por la
distribución del
ingreso. Esto puede
analizarse desde un
punto de vista estático
y con una perspectiva
dinámica.
En lo estático, los
aumentos salariales son
la contracara de una
disminución de la tasa
de ganancia. Si los
sueldos aumentan, la
ganancia baja, porque le
corresponde una “porción
más chica de la torta”,
decía mi abuela. Y algo
de razón tenía.
Pero lo cierto es que
cuando hay una
distribución muy
desigual del ingreso,
como en Argentina, es
porque existen ganancias
muy altas, aún cuando
muchos sectores de las
Pymes también padezcan
de serios problemas
ocultos por los
“promedios”.
Desde la perspectiva
dinámica, el problema es
bastante diferente.
Aquí, los salarios y las
ganancias pueden crecer
simultáneamente, incluso
cuando los primeros
avancen más rápido. Los
resultados dependen del
camino elegido para el
crecimiento. Si buscamos
“competitividad”, es
decir, desplazar a otros
bajando costos, los
salarios están fritos,
como pasa desde hace 30
años. Pero si crecemos
en base a
“productividad”, es
decir, lograr que
mayores inversiones
potencien todavía más el
crecimiento, el
conflicto entre salarios
y ganancias se modera
bastante.
El desafío es volver a
articular un modelo
basado en el segundo
tipo de crecimiento.
De ganancias y mercados
Algunos analistas
insisten en que una
distribución más
equitativa del ingreso,
al bajar las ganancias,
quita incentivos para
invertir, y lo
demuestran con finos
desarrollos matemáticos.
Pero entonces ¿quién
cuernos nos explica
nuestra historia
posterior a 1976? ¡Nunca
tuvimos una distribución
tan desigual, salarios
tan bajos, ni ganancias
tan altas. Y tampoco
hubo niveles de
inversión tan reducidos!
Algo falla en el modelo.
Ganancias muy altas no
siempre impulsan
inversiones. Muchas
veces generan consumo
improductivo, fuga de
capitales o especulación
financiera.
Los salarios bajos y la
desocupación achican el
mercado interno. Si
además nos
especializamos como lo
hicimos -en bienes cuyos
mercados externos no
crecen demasiado
rápido-, es muy difícil
colocar la producción
adicional que crea la
nueva inversión. Eso
explica seis lustros de
bajo crecimiento, de
inversiones escasas y de
grandes burbujas
especulativas y fuga de
capital.
La redistribución del
ingreso es un proceso
muy lento. La “discusión
salarial” debe
contemplar, sin embargo,
las necesidades
insatisfechas de la
población y la
posibilidad de
transformación
productiva que ofrece un
mercado interno sólido y
pujante, única base real
para lanzarse a exportar
sin ser una factoría.
Desde 2003, el aumento
de la demanda interna
fue uno de los motores
fundamentales del
crecimiento. Los planes
sociales y el aumento
del empleo, a su vez,
fueron los responsables
de la mayor demanda.
Al disminuir el
desempleo, la
redistribución gana en
importancia para
mantener la expansión
económica. No le
temamos, pues, a mayores
salarios.
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